
La traición del buen alumno
En Lecciones de los maestros (Siruela-FCE), del que brindamos un anticipo, George Steiner reflexiona sobre el vínculo de erotismo, identificación y rivalidad que surge entre mentores y discípulos, como el que existió entre Husserl, Heidegger y Hannah Arendt
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Después de pasar más de medio siglo dedicado a la enseñanza en numerosos países y sistemas de estudios superiores, me siento cada vez más inseguro en cuanto a la legitimidad, en cuanto a las verdades subyacentes a esta "profesión". Pongo esta palabra entre comillas para indicar sus complejas raíces religiosas e ideológicas. La profesión del "profesor" -este mismo un término algo opaco- abarca todos los matices imaginables, desde una vida rutinaria y desencantada hasta un elevado sentido de la vocación. Comprende numerosas tipologías que van desde el pedagogo destructor de almas hasta el Maestro carismático. Inmersos como estamos en unas formas de enseñanza casi innumerables -elemental, técnica, científica, humanística, moral y filosófica-, raras veces nos paramos a considerar las maravillas de la transmisión, los recursos de la falsedad, lo que yo llamaría -a falta de una definición más precisa y material- el misterio que le es inherente. ¿Qué es lo que confiere a un hombre o a una mujer el poder para enseñar a otro ser humano? ¿Dónde está la fuente de su autoridad? Por otra parte, ¿cuáles son los principales tipos de respuesta de los educados? Estas cuestiones desconcertaron a san Agustín y aparecen con toda su crudeza en el clima libertario de nuestra propia época.
Simplificando, podemos distinguir tres escenarios principales o estructuras de relación. Hay Maestros que han destruido a sus discípulos psicológicamente y, en algunos raros casos, físicamente. Han quebrantado su espíritu, han consumido sus esperanzas, se han aprovechado de su dependencia y de su individualidad. El ámbito tiene sus vampiros. Como contrapunto, ha habido discípulos, pupilos y aprendices que han tergiversado, traicionado y destruido a sus Maestros. Una vez más, este drama posee atributos tanto mentales como físicos. Recién elegido rector, un Wagner triunfante desdeñará al moribundo Fausto, antaño su magister. La tercera categoría es la del intercambio: el eros de la mutua confianza e incluso amor ("el discípulo amado" de la Ultima Cena). En un proceso de interrelación, de ósmosis, el Maestro aprende de su discípulo cuando le enseña. La intensidad del diálogo genera amistad en el sentido más elevado de la palabra. Puede incluir tanto la clarividencia como la sinrazón del amor. Consideremos a Alcibíades y Sócrates, a Eloísa y Abelardo, a Arendt y Heidegger. Hay discípulos que se han sentido incapaces de sobrevivir a sus Maestros.
Cada uno de estos modos de relación -y las ilimitadas posibilidades de mezclas y matices entre ellos- han inspirado testimonios religiosos, filosóficos, literarios, sociológicos y científicos. Los materiales existentes desafían cualquier análisis exhaustivo, siendo como son verdaderamente planetarios. Los capítulos que siguen pretenden ofrecer la más sumaria de las introducciones; son casi ridículamente selectivos.
Están en juego tanto cuestiones enraizadas en la circunstancia histórica como interrogantes perennes. El eje del tiempo cruza y vuelve a cruzar. ¿Qué significa transmitir (tradendere)? ¿De quién a quién es legítima esta transmisión? Las relaciones entre traditio, "lo que se ha entregado", y lo que los griegos denominan paradidomena, "lo que se está entregando ahora", no son nunca transparentes. Tal vez no sea accidental que la semántica de "traición" y "traducción" no esté enteramente ausente de la de "tradición". A su vez, estas vibraciones de sentido y de intención actúan poderosamente en el concepto, siempre desafiante él mismo, de "translación" (translatio). ¿Es la enseñanza, en algún sentido fundamental, un modo de translación, un ejercicio entre líneas, como dice Walter Benjamin, cuando atribuye a lo interlineal eminentes virtudes de fidelidad y transmisión? Veremos que hay muchas respuestas posibles.
Se ha dicho que la auténtica enseñanza es la imitatio de un acto trascendente o, dicho con mayor exactitud, divino, de descubrimiento, de ese desplegar verdades y plegarlas hacia dentro que Heidegger atribuye al Ser (aletheia). El manual secular o el estudio avanzado son la mimesis de una plantilla y de un original sagrados, canónicos, que fueron también ellos comunicados oralmente, en lecturas filosóficas y mitológicas. El profesor no es más, pero tampoco menos, que un auditor y mensajero cuya receptividad, inspirada y después educada, le ha permitido aprehender un logos revelado, la "Palabra" que "era en un principio". Este es, en esencia, el modelo que presta validez al maestro de la Torá, al explicador del Corán y al comentador del Nuevo Testamento. Por analogía -y cuántas perplejidades salen a la luz en los usos de lo análogo-, se extiende este paradigma a la difusión, transmisión y codificación del conocimiento secular, de la sapientia o Wissenschaft. Incluso en los Maestros de las Sagradas Escrituras y su exégesis encontramos ideales y prácticas que se adaptan a la esfera secular. Así, san Agustín, Akiba y Tomás de Aquino tienen un lugar en la historia de la pedagogía.
Por el contrario, desde la autoridad pedagógica se ha sostenido que la única licencia honrada y demostrable para enseñar es la que se posee en virtud del ejemplo. El profesor demuestra al alumno su propia comprensión del material, su capacidad para realizar el experimento químico (el laboratorio alberga a "demostradores"), su capacidad para resolver la ecuación de la pizarra, para dibujar con precisión el vaciado de escayola o el desnudo en el taller. La enseñanza ejemplar es actuación y puede ser muda. Tal vez deba serlo. La mano guía la del alumno sobre las teclas del piano. La enseñanza válida es ostensible. Muestra. Esta "ostentación", que tanto intrigaba a Wittgenstein, está inserta en la etimología: el latín dicere, "mostrar" y, sólo posteriormente, "mostrar diciendo"; el inglés medio token y techen con sus connotaciones implícitas de "lo que muestra". (¿Es el profesor, a fin de cuentas, un hombre espectáculo?) En alemán, deuten, que significa "señalar", es inseparable de bedeuten, "significar". La contigüidad impulsa a Wittgenstein a negar la posibilidad de toda instrucción textual honrada en filosofía. Con respecto a la moral, solamente la vida real del Maestro tiene valor como prueba demostrativa. Sócrates y los santos enseñan existiendo.
Acaso estos dos escenarios sean idealizaciones. El punto de vista de Foucault, por simplificado que esté, tiene su pertinencia. Se podría considerar la enseñanza como un ejercicio, abierto u oculto, de relaciones de poder. El Maestro posee poder psicológico, social, físico. Puede premiar y castigar, excluir y ascender. Su autoridad es institucional, carismática o ambas a la vez. Se ayuda de la promesa o la amenaza. El conocimiento y la praxis mismos, definidos y transmitidos por un sistema pedagógico, por unos instrumentos de educación, son formas de poder. En este sentido, hasta los modos de instrucción más radicales son conservadores y están cargados con los valores ideológicos de la estabilidad (en francés, tenure es estabilización). Las "contraculturas" de hoy y la polémica de la New Age -que tiene sus antecedentes en la querella con los libros que encontramos en el primitivismo religioso y en la anarquía pastoral- ponen al conocimiento formal y a la investigación científica la etiqueta de estrategias de explotación, de dominio de clase. ¿Quién enseña qué a quién, y con qué fines políticos? Como veremos, es este plan de dominio, de enseñanza como poder bruto, elevado al extremo de la histeria erótica, lo que se satiriza en La leçon (La lección) de Ionesco.
Casi no se han analizado las negativas a enseñar, las negativas a la transmisión. El Maestro no encuentra ningún discípulo, ningún receptor digno de su mensaje, de su legado. Moisés destruye las primeras Tablas, precisamente las escritas por la propia mano de Dios. Nietzsche está obsesionado por la falta de discípulos adecuados precisamente cuando su necesidad de recepción es angustiosa. Este motivo es la tragedia de Zaratustra.
O tal vez sea que la doxa, la doctrina y el material que hay que enseñar, se juzgue demasiado peligrosa como para ser transmitida. Está enterrada en algún lugar secreto que no será redescubierto durante mucho tiempo o, de manera más drástica, se deja que muera con el Maestro. Hay ejemplos en la historia de la tradición alquímica y cabalística. Más frecuentemente, sólo a un puñado de elegidos, de iniciados, se les dará conocimiento de lo que verdaderamente quiere decir el Maestro. Al público en general se le sirve una versión diluida, vulgarizada. Esta distinción entre la versión esotérica y la exotérica anima las interpretaciones que hace Leo Strauss de Platón. ¿Existen hoy posibles paralelismos en la biogenética o en la física de partículas? ¿Son estas hipótesis demasiado amenazadoras (socialmente, humanamente) como para comprobarlas, pero no publicar los descubrimientos? Los secretos militares podrán ser el disfraz, a modo de farsa, de un dilema más complejo y clandestino.
Puede también haber pérdida, desaparición por accidente, por autoengaño -¿había resuelto Fermat su propio teorema?- o por acción histórica. ¡Cuánta sabiduría y ciencia oral, por ejemplo en botánica y terapia, se ha perdido sin remedio, cuántos manuscritos y libros se han quemado, desde Alejandría hasta Sarajevo? De las escrituras de los albigenses sólo se han conservado mínimas conjeturas. Es una inquietante posibilidad que ciertas "verdades", que ciertas metáforas e ideas fundamentales, especialmente en las humanidades, se hayan perdido, estén irrevocablemente destruidas (Sobre la comedia, de Aristóteles). Hoy somos incapaces de reproducir, si no es fotográficamente, ciertos colores mezclados por Van Eyck. Según se dice, no podemos ejecutar cierta fermata, con triple elevación de tono presionando con el dedo, que Paganini se negó a enseñar. ¿Por qué medio se transportaron a Stonehenge o se plantaron derechas en la Isla de Pascua aquellas piedras ciclópeas?
Evidentemente, las artes y los actos de enseñanza son, en el sentido propio de este término, tan denostado, dialécticos. El Maestro aprende del discípulo y es modificado por esa interrelación en lo que se convierte, idealmente, en un proceso de intercambio. La donación se torna recíproca, como sucede en los laberintos del amor. "Cuando soy más yo es cuando soy tú", como dijo Celan. Los Maestros repudian a los discípulos si los hallan indignos o desleales. El discípulo, a su vez, piensa que ha dejado atrás a su Maestro, que debe abandonar a su Maestro para convertirse en sí mismo (Wittgenstein le conminará a que así lo haga). Esta superación del Maestro, con sus componentes psicoanalíticos de rebelión edípica, puede ser causa de una tristeza traumática. Como cuando Dante se despide de Virgilio en el Purgatorio, o en The master of go, de Kawabata. O acaso puede ser una fuente de vengativa satisfacción tanto en la ficción -Wagner triunfa sobre Fausto- como en la realidad -Heidegger prevalece sobre Husserl y lo humilla.
Son algunos de estos múltiples encuentros en la filosofía, en la literatura o en la música lo que quiero considerar ahora.
Decepciones
Heidegger se trasladó a Friburgo en el invierno de 1919 como ayudante del profesor Edmund Husserl, que tenía treinta años más que él. Se habían conocido a finales de 1917. Ya entonces Husserl se había sentido profundamente impresionado. Lo que Heidegger traía ahora consigo eran, a mi juicio, los elementos de su lenguaje personal. Los testimonios que han llegado hasta nosotros de sus seminarios sobre las Meditaciones de Descartes, sobre Agustín y el neoplatonismo, sobre De anima de Aristóteles, aluden al efecto de sugestión, en ocasiones "hipnótico", del discurso hablado de Heidegger. Es posible también que interiorizara, aun en fecha tan temprana, unas rebeldes convicciones sobre la revisión total de la universidad alemana y la instauración de un nuevo pacto entre nación y Geist (espíritu). En el semestre de verano de 1919 estaba dando clase sobre la naturaleza de la universidad y del estudio académico.
Al mismo tiempo, su oposición a la ortodoxia neokantiana dominante en la filosofía alemana, junto con su devoción a la fenomenología husserliana, parecía categórica. Durante toda la década de los años veinte, las clases de Heidegger consisten en introducciones a la fenomenología, a la fenomenología de la religión, a las interpretaciones fenomenológicas de la Etica a Nicómano de Aristóteles. Repetidamente, el joven ayudante explica los textos del Maestro sobre las ideas y sus investigaciones lógicas. En el invierno de 1924-1925, Heidegger sigue dirigiendo ejercicios sobre las Investigaciones lógicas de Husserl.
El Maestro, que había perdido un hijo en la Primera Guerra Mundial, tenía las mejores razones para creer que había encontrado en su brillante discípulo un heredero espiritual y un futuro paladín. Aunque era un hombre de reserva estoica, incluso adusta, entregado -contrariamente a Heidegger- a las orgullosas tradiciones y modos magistrales del academicismo germano, Husserl no escondió su satisfacción. Se daba cuenta ya de que sus esfuerzos, aun siendo infatigables y obsesivos, no bastarían. Facetas capitales de su fenomenología, de su ambición por convertir la filosofía en una ciencia estricta, aún no se habían hecho realidad. La seguridad de Husserl rayaba en lo absoluto. Fueran las que fuesen las dificultades, su método fenomenológico establecería unos cimientos inconmovibles para la percepción y comprensión humanas del mundo. Despejaría la niebla de las presuposiciones teológico-metafísicas de las cuales no se había librado ni siquiera Kant. Barrería el "psicologismo", la asimilación de hechos mentales, cognitivos, a unos opacos estados de conciencia que, en el credo husserliano, paralizaban la filosofía. Incompletas estaban también sus extenuantes meditaciones sobre el problema de las relaciones interpersonales. ¿Quién mejor que Heidegger para seguir llevando la antorcha?
Es casi imposible condensar la disconformidad que separó a Heidegger de Husserl. Los ideales científicos, meta-matemáticos, le eran ajenos ("la ciencia no piensa"). La verdad no era una categoría lógica sino un misterio en curso de descubrimiento dentro de la ocultación (aletheia). A pesar de su exigencia de unos actos de percepción neutrales, no condicionados, la fenomenología de Husserl fue víctima de trilladas convenciones metafísicas y de la posibilidad de un retroceso infinito. No aborda la única cuestión que para Heidegger vale la pena preguntar: "¿Qué es el Ser" (Sein/Seyn)?" No muestra conciencia alguna de ese "olvido del Ser" que ha debilitado el pensamiento occidental tras la breve aurora presocrática y que condenó a la metafísica incluso a Nietzsche. Husserl no penetró en la misión y destino histórico del hombre (Geschick), que va indisolublemente unido a la distinción (la différence de Derrida) entre la existencia, lo que existe y el Ser. No es capaz de ver el eje ontológico de la "nada" (das Nichts y le néant de Sartre).
Tan contento con la aparente intimidad de Heidegger, es posible que Husserl ni se imaginara estas renuncias. No podría haber adivinado la burda mofa de él y de sus obras que, ya en 1923, ensucia las cartas privadas de Heidegger a Karl Jaspers. Un examen atento de algunas de las clases de Heidegger posteriores a 1919 podría haber alertado al Maestro. Sí que observó, con cierta tristeza, la atracción carismática que emanaba la persona de Heidegger. Husserl no reparó en que sus propios alumnos se esfumaban para asistir a las clases de su ayudante. Quizá le llegara el rumor, que se estaba extendiendo por todos los departamentos de filosofía de Alemania, de que un tal Martin Heidegger, que aún no había publicado nada, estaba convirtiéndose en "el secreto rey del pensamiento" (fórmula ideada por Hannah Arendt). Hay una fotografía que tal vez lo revela todo: Maestro y discípulo durante un paseo campestre en 1921. Con su sombrero de ala ancha y su bastón, Husserl es un representante del Herr Ordinarius (señor catedrático) de avanzada edad, casi inconfundible su origen judío. Con los brazos apretadamente cruzados y ataviado como un montañero de la Selva Negra, el joven Assistent parece absorto en algún monólogo imperioso. Heidegger no mira a Husserl, quien, aunque sea de modo muy ligero, se inclina hacia él.
Exteriormente, la relación parecía ser próspera. El apoyo incesante de Husserl lleva al primer nombramiento docente de Heidegger en Marburg en 1923. Un puesto avanzado estelar para la fenomenología, pensó Husserl. Lo que hay de Ser y Tiempo está ya preparado en abril de 1926. Husserl recoge y publica los poderosos fragmentos en su Jahrbuch für Philosophie de 1927. Están dedicadados a él con "veneración y amistad". En medio de la oposición, Husserl realiza su deseo más ardiente: cuando se jubile en 1928, Heidegger lo sustituirá en Friburgo. Parece ser el cenit de su colaboración. El discípulo debe al Maestro todo excepto su genio. Después, se acumulan las sombras: Heidegger critica con aspereza el borrador del artículo sobre la fenomenología que redacta Husserl para la Enciclopoedia Britannica. Husserl emprende entonces una atenta lectura del leviatán. Aún no puede creer que esté "escrito contra Husserl", como confiesa Heidegger a Jaspers. Pero si examinamos las notas marginales y anotaciones de Heidegger se hace palmaria la reciente conmoción. Al principio, Husserl tiene la esperanza de que se trate de un malentendido. Sin embargo, pronto llega a darse cuenta de que Heidegger ha negado o pasado por alto sistemáticamente conceptos clave como el yo trascendental o la fenomenología como estricta Wissenschaft. Inevitablemente, la confianza y la intimidad se enfrían.
De origen judío, casado con una mujer judía, el profesor emérito Husserl es puesto bajo interdicto en 1933, aunque aún se le permite dar conferencias en el extranjero. Debemos a este hecho su fragmentaria obra maestra sobre la crisis de las ciencias europeas, obra presentada por primera vez en Praga. En el circo brutal de la toma del poder por los nazis, Heidegger, cuyas simpatías con el movimiento son anteriores al triunfo de éste, ocupa el cargo de rector de la universidad. Los estudiantes aclaman a su líder, con antorchas encendidas incluso. Actuar como Führer del Führer, como había intentado hacer Platón en Sicilia, era el sueño expreso de Heidegger. Aunque, con la diferencia que establece, sin duda, la talla de Heidegger, el escenario es exactamente el del epílogo de Busoni. El nuevo Magnificus, con la insignia del partido en el rústico ojal, trata con prepotencia a su postrado Maestro y benefactor. Con toda seguridad, la célebre Rektoratsrede es un palimpsesto, un texto múltiple cuyo estilo esópico sí que expresa, en enrevesados niveles, un programa de enseñanza superior exaltado y seudoplatónico. No deja de tener su fuerza fascinadora. Pero, con el debido respeto a los malabarismos de los exégetas derridianos, el compromiso de Heidegger con el nuevo régimen, con el servicio a toda prueba que se rinde al Volk y al dictador, es estridente. Su desdén por las doctrinas racistas y eugenésicas lo convirtió en lo que las autoridades etiquetaron rápidamente como un "nazi privado", inútil para el gobierno. La conducta del nuevo rector para con los colegas no arios o ideológicamente escépticos fue fea, pero de una manera esporádica, mezquina. Hubo muchas cosas de las que simplemente prefirió no darse cuenta.
Husserl resistió en un macabro aislamiento. Dice un rumor obstinado que Heidegger le denegó el acceso a la biblioteca de la universidad. No hay pruebas fehacientes de ello. Lo que es seguro es que no hizo nada para aliviar la situación de su Maestro. Si se quitó la dedicatoria de Ser y tiempo es porque, como posteriormente protestó Heidegger, el libro no se habría podido volver a publicar. El reconocimiento a Husserl en la nota al pie de la página 38 no se eliminó nunca. En el momento de la muerte de Husserl, en abril de 1938, Heidegger estaba "enfermo en cama". Repugna que, en su protocolo de desnazificación de 1945, Heidegger no expresara arrepentimiento por no haber enviado a su viuda una carta de pésame.
La decepción de Husserl por el fin de su Seelenfreundschaft (amistad del alma) con su discípulo amado, por la traición, filosófica y personal, de Heidegger, fue profunda. Ya en 1928 toca el fondo del abismo: "No hago ninguna declaración sobre su personalidad: para mí ha llegado a ser totalmente incomprensible. Durante casi una década fue mi más íntimo amigo; este revés en mi estima intelectual y en mi relación con su persona fue uno de los golpes más duros del destino que recibí en toda mi vida". La traición de Heidegger "atacó las raíces más profundas de mi ser". Compone una de las historias más tristes de la historia del pensamiento. Algunos apologetas posmodernistas la harán todavía más triste.
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