La quinta dimensión
Las muestras de Res y Ernesto Ballesteros, en el Centro Cultural Recoleta, transportan al espectador más allá del tiempo y del espacio, con juegos de luz e imágenes que registran transformaciones físicas y psíquicas, reales e imaginarias
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"Cuando la gente entra en mis obras oscuras, percibe la brutalidad de la luz en la que generalmente existimos. Creo que hay un tiempo en que los ojos, que son la parte más expuesta del cerebro, sienten que salen de sí mismos y hay un sentir sensual que sucede sólo en niveles muy reducidos de luz." Las palabras son del artista californiano James Turrell, pero bien podrían ser del argentino Ernesto Ballesteros.
Quien entre en la sala C del Centro Cultural Recoleta tendrá que armarse de valor, y si le teme a la oscuridad, será necesaria una fuerte dosis de coraje. Ballesteros -nacido en 1963, premio Konex 2002- aborda como pocos un tema infrecuente en el arte, la inmaterialidad de la luz y su opuesto complementario, la oscuridad. Más que obra, en el sentido de "opus", Ballesteros ofrece la posibilidad de una experiencia sinestésica a partir de la ausencia de luz o, al menos, de bajar el umbral de percepción lumínica al mínimo.
No es la primera vez que Ballesteros transita por esta vía. En 1991 presentó en el Centro de Arte y Comunicación (CAyC) un minúsculo guión de luz suspendido en la oscuridad, y en 2002 exhibió Fuentes de luz tapadas , una serie de fotos de paisajes urbanos nocturnos con todas las estrellas anuladas con tinta negra.
La instalación de Ballesteros se llama Astronomía de interior y es una manera de meter en un espacio cerrado las dimensiones cósmicas del universo, tal como hizo cuando instaló "40.000 kilómetros de hilo -la circunferencia máxima de la Tierra a la altura del Ecuador-, confinados en un espacio de arte", en la galería Ruth Benzacar, en 2006. Las cinco imágenes ploteadas en las paredes y en el piso de la sala son abstractas. Son fotografías de fuentes emisoras de luz, iluminadas, a su vez, por una luz puntual. Ballesteros fotografió fuentes de luz para ser iluminadas.
Se sabe que en la ciudad es muy difícil percibir las estrellas. Basta alejarse pocos kilómetros para extasiarse ante el espectáculo de la Vía Láctea y desconcertarse con la escala cósmica. Aunque parezca increíble, el artista logra con escasos elementos ubicar al espectador en una escala cósmica proporcional: en medio de una oscuridad total, no puede calcular la distancia; las imágenes pueden estar al alcance de la mano o a cinco metros.
Otro punto destacable es que aquella cerrazón se vuelve menos cerrada a medida que el ojo se acostumbra; justo ahí se tiene conciencia de aquella "brutalidad" de la que habla Turrell.
Ballesteros se opuso a que hubiera leds indicadores o guías lumínicas que alteraran su caja negra. Eso implica que el espectador asuma su propio riesgo: el peligro físico es real, no hay metáfora. Esta sensación es la que reclaman muchos artistas (como el indo-británico Anish Kapoor y sus agujeros negros) como una forma de "cachetear" la percepción adormecida del público.
Resistiré, para seguir viviendo...
En la sala Cronopios se puede ver El juicio, lo abyecto y la pata de palo , una muestra antológica de las fotografías de Res. Este cordobés nacido en 1957 es licenciado en Economía por la Universidad Autónoma de México y realizó una maestría en Arte en la European Graduate School (EGS) de Suiza, y ha trabajado incansablemente en diversas series desde la década del ochenta hasta hoy. La curadora de la muestra, Valeria González, emplazó una obra central en el lugar más destacado: se trata de Yo cacto , de 1995, un políptico de cuatro fotos que registra la transformación del artista en esa planta.
Según el fotógrafo, eligió el cacto porque es una planta que resiste a todo, a la falta de agua y a las adversidades en general. De hecho, la resistencia es uno de los vectores que guían su obra: su propio exilio político en México, la exterminación de pueblos originarios en la Patagonia y las transformaciones físicas y psíquicas de luchadores de la vida son algunos de sus temas.
Yo cacto abre la puerta de su página web como una obra de múltiples lecturas. Además de la más política, continúa una larga tradición simbólica, la de las transmutaciones vegetales: en el Antiguo Egipto, la diosa Isis era representada como el árbol sicómoro (una especie de higuera de madera incorruptible). Más conocidos son el mito griego de Dafne, que se convierte en laurel cuando Apolo está a punto de atraparla, o los fantásticos retratos de Arcimboldo ( El invierno , La primavera o el retrato del emperador Rodolfo II como el dios romano de los huertos, Vertunno). En la tradición alquímica, el cuerpo humano es considerado un jardín que hay que limpiar, sembrar y cultivar para hacerlo florecer, en el sentido espiritual de la palabra.
Una de las series más logradas de la producción de Res es NECAH , palabra generada a partir de las iniciales de la frase: "No entregar Carhué [lugar estratégico] al huinca [hombre blanco]". Esta fue la orden que el cacique Calfucurá -que logró aglutinar a las tribus dispersas de la pampa- dio a sus huestes para resistir la Campaña al Desierto comandada por el general Julio Argentino Roca en 1879.
Res elaboró un ensayo fotográfico compuesto por tantas fotos como letras tiene la orden del cacique. Para ello siguió los pasos de Antonio Pozzo, un fotógrafo que acompañó a Roca en su aventura. Hizo un relevamiento de las fotos de Pozzo según una hoja de ruta de distintos pueblos del sur de la provincia de Buenos Aires y el norte de la provincia de Río Negro, y con su cámara registró los mismos lugares que aquel fotógrafo. El ensayo contrasta dos realidades; por un lado, la Campaña al Desierto, que anexionó grandes extensiones de tierras a la "civilización" -aunque ello haya implicado la matanza y reducción de los pueblos aborígenes que poblaban la pampa- y, por otro, el abandono que sufren hoy esas poblaciones. En cada foto se ve una letra que sobrevuela la escena, como si el recuerdo del cacique Calfucurá se resistiera a desaparecer.
Res y Ballesteros pertenecen a la generación intermedia, de entre cuarenta y cincuenta años. Comenzaron su carrera en la década del ochenta, luego de la dictadura militar, y atravesaron tiempos de esplendor y miseria social. Ambos son buenos parámetros de lo mejor que ha generado el arte argentino de los últimos años.



