La riqueza del olvido
CANCIONES DE PAZ Por Rodolfo Fogwill-(Paradiso)-80 páginas-($ 18)
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La poesía de Fogwill (Partes del todo, Sudamericana, 1998, y Lo Dado, Paradiso, 2001) obra a menudo en un doble plano. Por un lado, como muchas veces ocurre en su obra narrativa, se refiere a la inmediatez histórica o a la experiencia biográfica y a las ideas recibidas, a los restos lingüísticos de las convenciones sociales, a los delirios de la opinión generalizada. Por otro lado, explora el hecho mismo del poetizar, mediante variaciones nocionales y lexicales que producen una compleja trama conceptual.
Este rasgo aparece también en Canción de paz, que reúne seis poemas compuestos entre junio del 2001 y abril del 2002. El tono del primer plano suele ser sarcástico; el del segundo, ascético. En este libro la combinación de ambos planos (no siempre equilibrada cuando el sarcasmo se vuelve previsible, del todo eficaz cuando deriva sorpresivamente hacia un pasional escepticismo) genera una cierta extrañeza que contagia perplejidad. Quizá Fogwill aspira a que sus lectores, que comparten su universo cultural, sean llevados a una rara intemperie, donde la mera convicción del arte sea minada por la incertidumbre.
Acaso el motivo central de este libro sea la memoria como sostén de la identidad y, sobre todo, como residuo de la experiencia transfigurada en la imaginación estética. Ese aspecto metapoético se balancea con el contexto histórico (en este caso, el mundo globalizado, la información y la informática, las formas del neocapitalismo en países latinoamericanos como Chile). Canción de paz obra por sucesivas negaciones de la memoria, mediante el uso de aquel doble plano --referencia inmediata y reflexión metapoética-- y aniquila las posibilidades mediante las cuales un pasado puede ser fijado en el poema, como construcción intrínseca del sentido del yo y de lo real.
En Fogwill la memoria es sustituida por el olvido,y en su vacío se levanta, como una epifanía del tiempo que eclipsa el mundo recibido, el luminoso instante: el día. En una inesperada continuidad de aquel poema de Edgar Bayley que anunciaba "Vendrá un día un día vendrá un día/ habrá un día/ una mañana/ y tendremos lo que fuimos somos", escribe Fogwill: "El mundo, el mundo, esa inmundicia de cosas predispuestas/ para olvidar el día y lo que somos./ [...] Prefiero el día./ Quedarme en este ni siquiera aquí del día".
En los seis poemas del libro, de un modo u otro, se ejerce esa crítica de la memoria. En el primero, "Canción de paz en Parkinson´s Avenue" (existe una Parkinson Avenue, pero no una Avenida del mal de Parkinson, ni "las calles mutantes y evocadas que desembocan en Alzheimer platz"), el poema de la experiencia vivida es declarado imposible por su falsedad. Ese poema, que simula evocar la infancia, el mundo cotidiano, las huellas mnémicas en el lenguaje como materiales de una "canción de paz" --es decir, apaciguadora respecto de la constitución de lo real-- finalmente acaba por celebrar lo incierto, lo fugaz, la posibilidad pura: "Nada basta para armar un hombre/ y el poema es falso. Es falsa/ la canción de paz. No hay/ paz en los recuerdos acotados, no hay/ más que imágenes/ tratando de nombrar/ al todo/ de la memoria que se escapa".
"Poema de las flores" parece responder, como arte poética, al célebre "Lo que se le dice al poeta a propósito de las flores" de Rimbaud: la flor superreal, la evocada o la digitalizada ya forman parte de la "flor de la cultura". "Transparentes", por su parte, cuestiona la idea de que la transparencia del existir o la risa liberadora produzcan un sentido trascendente, allí donde sólo hay opacidad y número: "¿O acaso no merecíamos haber caído en este siglo / [...]/ todos medidos, en el medio, en el miedo, odiando transparencia". (En las antípodas, Olga Orozco escribió: "Quería descubrir a Dios por transparencia".)
El cuarto poema, "El precio de la memoria", habla del recordar como valor de cambio, en tanto mera acumulación ficticia. En "Lo que sigue", el poema se abre ya, como antítesis, al poema final, "Poema de los días". "Lo que sigue" alude al recuerdo como atajo de la duración, que será luego la poesía del movimiento y "la conversión del movimiento en cosas/ de pensar". En esa continuidad , la memoria se revela como "túnel", imagen del tiempo sucesivo.
El arte poética de Fogwill propone un camino inverso: la apoteosis del día, sustituir la canción de paz por una "canción de paso", asumir el instante como aparición del nombre, incertidumbre de lo dado, previsión de la nada. Otra vez en Fogwill la negatividad se asume como plenitud de la decepción, forma preciosa del olvido, suprema riqueza del puro acontecer: "Así con ellos voy, yo/ en el día el día".
Desde otro lugar estético, Fogwill retoma, en Canción de Paz, la rica tradición conceptual y metapoética --la de Macedonio, la de Girri-- de la poesía argentina.



