La utopía como fuente de la creación
Los artistas del Programa Kuitca/Rojas desarrollan la propuesta más audaz desde el inicio del proyecto
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Lo mejor de las utopías es que son irrealizables. Cuando se las intenta convertir en realidad, aquello que parecía un sueño luminoso se transforma en la más negra de las pesadillas. Pero sin pensamiento utópico la vida se estanca. Ese pensamiento es la brújula que señala caminos posibles, senderos inexplorados, atajos sorpresivos.
Arma terrible en manos de políticos mesiánicos, la utopía se transforma en una fuente de energía creativa cuando ilumina la obra de los artistas. Sin ese mapa que dibuja nuevos territorios inexplorados, el arte se tornaría hierático, monótono, repetitivo. Y la vida -que tiende a imitar al arte- se volvería burocrática. Por eso es altamente auspicioso que en estos momentos exista en Buenos Aires un espacio utópico en el que más de treinta artistas están produciendo obras muy personales. Y si funciona tan bien es porque ese colectivo no fue organizado ni programado (ni siquiera soñado) como tal, es decir, como comunidad, sino como un proyecto de apoyo al arte.
Se trata del Programa de Talleres para las Artes Visuales Guillermo Kuitca/Centro Cultural Ricardo Rojas 2003-2005. Los artistas seleccionados para participar en él reciben una beca para trabajar durante 18 meses en sus propias producciones bajo la mirada crítica de Kuitca (con el cual tienen un encuentro semanal para discutir el avance de sus proyectos) y cuentan con un espacio común para reflexionar en conjunto sobre las obras de todos.
La actual edición es la apuesta más audaz del proyecto imaginado por Kuitca a comienzos de la década del 90 y que a lo largo de estos años contó con el apoyo de varias instituciones, como la Fundación Antorchas, el Centro Cultural Borges y la Fundación Proa. El ámbito de la Universidad de Buenos Aires -con el franco apoyo de su rector, Guillermo Jaim Etcheverry-, en el que actualmente se realizan estos talleres les otorga un perfil aún más experimental. Lo que no es raro, ya que el Rojas, de cuya galería de arte salió buena parte de lo más significativo de los artistas de las últimas camadas, es un centro de experimentación artística en todas las disciplinas, no sólo en el campo de las artes visuales.
El año pasado, un jurado formado por Fabián Lebenglik (director del Rojas y crítico de arte), Gumier Maier (curador de la galería del Rojas y artista visual), Roberto Jacoby (artista y sociólogo), Sonia Becce (curadora independiente) y el propio Kuitca seleccionó a los 27 artistas y 3 colectivos que participan de estos talleres. Según el jurado, el trabajo de selección de los participantes fue muy arduo porque entre los casi 500 postulantes que provenían de todo el país había muchos jóvenes talentosos.
Los que finalmente resultaron elegidos para participar del programa de talleres son Eduardo Arauz, Fabián Bercic, Diego Bianchi, Leandro Comba, Flavia Da Rin, Matías Duville, Leopoldo Estol, Guillermo Faivovich, Mariano Grassi, Pompi Gutnisky, Fabiana Imola, Cynthia Kampelmacher, Catalina León, Valentina Liernur, Valeria Maculan, Julia Masvernat, Miguel Mitlag, Eduardo Navarro, Sandro Pereira, Gastón Pérsico, Deborah Pruden, María Inés Raiteri, Rosana Schoijett, Elisa Strada, María Inés Szigety, Cecilia Szalkowicz, Nahuel Vecino, Constanza Vicco, Judith Villamayor, y los colectivos Brandazza-De Aduriz, Oligatega Numeric y Suscripción.
Con ellos trabajando, a la vez en conjunto y cada uno en su propio proyecto, se conformó una microciudad utópica: la de la diversidad. Son artistas que tienen estilos y trayectorias muy diferentes. Trabajan sobre todo tipo de soporte, desde seda hasta metal, desde fotografía de toma directa hasta multimedia, desde pintura hasta intervenciones efímeras. Y ninguna de sus obras se parece a la de Kuitca. Ninguno de ellos se parece al otro.
El viernes 28 de mayo por primera vez se abrieron los talleres al público en general y se pudo ver la producción que vienen desarrollando desde hace varios meses. En el patio del edificio de San Luis 3176 había una muestra efímera curada por Sonia Becce, quien había seleccionado algunos trabajos para que el público tuviera allí una visión de conjunto. Además, en cada uno de los talleres se podía seguir el proceso de elaboración de la obra de cada artista. Lo más interesante de abrir los talleres al público y la crítica es precisamente que ahí se puede ver el proceso.
Todo el espacio del ex jardín de infantes alquilado por la UBA para cobijar esta experiencia está intervenido por los artistas, con lo cual las preguntas de si algo es obra o elemento de desecho surgen a cada paso. No hay un elemento en todo ese espacio (incluso hasta las marcas "naturales", como las manchas de humedad en las paredes) que no haya sido trabajado de tal forma que adquiera un sentido, aunque a veces no se sepa cuál es. Para el ojo desacostumbrado a ver el laboratorio, el lugar en el que se produce arte, el conjunto de los talleres, los pasillos que lo comunican y el patio semejan una mezcla de gran depósito de objetos raros y basural.
Los artistas que participan en este programa no surgieron de la nada. Desde los años 80 el arte argentino vive un momento de excepcional riqueza, visible en la extraordinaria producción de la generación inmediatamente anterior, es decir, la de los que tienen entre 35 y 45 años. A esa generación pertenecen artistas tan valiosos como Marcelo Pombo, Pablo Siquier, Miguel Harte, Graciela Hasper, Sebastián Gordín, Román Vitali o el propio Kuitca.
En esa microciudad utópica que surgió de este programa, la convivencia en la diversidad habla de una amplitud de miras que contrasta con la militancia cerrada de otras épocas. Diversidad fecunda, ya que en la producción de muchos de los jóvenes que participan de este semillero hay una obra sólida.
( Aunque los talleres del programa Kuitca/Rojas están cerrados al público, se anuncia que antes de fin de año habrá otra posibilidad de visitarlos .)





