
La virtud de una voz
AL MAR Y OTROS CUENTOS Por Miguel Briante-(Sudamericana)-224 páginas-($ 25)
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Narrar es, dicen algunos, dotar de un sentido a un cúmulo de hechos opacos, inconexos, inexplicados. Para otros, es uno de los modos de codificar la ética de una comunidad: prescribir, a través de las acciones de un relato, los comportamientos ejemplares, deseables y necesarios para los intereses de la tribu. Narrar puede entenderse, también, como una forma de preservar la memoria de esa misma tribu, una práctica heredera del mito y la leyenda que se realiza en la crónica. Pero la narración puede asumir, además, la vocación de restañar simbólicamente alguna herida, individual o colectiva. Otras veces, narrar es ante todo una forma del entretenimiento, y téngase en cuenta que esta última opción nada tiene de trivial: gracias a esa posibilidad del relato, Sheherezade salvó su vida.
Ninguna de estas opciones es excluyente y la mejor prueba de ello es la obra narrativa de Miguel Briante (General Belgrano, 1944-1995). Alternativa o simultáneamente, tanto su novela Kincón (1975) como los inolvidables relatos de Las hamacas voladoras (1964), Hombre en la orilla (1968) y Ley de juego (1983) encarnan con lucidez esas variantes y, seguramente, otras. En estos días, en lo que constituye un nuevo y saludable paso hacia el rescate de su narrativa completa, la editorial Sudamericana acaba de poner en circulación el volumen Al mar y otros cuentos , que reúne los textos publicados por Briante en diarios y revistas pero nunca en libro.
Alguno podría pensar que se trata de un acto de piedad -hacia la memoria de un gran autor muerto prematuramente- o de un gesto oportunista -que intenta lucrar con el prestigio de un apellido-, en cualquiera de los casos, a partir de materiales de interés ocasional. Muy por el contrario, todos y cada uno de estos relatos bien podrían integrar cualquiera de los libros anteriores de su autor y, sin dudas, la más exigente antología del género. Más allá de algunos textos que aún conservan la huella del cumplimiento de una publicación periodística e incluso la reverberación de un hecho o una situación coyunturales (inundaciones, desocupación, miseria, temporada de verano), esta colección de cuentos hasta ahora dispersos provocan la misma admirada inquietud, esa que surge de una voz narrativa que logra imponer a los lectores su necesidad de existir.
Este volumen, máquina admirable de historias que tanto pueden dispararse a partir de un pormenor como de una catástrofe, permite comprobar una verdad tan antigua como la narración misma: narrar es, antes que el despliegue de procedimientos que requieren una dilatada elaboración, una cuestión de oído. Y Briante era, en ese aspecto, único. Su capacidad para discernir la posibilidad de un relato en el caos de chismes, infidencias, confesiones, expresiones de deseos y comentarios en general de que están hechos los intercambios del habla fue realmente admirable.
Y tal vez sea justamente el interés fugaz, hoy ya perdido, de los hechos que los motivaron, lo que permite corrobar, en estos relatos, aquella sospecha: casi todos ellos no se constituyen a partir de una anécdota curiosa o inesperada sino en virtud de una voz. Briante supo captar, como pocos, las diversas inflexiones del habla rioplatense: modos de decir de quienes ven pasar la vida desde el boliche de un pueblo de la provincia de Buenos Aires, de frecuentadores de bares de mala muerte en una Buenos Aires cada vez más hostil hacia los marginados, de una aristocracia porteña venida a menos, de gauchos arrancados de su paisaje y su tradición, de alcohólicos, de artistas frustrados, de gente empobrecida de golpe o de pobres de varias generaciones.
La ubicación de la voz no es, en Briante, una mera cuestión de ajustarse a la regla del decoro, aquella norma clásica que exige que cada personaje se exprese con un lenguaje que le es culturalmente propio; la fina sintonía del autor propone algo más inherente a la posibilidad del relato mismo, en la medida en que presume que, en cada modo de decir, hay una visión del mundo, con sus grandezas y sus inevitables limitaciones: no es lo mismo que sea el verdugo o la víctima quien justifique la victimización.
Desde ese punto de vista, lo que Briante hace es ubicar con extrema precisión la ética implícita en cada voz elegida y, desde ella, investiga sin prejuicios y con auténtica compasión narrativa las razones siempre parciales -y por eso mismo más valiosas- que cada voz conlleva en su decir.
Para Briante, si se narra para explicar un hecho, la explicación será un motor que, en segunda instancia, dará cabida a una revelación más sutil y conmovedora, que es la frágil consistencia de la voz que narra. Si se narra para prescribir un comportamiento, inevitablemente también se pondrá en acto una moral de la narración. Y así siguiendo: se leen relatos no tanto para aprender o para entretenerse como para acompañar con el propio cuerpo el movimiento continuo de una voz humana, la voz de otro que, paradójicamente, nos confirma en nuestra siempre perpleja singularidad.
Ajenos a la presunción de una imposible eficacia, los admirables relatos de Briante incluidos en este libro prueban una pequeña verdad imprescindible: como decía Roland Barthes, narrar es un modo de relación con el mundo.




