La pasión de Beethoven
La pasión de Beethoven ( Copying Beethoven , Gran Bretaña-Hungría/2006, color; hablada en inglés). Dirección: Agnieszka Holland. Con Ed Harris, Diane Kruger, Matthew Goode, Ralph Riach, Joe Anderson. Guión: Christopher Wilkinson y Stephen J. Rivele. Fotografía: Ashley Rowe. Supervisión musical: Maggie Rodford. Edición: Alex Mackie. Presentada por Alfa Films. 104 minutos. Apta para todo público.
Nuestra opinión: buena
La pasión de Beethoven no aspira al retrato biográfico, se despreocupa de la fidelidad a los hechos documentados y hasta inventa una historia completamente ficticia: la relación del músico con una bella joven austríaca que le sirvió de copista en los días previos al estreno de su Novena Sinfonía. Su propósito es acercarse al fenómeno del genio creador -al que interpreta como fruto de un íntimo diálogo con Dios-, a partir de la mirada de una testigo capaz de intuirlo y comprenderlo. El film no alcanza las alturas de su reconocible modelo, Amadeus , de Milos Forman, y deja a la vista algunas flaquezas, pero también entrega momentos de gran intensidad y belleza.
Uno de los problemas principales de la película proviene precisamente de su secuencia más lograda. Es el estreno de la sinfonía en Viena y Beethoven, que se ha empeñado en dirigirla a pesar de su sordera, debe recurrir a la ayuda de su casi discípula, que se mezcla entre los instrumentistas y le marca los ritmos y las entradas. La comunión espiritual que la música propicia, y que se produce allí entre los dos, se extiende a todos los presentes en el teatro y, gracias al magnífico montaje y al diálogo de miradas y gestos que se establece entre Ed Harris y Diane Kruger, a los propios espectadores de la película. La pasión de Beethoven alcanza entonces su clímax, su cumbre emotiva. Pero infelizmente la escena está ubicada demasiado lejos del final de la proyección, de modo que nada relevante parece suceder a partir de allí y hasta el desenlace, ya anticipado en el prólogo, con la muerte del compositor. Es un error estructural que afecta el balance final, pero no despoja al film de interés.
Contrastes
Ya que la ficción biográfica les deja las manos libres, los libretistas Wilkinson y Ribele inventan el personaje de Anna, la aspirante a compositora que debe enfrentar los prejuicios del medio y del propio Beethoven, además de su megalomanía, sus bruscos cambios de humor y hasta sus groserías. En su breve pero dura convivencia con el maestro en un departamento donde abundan el desorden, la suciedad y las ratas, la dulce y femenina Anna (que tiene la belleza de Diane Kruger) saca a relucir su carácter y su determinación, quizás el rasgo que termina por conquistar al músico. Su presencia sirve no sólo para correr a Beethoven del centro de la escena y confiar el retrato a una mirada ajena, sino también para explotar dramáticamente los brutales contrastes exteriores y las secretas afinidades que hay entre los dos personajes. No hay, conviene aclarar, el menor indicio de tensión erótica; los intereses sentimentales de ella -siempre más débiles que los vocacionales- apuntan en otra dirección: un joven ingeniero que también recibirá a su tiempo la lección del artista en una escena bastante forzada.
No es la única: también suenan como notas falsas algunas líneas de diálogo que buscan adaptarse al oído contemporáneo y otras que se aproximan demasiado al discurso pomposo.
Por fortuna, el film cuenta a su favor con la vital intensidad que puede darle un Ed Harris barrigón y con peluca cuando debe exhibir el temperamento borrascoso de Beethoven, y con el habitual preciosismo visual de los films de Holland. Además de la música, claro.





