Lacanianos y bien porteños
Una humorada clásica en el mundo "psi" de Buenos Aires dice que los seguidores del psicoanalista francés son la verdadera primera minoría, después del peronismo
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Los primeros profesores que empezaron a transmitir las enseñanzas del doctor Lacan en Buenos Aires no eran oficiantes del psicoanálisis. Enrique Pichon-Rivière, uno de los fundadores de la institución psicoanalítica local oficialmente reconocida por la Internacional Psicoanalítica y luego volcado a su propia escuela de psicología social, invitó en 1964 a Oscar Masotta, estudioso de la filosofía y protagonista del Instituto Di Tella, a dar en su instituto una conferencia sobre Lacan. También venían del campo filosófico otros iniciadores como Guillermo Maci y Raúl Sciarretta, mientras que Juan Carlos Indart provenía de la sociología. Todos conquistaron significativa cantidad de oyentes y alumnos.
El avispero empezaba a menearse con fuerza en distintos frentes del mundo "psi" porteño. Ya sobre el filo de los turbulentos años 70, la Asociación Psicoanalítica Argentina sufrió el desgajamiento de los grupos Plataforma y Documentos, que acusaban a la vieja guardia ortodoxa de anquilosamiento. Por otro lado, el multitudinario alumnado que poblaba la Facultad de Psicología de la UBA se proyectaba hacia su camino profesional atenazado por una situación ridícula: por ley, los únicos habilitados a ejercer terapias psíquicas, aun sin recetar medicamentos, eran? los médicos. Las enseñanzas del doctor Lacan, que al igual que Freud defendía un psicoanálisis "oficiado por laicos" (no médicos), fueron una protección para seguir avanzando.
En 1974, se fundó la Escuela Freudiana de Buenos Aires, siguiendo el modelo de la Escuela Freudiana de París. Cinco años más tarde, se producía la primera escisión, que dio paso a una larga y casi interminable serie de estallidos. Masotta, ya instalado en Barcelona, hizo un formidable trabajo de inseminación de la obra del doctor Lacan en una cultura como la española, desde siempre refractaria al psicoanálisis.
Cuando falleció, tomó la posta Germán García, además de psicoanalista, un escritor brillante y de larga y sostenida producción, un intelectual de fuste en cuyas elaboraciones nunca faltan frases altamente provocadoras. Él regresó al país junto con la reinstauración de la democracia.
Los tiempos de la dictadura, negros, asfixiantes y peligrosos, paradójicamente coincidieron con una expansión del lacanismo. En la Facultad de Psicología de la UBA, a los alumnos nos torturaban con diluidas formas de existencialismo muy a la violeta y con una cosa extrañísima denominada "el enfoque endotímico de Lersch" (que nunca nadie entendió bien de qué se trataba), con mucha psicología experimental con ratones y hasta con capitanes de marina que venían a explicarnos, dibujitos de barcos hundidos mediante, cómo íbamos ganando la Guerra de Malvinas.
Las cátedras de Psicoanalítica I y II, cuya titularidad estaba a cargo del profesor León Ostrov, un ruso blanco que seguía las enseñanzas de la psicología profunda de Igor Caruso, fueron fundamentales para sobrevivir en ese clima medieval, que incluía policías de civil infiltrados entre los alumnos y otros que, para espiar de qué se hablaba, metían sus cabezas por los ventanucos como de puerta de celda carcelaria que se habían instalado a tales fines. Con generosa y valiente actitud, el profesor Ostrov, un hombre pequeñito siempre vestido de gris y con aspecto de portero de edificio corporativo, ahuecó el ala para que allí se cobijaran y ejercieran la docencia ayudantes de cátedra que eran un lujo, en su mayor parte psicoanalistas no médicos y de extracción lacaniana. Ellos generaron pasión por leer a Freud y a Lacan. Además, proliferaron como hongos los grupos de estudio en los consultorios particulares, configurando una verdadera cultura de catacumbas donde era posible hablar con un poco menos de miedo que en el café o en el aula.
Con la reinstauración de la democracia, desde algunos sectores de la izquierda freudiana se acusó al lacanismo de haberse aplicado a cuestiones eruditas como forma de desentenderse de la sangrienta dictadura, así como también de haberse encerrado en cierto clima de esoterismo y de secta. Esas evaluaciones fueron terriblemente injustas. Hubo actos de valentía casi heroica: cuando en 1978 secuestraron a Beatriz Perosio, la presidenta de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, una cátedra de cuño lacaniano que allí funcionaba, si no recuerdo mal a cargo del doctor Guido Narváez, se mantuvo firme en el dictado de clases mientras los Falcon verdes se estacionaban en la puerta de la institución. Y también hay testimonios de pacientes que gracias a sus análisis lacanianos evitaron la tentación de inmolarse o directamente fueron refugiados por sus analistas en los consultorios como paso previo a poner pies en polvorosa con rumbo a Ezeiza.
A partir de 1984, la facultad cobró clima de fiesta, con el ingreso de profesores eminentes como Eugenio Zaffaroni (que nos abría la cabeza con la lectura de Foucault y que nos narraba, apasionadamente, las vicisitudes de la vida carcelaria) o un historiador de la psicología tan riguroso como Hugo Vezzetti. Y también pasaban cosas cómicas, por no decir ridículas. Por muchos motivos, era fácil caer en el espejismo sectario de que fuera de Freud y Lacan no había ningún autor ni corriente merecedores de integrar el campo psicoanalítico. Así, se escuchaban voces de alumnos liquidando de un plumazo a Melanie Klein o a Donald Winnicott al grito de que carecían de una adecuada teoría del lenguaje. Algunos profesores bajaban semejantes copetes mandando a leer en detalle a esos autores y a sostener con argumentos semejantes altanerías.
En la literatura psicoanalítica local también pasaban cosas que hacían reír. Primaba un estilo de escritura barroco, por no decir rococó, que era fruto, en principio, de un fenomenal malentendido. Las enseñanzas del doctor Lacan fueron transmitidas fundamentalmente por vía oral en su seminario y transcriptas en libros por Jacques-Alain Miller. El doctor Lacan no era persona que contara con el don de la facilidad de escritura. El editor de los Escritos , una de las pocas obras nacidas con la imprenta como destino primero y excluyente, contó que le habían salido canas verdes durante el largo y tortuoso proceso de elaboración del libro. El doctor Lacan era un gran hablador, que no es lo mismo que ser un charlatán. Seducía a su auditorio con sus pausas y sus gestos teatrales. Acuñaba neologismos y hasta interpretaba las intervenciones de su auditorio. Hubo incluso algún brote espectacular, como el de un asistente que increpó al maestro, tirándole teatralmente en la cara un vaso de agua (se puede ver en http://www.youtube.com/watch?v=_zxdzG). Solía tomarse como modelo de escritura lo que había nacido como un modo de hablar y exponer. Además, sumaban malentendidos las zonas oscuras de cualquier traducción. Así, por nuestros lares abundaban las publicaciones con oraciones encadenadas en infinitas subordinadas, con neologismos francamente improbables y con sintaxis y gramáticas prácticamente inexistentes. Los sufridos correctores resoplaban cuando les caía en la mesa de trabajo uno de los tantos libros escritos en ese extraño idioma que llamaban burlonamente "lacanés".
Los seminarios del doctor Lacan iban llegando y publicándose con cuentagotas y sin seguir el orden en que habían sido dictados. Para llenar ese vacío circulaban versiones no autorizadas. El tráfico ilegal de esos textos culminaría en un allanamiento policial a una librería legendaria de Buenos Aires. Así era el clima en el planeta lacaniano argentino, un poco antes y un poco después de la muerte del doctor Lacan. Algunos oficiantes locales cayeron en la caricatura. Dado que en la última etapa de su trabajo como clínico el doctor Lacan experimentó reduciendo el tiempo de sus sesiones a unos pocos minutos, hubo imitadores que tomaron esa reducción como estándar, olvidándose de que cuando el doctor Lacan se había revelado contra la sesión sacralizada de cincuenta minutos y de alta frecuencia semanal, lo había hecho buscando revivir la sorpresa necesaria para que emergiera el inconsciente y para que el momento de corte no dictado por el reloj cobrara efectos de interpretación.
También era frecuente confundir la necesaria neutralidad del analista con un mutismo pétreo y a prueba de balas, que hasta estandarizaba las formas distantes de saludar al paciente. Y en los congresos, ante algún expositor que hacía la obertura con la fórmula "decimos con Lacan", no era difícil adivinar que íbamos a escuchar un adormecedor catecismo. En los años 90, la actriz Juana Molina compuso de modo magistral un personaje que recogía muy cómicamente todo ese estilo. Por suerte, los fracasos de la clínica, que son los que más enseñan, los propios análisis de los oficiantes y los debates contribuyeron a la dilución de esa caricatura. Sobre todo, impusieron como gran vector del trabajo clínico que el psicoanálisis responde a la ética del deseo, para que cada quien haga lo mejor que pueda con eso, lejos de cualquier empresa domesticadora.
La década cero del siglo XXI desencadenó brutales e inéditas resistencias, con extremos infames como El libro negro del psicoanálisis , en el estilo canallesco característico de los programas chimenteros de la TV. Con la mayor parte de los neurocientíficos, no con todos, se hace muy difícil, si no imposible, la interlocución. Muchos se obstinan en reducir todo lo humano a un mero efecto de reacciones químicas y de genes. Se extraña a caballeros como el entrañable profesor y epistemólogo Gregorio Klimovsky, con quien había que hamacarse duro para estar a la altura de sus impugnaciones.
"El psicoanálisis no triunfará sobre la religión; la religión es indestructible. El psicoanálisis no triunfará; sobrevivirá o no", le contestó el doctor Lacan a un periodista respecto del futuro de la disciplina. Nosotros tampoco podemos decir mucho acerca de si sobrevivirá o no. Sólo sabemos que en estos 30 años hubo cismas y libanizaciones, guerras santas y debates apasionados, proliferación de distintas interpretaciones de la obra del doctor Lacan y hasta casamientos eclécticos o apropiaciones tirando a esotéricas. Hubo sujeciones y rebeliones respecto de colegas franceses, Lacan para principiantes y Lacan estudiado con microscopio, línea por línea. No tendría caso medir los resultados de cada una de esas vertientes con las frágiles varas de la fidelidad al maestro. Lo que importa destacar es que sólo por haber producido una masa crítica de conocimientos de gran magnitud se puede dar este amplio arco de posiciones. Una humorada de salón dice lo mismo con más gracia: "En la Argentina, después del peronismo, el lacanismo es la verdadera primera minoría. Si juntan a pacientes, analistas y lectores, los lacanianos también son capaces de llenar la Plaza de Mayo". Enhorabuena. Que sea por muchos años más.



