La nueva gran novela americana

En su primera ficción, El arte de la defensa, Chad Harbach recurre al béisbol como símbolo del sueño americano y dialoga con el mundo de Moby Dick
Armando Capalbo
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3 de mayo de 2013  

El estadounidense Chad Harbach, criado en Wisconsin y graduado de Harvard, fundador delmagazine literarion + 1, debuta en la novela con El arte de la defensa, premiada y halagada por la crítica de su país y por sus colegas Jay McInerney y John Irving. Aspira a una vuelta de tuerca respecto de una historia sobre el esfuerzo y el coraje para conquistar el mundo del béisbol, adentrándose en la ambigua condición del espíritu profundo estadounidense.

Recién salido de la adolescencia y de una familia de estrechos alcances económicos e intelectuales, Henry Skrimshander es incorporado subrepticiamente a la Universidad de Westish, prestigiosa pero excéntrica entre las del Medio Oeste, para convertirse en astro de béisbol, actividad que el centro educativo necesita mejorar para competir con otros y convertirse en opción apetecible. Es un ámbito de estudios muy especial: todo remite al legado cultural de Herman Melville, incluso el equipo de béisbol, Los arponeros. El rector, Guert Affenlight, un hombre maduro, viudo desde hace años, obsesionado desde chico con la literatura de Melville, acepta la estrategia, impuesta por sus asesores, de publicitar su universidad a través del impulso del béisbol, aunque poco a poco, gracias al inesperado amor homosexual por uno de los muchachos estudiantes, Owen Dunne, comienza a cuestionarse éste y muchos otros valores. Mike Schwartz, el coach, un entusiasta del proyecto, deberá estimular el alicaído ánimo de Henry, que se desvía una y otra vez hacia una incomprensible crisis psicológica luego de haber lastimado accidentalmente a Owen en el campo de juego.

Novela de largo aliento, El arte de la defensa cruza con habilidad tramas y temas, colocando el béisbol como síntesis contradictoria de expectativas colectivas y aspiraciones individuales, sinécdoque además, del sueño americano, visto aquí como una utopía mancillada por la codicia. Pero es el enigma de la identidad el que termina imponiéndose como una gran pregunta sin respuesta. Los distintos bloqueos de Henry, apreciado por todos menos por él mismo como el astro indiscutido del equipo, se extienden a su desempeño como estudiante universitario. El rector Affenlight no tiene más remedio que cuestionarse, casi entrando en la vejez, su orientación sexual tanto como su dedicación intelectual y sus antiguos valores políticamente incorrectos. Haber disfrutado tantas veces de Moby Dick no garantiza haberla entendido en su elusiva significación final, cuestión que se esgrime como metáfora de la incapacidad de iluminar el misterio del arte o el esquivo sentido de la existencia.

La gran hazaña "deportiva" del relato es engarzar la extraña declinación del jovencísimo astro del béisbol y el profundo enigma del vínculo entre el arte de la escritura y la vida misma. Todos los personajes, en mayor o menor medida, enarbolan un raro parentesco con la literatura, en el contexto de esa impar universidad dedicada a homenajear, con estatuas, "reliquias" y hasta con merchandising kitsch, la memoria de Melville. La búsqueda obsesiva por la perfección en la composición literaria, el choque entre lo terrenal y lo trascendente, la dimensión simbólica de lo aparentemente trivial son algunos de los temas melvilleanos que Harbach explora.

En este grácil encuentro entre béisbol y literatura, Harbach no está solo: grandes escritores de su país como Ring Lardner, Philip Roth, John Irving, Don DeLillo o John Updike vislumbraron significados concomitantes en lo deportivo y el arte de escribir, aunque la figura de Ernest Hemingway es la que sobresale en el encuentro simbólico de estética literaria y dedicación deportiva. De hecho, en buena parte del relato, la permanente referencia a un libro cuasi mágico sobre metodología beisbolística -cuyo título coincide con el de la novela- termina siendo un oráculo mudo que funciona como la viejaparábola de que el verdadero triunfo está en el intento de alcanzarlo y no en su impredecible consumación.

Así, la consideración en un punto mística del quehacer literario atraviesa todos los planos de la historia y se erige como la sustancia misma de un relato que aspira a ser -y lo logra- entretenido e incluso atrapante. No se trata de una reflexión erudita sino más bien emotiva, que no está exenta del juego intertextual ampliamente habitual en casi todas las propuestas de este comienzo del nuevo siglo, con veladas referencias a Michael Chabon, David Foster Wallace o Jonathan Franzen, además de glorificar a Melville.

Escribir la "gran novela estadounidense" a la vez que superar la incognoscible adversidad y estar en paz con la propia conciencia también son motivos que acusa el texto en un suave pero contundente aquí y ahora existencial, sin veleidades filosóficas y con más nostalgia y sentimiento que aridez intelectual.

Henry, joven genio en tinieblas que se suma a la exquisita galería de adolescentes literarios norteamericanos, avanza en la tentación de desviarse de sí mismo y de la seducción del éxito deportivo, pero queda atrapado en el caleidoscopio que es su propia alma indescifrable. Sacrificarlo todo por un triunfo es el peor espejo donde mirarnos si buscamos obstinadamente responder a la pregunta de quiénes somos, parece decir consutileza y emoción esta notable novela, debut más que auspicioso de Chad Harbach.C

El arte de la defensa

Chad Harbach

Salamandra

Trad.: Isabel Ferrer

541 páginas

$ 135

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