El verano de los escritores

La estación más calurosa del año es sinónimo de sol, ocio y vacaciones, pero también tiempo de lecturas o de creación. Cuatro autores argentinos cuentan en textos exclusivos qué valor tienen para ellos los meses de la ensoñación. Escriben Matías Capelli, Oliverio Coelho, María Sonia Cristoff y Pablo De Santis
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18 de enero de 2013  

 Cuatro escritores . En uno de sus cuadros más conocidos, Giuseppe Arcimboldo (1527-1593) representó el verano como un acopio de frutos de estación que, de perfil, forman el rostro de un individuo feliz. El pintor asociaba ese período del año con la naturaleza rozagante y, por propiedad transitiva, con la lozanía de la edad. Hoy, tanto tiempo después, aunque esa percepción persiste, nuestra primera traducción simbólica de la estación es otra. Verano es sinónimo de savia y sol, pero también de ocio, de balnearios o sierras, de días largos y noches cortas, de jornadas de bochorno que hay que vadear –los que resisten en la ciudad son los mejor entrenados en la materia– con estoicismo. El verano es, además, un período luminosamente literario que la costumbre señala como el más propicio para la lectura.

Invitados por adncultura , los narradores Matías Capelli, Oliverio Coelho, María Sonia Cristoff y Pablo De Santis cuentan, entre reflexiones, confesiones y relatos epifánicos, qué representa para ellos y para su oficio la temporada más disponible del año, aquella que, como define uno de ellos en una singular clasificación de los géneros, resume por excelencia lo vital y lo novelesco.

Las cuatro estaciones

Ilustración: Sebastián Dufour
Ilustración: Sebastián Dufour

Texto: Pablo De Santis

En su monumental tratado Anatomía de la crítica el teórico canadiense Northorp Frye hace una clasificación "estacional" de los géneros.

A la primavera corresponde la comedia, con sus fiestas al aire libre y el triunfo del amor luego de la superación de los obstáculos. Los enamorados llevan coronas de flores, y cuando la comedia termina, el espectador siente que el mundo empieza de nuevo.

El otoño es el tiempo de la tragedia; para Frye lo que caracteriza a la tragedia no es el final desdichado (encuentra en Racine finales felices) sino el ánimo sombrío que domina los acontecimientos.

La sátira es género invernal: nada germina, el narrador se distancia de sus criaturas, los personajes apenas ilustran ideas o conductas y no están verdaderamente vivos.

El verano, en cambio, es la estación de lo novelesco, es decir, de la aventura: el héroe, joven y solar, debe enfrentar peligros que representan lo invernal y lo infértil.

Pero tal vez no estemos de acuerdo con esta clasificación y podamos proponer, en medio del verano, otra muy distinta a la del señor Frye.

Al invierno corresponden los cuentos fantásticos y de terror. El frío alienta el cuento de miedo: la reunión en torno al fuego es la escena ideal para invocar fantasmas.

Los títulos de algunos libros llevan a engaño. Así, Si una noche de invierno un viajero , de Italo Calvino, no es para el frío, sino para la primavera, tiempo de transformaciones. Y también los cuentos de Silvina Ocampo, los poemas de Emily Dickinson, Alicia en el país de las maravillas y el extraño relato La cinta de Moebius , de Mario Levrero, donde todo cambia a cada instante.

El otoño, con su cualidad indefinible, es el tiempo de la nouvelle , ese relato que ni es cuento ni es novela, y cuyo sentido también, muchas veces, queda en el secreto: al otoño pertenecen las nouvelles de Henry James, como Los papeles de Aspern o La figura en el tapiz , y las de Onetti, como El pozo o Para una tumba sin nombre . También La muerte en Venecia , de Thomas Mann.

El verano es el tiempo de la novela policial. No sólo porque las novelas de detectives han nacido para el placer del lector, sino también porque el verano invade las vidas de los personajes: el calor y el deseo de interrumpir la rutina los reúne en casas de campo, en grandes hoteles, en trasatlánticos. La novela policial los necesita conversadores y ociosos. Bueno, no todos están ociosos: el asesino tiene trabajo por hacer y el detective también.

Pero hay otra clase de libros afines al verano: los que se encuentran en las casas de vacaciones o en las bibliotecas de los hoteles. Son colecciones armadas por los años, la distracción o el abandono. Ahí ejercen su ajado dominio las novelas policiales y esos best-sellers pasados de moda cuyo título es siempre una sola palabra: Hotel, Aeropuerto, Petróleo, Oro. En los estantes se reúnen huéspedes diversos: una vieja edición entelada de poemas de Rubén Darío, una novelización de la serie Kojak , con Telly Savallas en la tapa, con un chupetín en la boca, o una novela de Edgar Wallace de la editorial Tor, y tal vez hasta un ejemplar de la revista Libro Elegido , aparecida en los años setenta, y que se proponía resumir las novedades del mes para que uno pudiera conversar sobre literatura sin necesidad de haber leído. Todos estos libros tienen arena entre las páginas y a veces hasta un caracol.

Ahora, en este verano, acabo de terminar El topo , la obra maestra de John Le Carré. El libro (mejor dicho: mi ejemplar) reúne las cuatro estaciones. Pertenece al verano, porque es de los libros que elegimos para las vacaciones. Pero es invernal: aunque sus personajes son espías, parecen fantasmas y están hechos para la noche y el frío.

Lo había leído muchísimos años atrás, cuando estaba en la escuela secundaria, pero no encontré aquel ejemplar y conseguí uno en una librería de usados. El ejemplar está tan maltratado que las páginas se desprenden a medida que leo como hojas en otoño. Hay, sin embargo, una nota primaveral en él: es una frase que tiene escrita en la portadilla.

Siempre me resultan enigmáticas las cosas que anotan los lectores en los libros. La anterior y anónima lectora anotó algo que es, imagino, una lista de lecturas futuras: "Ricardo Piglia, Juan José Saer y la historia de Ana Bolena". Y al final agregó -como si se acordara de pronto- un propósito primaveral: "Y juntar gajitos de plantas".

Episodios en la ciudad desierta

Ilustración: Alma Larroca
Ilustración: Alma Larroca

Texto Oliverio Coelho

Suena poco nostálgico, aunque la frase podría ser el comienzo de una novela romántica: los meses de verano no eran especiales o distintos a cualquier mes del resto del año. No eran especiales hasta que de pronto el verano dejó de resultarme indiferente o incómodo, y se volvió el intervalo del año más anhelado. A muchos misántropos el verano les ofrece la oportunidad de reencontrarse con una ciudad traslúcida. Mi adoración por el verano porteño proviene menos de atributos misántropos que de una sobreadaptación al calor y de una fascinación por las ciudades desiertas y soleadas. Si no disfrutara del calor de un modo tan convencido, me encerraría en un cuarto con aire acondicionado a escribir, y de cualquier manera optaría por aplazar las vacaciones y sentir incluso en la reclusión el pulso reseco de la ciudad.

El viento que arrojan los ventiladores de techo, su música regular e indefectible como el aire que sopla en las sierras, es tan fascinante que resulta muy tentador languidecer tres horas por día en un sillón, acompañando la rotación cuando cae la tarde. Así como muchos matan sus lecturas pendientes bajo el sol, yo me tiendo a leer bajo un ventilador, un objeto que parece creado para deleitar a los residentes del purgatorio. El aire mece las hojas de novelas que duran dos o tres sentadas. Ese viento artificial que se cuela en la rutina no sólo marca el compás de la vigilia y abre espacio para leer. Crea también un tiempo ideal para un acto cristalino: escuchar música. Escuchar música apareja la emotividad de una relectura. Vuelvo a grabaciones de Ligeti, Morton Feldman y Cornelius Cardew, a clásicos de Miles Davis como su concierto en la Salle Pleyel o las Science Fiction Sessions de Ornette Coleman, y la música parece llegar arrastrada por ráfagas de un aire ingrávido. En el tiempo suspendido de la escucha, reviso los vinilos que compré en ferias en el último tiempo -alguna perla de Herbie Hancock o Freddie Hubbard, discos gastados de Cash o Dylan-, aprovecho para limpiarlos, whiskear a deshoras y cada tanto tomar notas sobre algún relato posible. Por fin, apretando los párpados, cansado del ocio propio, dejo que se arracimen en mi cabeza reminiscencias de aventuras vividas en una juventud que parece lejana y vallada por miles de veranos.

Lo cierto es que tiempo atrás los veranos no estaban hechos de ocio dorado. A mis veinte el verano me encontraba empecinado en la idea de escribir una novela original. El calor me resultaba sofocante y exponenciaba cierta avidez exploratoria. Recuerdo haber pasado todas las tardes refugiado en la sala Lugones del San Martín. Naturalmente, para que esta anécdota menor sea un epicentro en la memoria, algo debió haber ocurrido. Berlín Alexanderplatz , la miniserie de Fassbinder basada en la novela homónima de Alfred Döblin, marcó un antes y después en mi deseo de narrar. Cada día, durante una semana de sol en pleno febrero, salí del cine con la sensación de haber sobrevivido a una peripecia. Aprovechaba para recorrer librerías de saldos desiertas como acantilados. Suponía que un libro secreto podía allanar mi camino de escritor. Imaginaba que ese libro compensador estaba enterrado en una librería de saldos. La estación parecía agigantar las posibilidades de que ese tesoro emergiera.

Existía la librería Gandhi, recién trasladada de Corrientes y Paraná a Corrientes y Callao. En la librería Losada, mudada al local de Gandhi, trabajaba Raúl Zoppi, alías Nacho, un librero de linaje que administraba todos los tesoros que podía buscar un artista adolescente. Era robusto, germanófilo hasta el tuétano, llevaba barba y solía mirar a su interlocutor fijamente por encima de los anteojos que resbalaban sobre el tabique de su nariz. No había en la avenida Corrientes librero más querido y más ácido a la hora de analizar la literatura argentina posterior a Borges. Cuando uno entraba en confianza, su formación filosófica cobraba protagonismo y era habitual que abriera al azar una página de la Fenomenología del espíritu e improvisara cortas lecciones que un joven tímido, desde luego, todavía no podía agradecer ni metabolizar. Mucho tiempo después entendí que los libros que Zoppi puso en mis manos aquel verano, resultaban no sólo predictivos sino taxativos: La muerte de Virgilio de Hermann Broch, Perorata del apestado de Gesualdo Bufalino, La acompañante, el lacayo y la puta de Nina Berberova, El hombre sin atributos de Robert Musil.

Pensar la textura de una estación conduce inevitablemente a manifestaciones nostálgicas. Las estaciones funcionan como marcos afectados o intervenidos de experiencias pasadas. Así, mientras escribo bajo el aire que liba un ventilador de techo, el verano encarna la figura de un librero que ya no está, pero que al igual que las emotivas relecturas musicales, puebla sueños diurnos, visiones que en estaciones desiertas dan una sombra aliviante.

Eureka. Notas de un verano

Ilustración: María Elina
Ilustración: María Elina

Texto María Sonia Cristoff

Cuando llegaban los primeros indicios del frío, los habitantes de la región de Pskov, en Rusia, se reunían en grupos alrededor de una fogata tenue y se predisponían a pasar los meses invernales durmiendo. Durante todo ese tiempo, se levantaban muy de vez en cuando para comer una porción de pan duro y para mantener vivo el fuego según un cronograma armado con antelación. Ni bien llegaba la primavera, retomaban sus actividades cotidianas sin la menor señal de deterioro en sus organismos. Así, parece, lo constataba el British Medical Journal hace más de un siglo. Hoy, mientras la medicina ensaya métodos para generar en los humanos una forma de la hibernación, el caso funciona como antecedente. Un antecedente todavía indescifrable.

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Los animales, o mejor dicho algunos animales, se entregan en cambio a la hibernación como a un largo sueño inmóvil, ininterrumpido. Antes, buscan un lugar apropiado y lo acondicionan, lo aíslan. En esos meses, sus cuerpos obtienen energía de la grasa acumulada, sus procesos metabólicos se aplacan, la frecuencia de los ritmos cardíacos y los respiratorios disminuye. Me pregunto si se suspende también toda actividad onírica, si alcanzan la impasibilidad absoluta, pero estas páginas de Internet no lo aclaran.

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Avanzo por una ruta monocorde. El calor ya no se siente más adentro de nuestros autos modernos pero se ve: arma unas especies de garabatos sobre el asfalto muy parecidos a los dibujos que solía hacer sobre las servilletas un amigo que no sabía esperar. A diferencia de los animales y de los pobladores rusos de Pskov, hago mi hibernación en verano. En cuanto al resto, mi comportamiento es casi idéntico: cuando llega ese momento del año que mi organismo no podría resistir en las condiciones habituales, busco un lugar en el cual aislarme. Ahí vivo de lo acumulado durante el año, quedo en una inmovilidad casi absoluta, y puedo asegurar que todos los ritmos de mi organismo se aplacan. La fuerza de los paralelismos es tal que hibernar deja de ser exclusividad de los inviernos: se anula el factor etimológico.

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Los científicos que hoy tratan de descifrar cómo generar una forma de hibernación en los humanos aseguran, según la página de Globedia, que los beneficios serían múltiples: por la constatación de inmunidad a las infecciones y por la capacidad de subsistir quemando sus propias grasas de los animales que hibernan, se podría desarrollar, respectivamente, un antibiótico ultrapoderoso y una pastilla imbatible para los problemas de obesidad. Además, se harían muchos más transplantes de órganos con éxito porque la ralentización de las funciones del organismo daría a los cuerpos más capacidad de espera y se facilitarían las operaciones a corazón abierto porque las bajas de temperaturas corporales previas estarían dadas. Y siguen; la lista de aplicaciones posibles es larga.

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Duermo, duermo, duermo. Una vez que llego a destino, duermo todo el tiempo. Solamente me levanto, como los habitantes de Pskov, para una actividad muy puntual, que en mi caso es escribir (uno de los beneficios de hibernar en verano es que no tengo que levantarme según un cronograma colectivo para mantener viva la fogata). No creo que haya ni un solo escritor que no haga del verano su momento favorito para focalizarse en algún texto. Es el momento en el que desaparecen o menguan las distracciones y los trabajos, en el que finalmente nada se interpone. Un escritor no asocia verano a vacaciones, más bien todo lo contrario.

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Un escritor, de hecho, no sabe lo que son las vacaciones (ni quiere saberlo). Ya lo dijo muy bien Michel Tournier en uno de los textos de Celebraciones : la actividad de los escritores es similar a la del corazón. Mientras todos los músculos del cuerpo necesitan unas ocho horas diarias de descanso, el corazón es el único que no se detiene nunca, que descansa en ese hiato entre un latido y el otro. A partir de ahí Tournier hace unas consideraciones muy interesantes acerca de lo imbricada que está la literatura con la vida. El problema es que para muchos escritores, o al menos para la mayoría de los escritores de por acá, la actividad sí se detiene entre un latido y otro pero no precisamente por las vacaciones: son los trabajos que nos impone la supervivencia los que nos interrumpen, nos amenazan. Por eso queremos tanto al verano.

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Ser rica: escribir independientemente de la estación del año.

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Me instalo en mi guarida, duermo, escribo, duermo, escribo. Hiberno hasta el fin de mi verano. Después vuelvo por la misma ruta, con el mismo calor. Sigue siendo verano para otros, para mí ya no. Voy enumerando los trabajos que, al volver de mi hibernación, interrumpirán la escritura. Cruza por el carril paralelo un camión cargado de vacas que van al matadero. Por primera vez en años, evalúo la posibilidad de abrir mi método de hibernación autoinducida a la comunidad científica. Sé que le faltan perfeccionamientos, pero eso no debería detenerme. Al contrario, también puedo postularme como conejillo de Indias para los experimentos que sobrevendrán. Conozco a una directora de teatro colombiana que financió tres de sus obras más o menos así: firmaba contratos con un laboratorio para probar nuevas drogas contra una serie de enfermedades tropicales. Yo puedo exigir mejores condiciones: de hecho, la clave del método será un aporte mío. Avanza la ruta monocorde y me voy convenciendo. Tal vez así, esta vez, los meses fríos me encuentren escribiendo sin pausa.

Sin llave

Ilustración: Pablo Vigo
Ilustración: Pablo Vigo

Texto Matías Capelli

Bajé a comprar unas cosas para comer y a llevar ropa a lavar, y en el palier me encontré con el chico que vivía en uno de los departamentos de planta baja. Rubio y flaquito, de unos siete años, golpeaba enojado la puerta de su casa. Yo cargaba un bolso con ropa sucia. Era pasado mediodía, el hambre me apuraba a ir y volver rápido, y me hice el desentendido. La bronca del chico debía ir dirigida a la madre, que estaría del otro lado. Hasta donde sabía, vivían los dos solos. Habían llegado al edificio el año anterior, ella tal vez recién separada. Casi todo sobre mis vecinos eran suposiciones porque no entablaba diálogo o relación; pero a un hombre, con ellos dos, seguro no había visto. Al salir a la calle me di vuelta y miré a través del vidrio de entrada: el pibe estaba de brazos cruzados recortado a contraluz al fondo del pasillo. Supuse que a la madre en algún momento el hijo de vacaciones debía volvérsele insoportable y lo sacaba un rato; después almuerzo, siesta, tele, jueguitos, algo así. Dentro de todo no me parecía tan mal plan. El departamento daba al patio común del edificio. Plantas, caminos de piedra, canteros, cada tanto la visita de un gato. Alguien de su edad, imaginaba, podía llegar a divertirse siempre y cuando las expulsiones no fueran muy prolongadas.

Ese día de fines de enero no sólo hacía mucho calor, también había un viento fuerte y seco como del desierto, unas tremendas ráfagas abrasadoras. Además del temita del tobillo, una fractura mal soldada por la que en unas semanas me iban a operar, me atormentaba ver que los días pasaban, en cualquier momento el año ya iba a estar en marcha, y yo seguía todo tal cual el anterior. Me dolía hasta cuando caminaba despacio; entonces me movía lo indispensable, y eso a su vez me ponía de un humor de perros, cruzado mal. Aunque si todos fuéramos por ahí llorando nuestros males como niños, sería ensordecedor andar por la ciudad, incluso semivacía como está en verano.

Debían ser las dos cuando volví. El chico seguía sentado en el palier, cabizbajo contra la puerta de su departamento. Mientras esperaba el ascensor noté que algo raro pasaba. Por lo que pude ver en su expresión la furia había transmutado en angustia. Pero lejos de mostrarse suplicante en busca de ayuda, se lo veía empacado. Pregunté si estaba todo bien. Dijo que sí, orgulloso y porfiado. Me compadecí de la madre, tener que bancarse a un pibe como éste, día tras día, te la regalo. Pregunté si no lo dejaban entrar. Está abierto, dijo, y se puso de pie y empezó a agitar desesperado el picaporte. Tenía la cara y los ojos claros enrojecidos por el llanto. La puerta estaba, sin duda, cerrada. Lo que él quería decir era sin llave. Y que del otro lado no había madre, nadie. Eso cambiaba todo. Debía estar solo y haber cometido la imprudencia de salir al pasillo, de repente una corriente de aire y pum, portazo y pánico. Estaba furioso con la puerta, que le había jugado una mala pasada, y consigo mismo. Puede que llevara más de una hora en el palier, escabulléndose cada vez que escuchaba venir a algún vecino para no llamar la atención. O por ahí justo en ese rato nadie había entrado ni salido. Era lo más probable, con el calor que hacía, quien no se había ido de vacaciones afuera de la ciudad permanecía bajo el amparo del aire acondicionado.

Aunque sabía que iba a ser inútil, yo también agarré el picaporte y traté de abrir. Un par de veces me había pasado de salir y dejarme las llaves adentro y había recurrido al cerrajero de la vuelta, quien mandó al hijo o aprendiz, tan simple era en el gremio la operación. Las dos veces habían abierto la puerta en menos de un minuto con una radiografía curtidísima por el uso. Llamar a un cerrajero para abrir una casa ajena me parecía un atrevimiento, casi tanto como llevarme al chico unas horas hasta que la madre regresara. Radiografías, claro. Pedí que me esperara un segundo. Subí a casa, dejé las compras en la mesa de la cocina y agarré uno de los tantos retratos de rayos equis del tobillo derecho que me habían hecho en el último tiempo. El chico me esperaba expectante. Plegué la radiografía hasta que se amoldó a la forma del marco, la metí por la rendija y empecé a darle fuerte para arriba y para abajo con las dos manos tratando en algún momento de doblegar el pestillo. Si no lograba abrirlo, al menos me habría involucrado lo suficiente, habría hecho méritos como para quedar a cargo del chico. Le dejaría una nota a la madre y lo llevaría al cine o a tomar un helado y después a la sombra de la plaza. En contra de lo que hubiera pensado, la idea me entusiasmó. Tal vez me alegrara la tarde. Entonces, tac, abrió. La cara se le iluminó, empezó a reírse y a hablar y a darme las gracias atropelladamente. Le dije de nada, amigo, y subí por el ascensor. La próxima que me lo cruce voy a preguntarle el nombre, pensé con la mirada perdida en los rayones violentos que surcaban los huesos de mi pie derecho.

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