
La poesía como humanismo
LA COMPAÑIA VISIONARIA: WORDSWORTH, COLERIDGE Y KEATS Por Harold Bloom-(Adriana Hidalgo)-394 páginas-($38)
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Desde la aparición en 1994 de El canon occidental, el veterano crítico literario Harold Bloom se convirtió mucho más que en el prolífico ensayista que era, en la gran figura que representa el instante final de la Modernidad. Sus clases en Yale o en la New York University expresan magistralmente la tenaz resistencia de un lector descomunal ante el embate de los estudios culturales. Dogmático del análisis literario, propugna la jerarquización de las letras como sustento de la historia de la civilización y como baluarte espiritual humano, así lo atestiguan El libro de J, La angustia de las influencias o Poesía y represión, algunos de sus mejores trabajos. Para él, la lectura literaria es el acceso a un estadio dinámico de la cultura, a un ámbito de valores morales de dimensiones filosóficas y trascendentes que está más allá de las reivindicaciones políticas.
Bloom nació en el Bronx neoyorkino en 1930 y obtuvo su doctorado en Yale en 1955. Desde entonces comenzó a pergeñar su monumental rescate de la tradición literaria anglófona y del más selecto conjunto de escritores de Occidente. Premiado con el Newton Arvin y el Zabel, como director de notables ediciones críticas de los clásicos en la Chelsea House Library, fomentó también un modo de lectura que buscaba al lector culto e informado, pero no necesariamente especialista en literatura. Entre el claustro, la producción de crítica y la difusión literaria, Harold Bloom se concentró durante la década del 60 en el que después sería considerado un preciso y señero estudio analítico del romanticismo inglés, La Compañía Visionaria, título con el que se reunió a sus tres estudios sobre el tema: uno sobre William Blake, otro sobre Lord Byron y Percy Shelley, y el que nos ocupa en su reciente traducción al español, el análisis del material poético de William Wordsworth, Samuel Taylor Coleridge y John Keats.
Además de recorrer minuciosamente la producción de estos seis deslumbrantes poetas, Bloom se propone entronizar la poesía como discurso humanista y señalar al romanticismo como un movimiento y una poética que han determinado gran parte de la lírica del siglo XX y que se valida como una de las herencias literarias de mayor capacidad de interpretación en el amplio devenir de las letras. Este lúcido texto sobre Wordsworth, Coleridge y Keats está muy lejos de toda ortodoxia disciplinaria y su notable e indoblegable erudición se despoja de todo manierismo en pos de subrayar la universalidad de la influencia romántica, de acreditar sin la más tibia duda la vitalidad estética de aquellos poetas decimonónicos.
Se trata de un trabajo heroico y admirable, desprovisto de artificios pero no de refinamiento, que se sustenta en el agudo comentario de las ideas y los sentidos surgidos de los poemas en sí mismos y se despliega en una lectura consciente y elaborada que se autoimprime sencillez en el estilo y sensibilidad en la transmisión de una perspectiva especializada. En mayor medida aún que los otros dos que integran el tríptico, este libro devuelve a los románticos ingleses al canon en la gran cartografía de la crítica literaria contemporánea, enfocando el vínculo entre romanticismo y revolución, entre intensidad poética y cúspide de lo humano, así como su condición visionaria.
De Wordsworth observa su autonomía creadora, la importancia de la mente imaginativa como vehículo de trascendencia de lo natural y la delicada amalgama de lo evocado poéticamente y su remoción en el presente de la lectura (como en "El preludio", canto imaginativo; "El viejo mendigo de Cumberland", encuentro de naturaleza y conciencia; "Michael", de temática bíblica o en "Lamento inesperado ante la muerte de James Hogg", memoria generacional de los artistas románticos). Señala de Coleridge la exquisita dimensión de infinitud del amor y la belleza y la proclamación de la naturaleza como musa, por ejemplo, en "El arpa eólica", donde se concentran amor, música e imaginación; en el autorreflexivo "Kublai Khan" o en la sensible alusión a la felicidad creativa de "El viejo marinero".
En John Keats estudia la primigenia inocencia pastoral para adentrarse en el suave erotismo de "Endimión" o en los ideales de belleza de "La belle dame sans merci". Es sencillamente magistral su estudio de las Odas. El reino de lo invisible, el éxtasis del canto y la intuición de la muerte, en "Oda a un ruiseñor"; el universo como poesía y el concepto de que sólo la belleza que debe morir es belleza, en "Oda a la melancolía"; la belleza como verdad y la verdad como belleza, en "Oda a una urna griega" y por fin, el delicado humanismo trágico de "La caída de Hiperión".
La compañía visionaria: Wordsworth, Coleridge y Keats, todavía hoy lleno de energía y vigencia, propone como epílogo el inteligente artículo "La persistencia del romanticismo", en el que se refuerzan los postulados de enlace de ética y estética en la poesía romántica y se descifran los alcances inusitados del movimiento en la mejor creatividad literaria que atravesó el siglo XX.
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