
La sintaxis del silencio
Nacida en Nueva Orleáns, hija de padre norteamericano y madre japonesa, Anna Kazumi Stahl creció en un ambiente donde la mezcla de culturas era la norma. En esta entrevista habla de su novela Flores de un solo día en la que explora la posibilidad de configurar una identidad coherente con elementos de orígenes diversos
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Al decir de muchos escritores la verdadera patria es la lengua. El adjetivo "materna", aunque tácito, siempre parece acompañar ese enunciado. George Steiner señaló las excepciones a la norma: definió como extraterritoriales a aquellos narradores o poetas que arriban a un idioma ajeno para rarificarlo y así enriquecerlo. Beckett o Nabokov, por ejemplo, pero también Borges, si se considera el fundamental papel de la lengua inglesa en su infancia, serían algunos ejemplos.
La extraterritorialidad de Anna Kazumi Stahl (1962), que acaba de publicar Flores de un solo día (Planeta), es, si se quiere, más radical: hija de padre norteamericano, pero de origen alemán, y de madre japonesa, nació y se crió en Nueva Orleáns, una de las ciudades más atípicas de los Estados Unidos, donde todavía puede rastrearse la influencia colonial francesa. Pero no son sólo estos datos biográficos (Kazumi Stahl considera el inglés, en que empezó a escribir, su primera lengua) los que la harían calificar en ese exiguo lote de escribas extraterritoriales: en los noventa, la autora se instaló en la Argentina y decidió que de ahí en más se expresaría en castellano. Para ser más precisos, el castellano rioplatense ("el único que conozco", dice) que comenzó a aprender de adulta y en el que, como le gusta decir, todavía trabaja "con los guantes puestos".
Kazumi Stahl es tímida y sin embargo locuaz. Trabaja como profesora de inglés y traductora y asegura que su radicación en estas orillas tiene que ver con un proyecto de vida personal. Estudió en Boston y Tübingen y, más tarde, realizó un doctorado en literatura en Berkeley. Los estudios en la universidad californiana la depositaron en Buenos Aires: primero en 1988, para entrevistar a algunos autores locales; más tarde, y ya de manera definitiva, para estudiar las relaciones entre inmigración y ficción.
"Aquí encontré virtudes en el modo de ser que me alentaron a enriquecerme y a cambiar. Hay entre las personas una interacción especial, mucha más confianza para expresar el vínculo entre uno y la sociedad, una conciencia mucho más colectiva que en los Estados Unidos. La manera de valorizar al otro, que para algunos es un simple detalle, para mí es muy importante. El porteño tiene una manera de relacionarse con la diferencia muy sana y lúdica, que en los Estados Unidos no existe. Allá reconocer las diferencias es una manera de comprometer jerarquías, un posicionamiento de superioridad e inferioridad, que tiene a la vez una carga histórica muy fuerte. Lo políticamente correcto es justamente una manera de marcar las diferencias, de etiquetar todo. Venir aquí y descubrir que se podía vivir de otra manera me causó alivio, me dio mucha libertad."
Entre esos descubrimientos se encontró también el idioma: "El nivel expresivo del castellano me encantó, con su utilización de gestos, de manos, de brazos, de ojos. Al principio me mareó un poco, pero uno puede robar algo de esta expresividad para abrirse más. Me gustó la idea de vivir dentro de este idioma, de vampirizar su energía."
Lo que más la sedujo, sin embargo, no fue la cantidad de sinónimos, la frondosidad verbal o la musicalidad italianizante sino la posibilidad de ejercitarse en una suerte de exorcismo literario personal. Como escritora, lo importante no eran los excesos prometidos, sino las limitaciones que la lengua adquirida le imponía. Escribir, dice, es como esculpir. Quitar, no agregar. "Al empezar a escribir en castellano descubrí una suerte de estrechez productiva. Para mí carecía de cualquier eco o resonancia personal y a la vez me pasaba por alto las sutilezas. Los personajes cobraban una capacidad de movimiento mayor. Podía ver el cuento, la arquitectura del cuento y focalizar mejor. Fue un retorno fascinante a la inocencia porque en inglés era demasiado consciente de la materia prima de la escritura. Podía buscar y plantearme todas las alternativas, analizar todas las maneras de decir algo y eso volvía los textos cargados y opresivos. En castellano, al no tener tantas opciones, estoy obligada a ir al grano. La sensación es mucho más concreta."
En suma, una forma de alcanzar la simplicidad y también el ritmo oral de ciertos escritores que Kazumi lee y admira: desde Lafcadio Hearn (irlandés, que vivió en Louisiana y pasó largas temporadas en Japón) hasta el Akutagawa empeñado en reelaborar viejos mitos y leyendas, por citar a un par.
Flores de un solo día, su primera novela , cumple con esos requisitos: su prosa es una prosa límpida, de ritmo seco y por momentos extraño, que no desdeña cierto barroquismo descriptivo. Sus diálogos son quintaesencialmente porteños. La novela podría sospecharse autobiográfica, pero la autora señala que "lo único personal son los escenarios y el interés por descubrir cómo sumando culturas muy diversas se puede armar algo coherente." En la historia se entrecruzan distintos nudos argumentales que configuran una reflexión sobre la identidad, el azar y la fragilidad: Aimée Levrier, hija de padre norteamericano, es enviada a Buenos Aires por un abuelo postizo (Oleary, "el argentino") para ser criada temporariamente por la hermana de aquél. Tiene apenas ocho años y junto a ella viene su madre, Hanako, muda y de origen japonés. De Oleary se perderán los rastros y Aimée quedará anclada en esta ciudad, donde se casará y armará su vida, sin la menor curiosidad por aquel pasado en el que sobran los interrogantes y se intuyen tragedias y enigmas espurios. Sin embargo, un llamado desde Nueva Orleáns, donde se la nombra con otro nombre y se la vincula con una herencia, hará no sólo que los recuerdos silenciados vuelvan a fluir, fragmentarios como piezas de un rompecabezas, sino que también la obligará a viajar a Louisiana al encuentro de, quizá, sí misma.
En 1997 Kazumi Stahl había publicado Catástrofes naturales , una generosa colección de cuentos que no pasó desapercibida. Esta novela le llevó varios años de trabajo, de marchas y contramarchas para domar esa multitud de personajes que se iban desperdigando a lo largo de la trama. "Al escribir cuentos podía dejar cosas latentes y eso muchas veces era una ventaja, una gracia. Pero entré a la novela con mentalidad de cuentista, y pronto me di cuenta de que el género exige que cada dato, cada sugerencia tenga una explicación. Hasta que encontré un eje, un centro de gravedad alrededor del cual giraran todas las historias tenía la impresión de que el libro iba a colapsar como la carpa de circo."
Si bien Aimée, con sus dudas y su fortaleza, lleva sobre sus espaldas el peso de la novela, es Hanako, la madre, el personaje más entrañable. Las demás criaturas de Flores de un solo día se la pasan leyendo cartas, documentos, facturas, impresos, pero ella, que parece el negativo de una lengua, es la que a pesar de todo dice mayor cantidad de cosas con mayor economía de recursos. Lo hace con sus arreglos florales de ikebana -hechos para "apreciar el momento", el carpe diem en versión oriental- y también a través de una sintaxis de gestos y actitudes que revelan una lógica propia.
"A veces tengo la impresión que las palabras no son buenas herramientas -dice Kazumi cuando se le pregunta sobre su desvalido personaje y su idioma carente de palabras-. Me gustaba la idea de una persona que pudiera relacionarse con semejante facilidad, que fuera tan leal a un instrumento de comunicación. Las palabras, que muchas veces son tan buenas, a veces terminan enredándonos y no dejándonos ver las cosas."
Ese lienzo en blanco, esa utopía de una lengua hecha de silencios y señales, tal vez sea el reverso de la proliferación de idiomas en la que se crió y vive la escritora. Comenzó hablando brevemente japonés ("No leo japonés -confiesa-; manejo un japonés de jardín de infantes"), pasó luego al inglés, nunca pudo con el francés (la lengua histórica de Louisiana), se sintió a gusto con el alemán y terminó recalando en este castellano que habla y escribe con calma y precisión .
O quizá Hanako sea el centro en que confluye y se funde su experiencia de múltiples identidades culturales. "En mi familia la mezcla cultural está presente en la propia casa. Mis padres habían tenido antes de conocerse una atracción por la otra cultura, con lo cual había un trabajo de traducción cultural previo", dice Kazumi Stahl, mientras narra aquel encuentro: el padre, arquitecto, conoció a su madre en Japón cuando fue a ver con sus propios ojos la reconstrucción del Templo de Kyoto -Yukio Mishima narró su incendio a manos de un monje lunático en El pabellón de oro -. La muchacha, la madre de Kazumi, que había estudiado literatua norteamericana y escrito monografías sobre el sureño Tennessee Williams, tenía un matrimonio en vistas concertado entre familias, que logró deshacerse con una sola condición: que la pareja se fuera a vivir fuera de Japón.
"Esto dio como resultado una cultura compuesta, de sobreposición. En mi casa, cada situación tenía siempre dos maneras de ser vistas. La sensación, en general, era la de una puerta giratoria. Lo cual a veces podía dar lugar a confusiones. Y en Flores de un solo día quería explorar a través de los personajes, Aimée pero también Hanako, esta dimensión de mi vida, ver cómo se construye una sintaxis contrastante. Es raro, porque en mi vida yo no siento tanto ese contraste, aunque si me pongo a pensarlo detenidamente no es una combinación siempre armónica."
Si la patria es el lenguaje -se le pregunta a Kazumi, que no se ve volviendo a escribir en inglés- cuál sería entonces el suyo. "Tal vez haya que empezar a pensar en no tener patria, o al menos en no tener una sola. Hace poco alguien me preguntó si no hubiera preferido crecer dentro de una sola cultura. Y yo pregunté: ¿por qué? Para mí la identidad única es una carencia. Son las identidades distintas las que, en realidad, crean un centro."
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