Las frutas del cercado ajeno

El Nobel colombiano confiesa personajes e historias que "tomó prestados" en sus libros
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30 de octubre de 2000  

Desde que empecé a leer sus libros como tarea en el colegio me sorprendió encontrar varias veces al duque de Marlborough, que no tiene nada que ver con Colombia. Ahora, leyendo "El amor en los tiempos del cólera" (conmucho retraso, perdón) encuentro ya casi al final que el novelista francés (sic) Joseph Conrad vino a Santa Marta a venderle armas al gobierno para una guerra civil. ¿ Todo esto es verdad o es "realismo mágico"?

Atentamente,

María del Carmen Miranda Cuello

Barranquilla

Tal vez la primera canción que aprendí de memoria en la escuela montesoriana de Aracataca, a los cuatro años, fue la que todo el mundo conoce: Mambrú se fue a la guerra qué dolor qué dolor qué pena . Le pregunté a mi abuela materna Tranquilina Iguarán quién era ese Mambrú tan cantado, y me sacó de la cocina con una verónica de gran estilo: -Era un militar muy valiente que estuvo con tu abuelo en la guerra de Uribe Uribe.

Es decir: en la Guerra de los Mil Días. Más tarde, durante el bachillerato, aprendí que Mambrú era el apodo de John Churchill, un general inglés del siglo XVIII, duque de Marlborough y descendiente directo de Winston Churchill, que fue el invicto comandante en jefe de las tropas británicas y generalísimo de los ejércitos aliados de Europa durante la Guerra de Sucesión de España. Sin embargo, lo que lo implantó en la historia no fueron sus memorables hazañas de guerra sino la canción de burla de su derrota final, compuesta por los franceses -tal vez soldados rasos-, que niños y adultos del mundo siguen repitiendo en diversos idiomas.

Crecí con esa idea, y en algún momento que ahora no logro precisar resolví dar por buena la versión de mi abuela, y me apropié para mis libros del personaje de Mambrú con su título grande. Desde mi primera novela -"La Hojarasca"-, cuando un oficial del coronel Aureliano Buendía lo reconoció a la luz de una antorcha de campaña, entre pesadilla y realidad, y exclamó asustado: "¡Mierda. Es el duque de Marlborough!" En "Cien años de soledad", doce años después, el propio coronel Aureliano Buendía lo sentaba a su diestra en las grandes ocasiones de sus tiempos de gloria. Siempre con una chaqueta de piel de tigre, y las botas y el sombrero adornados con las uñas y los dientes. Hoy, mirando hacia atrás, no me explico cómo se me ocurrió semejante esperpento.

Bien distinto es el paso del escritor inglés Joseph Conrad por el capítulo final de "El amor en los tiempos del cólera", porque el episodio es verídico y con respaldo documental. El hecho -como se cuenta en la novela- es que un tal Joseph K. Korzeniowski, polaco de origen, estuvo demorado varios meses en el puerto de Santa Marta, Colombia, por 1875, a bordo del mercante francés Saint Antoine. Su propósito era venderle un cargamento de armas al gobierno liberal de don Aquileo Parra, en guerra con los conservadores sublevados. Pues bien: el nombre polaco era el verdadero del escritor inglés Joseph Conrad -uno de los más grandes novelistas de aquel siglo y de otros-, que ya era conocido como contrabandista de armas en el Mediterráneo. Así que no era sorprendente que hubiera traficado también en Colombia, para una guerra que bien podría interesarle tanto por motivos comerciales como políticos.

Antes de saber nada de esto había leído la novela "Nostromo", la obra maestra que Conrad escribió unos veinticinco años después de su visita a Colombia, y me sorprendió que su descripción del puerto caribe de Zulaco, donde transcurre la acción, tenía un parecido casi fotográfico con la ciudad colombiana de Santa Marta. Sobre todo por la bahía abrigada y mansa frente a la montaña de nieves perpetuas en el trópico puro. No hacía falta ser un novelista delirante para sacar en conclusión que Conrad, el inmenso, había entrado en la historia de Colombia por la puerta prohibida de un cargamento de armas.

Estos juegos de mano no son extraños en los escritores, aunque no siempre son descifrables. Cuando leía "La muerte de Artemio Cruz", de Carlos Fuentes, me sorprendió que su personaje del coronel Lorenzo Gavilán, un revolucionario mexicano que había entrado en el libro con una fuerza irresistible, desapareció sin explicación y para siempre jamás, a la salida de un burdel de México. Lo conversé varias veces con Carlos Fuentes, y a ratos nos divertíamos buscando soluciones truculentas para el personaje extraviado.

Tiempo después, cuando escribía "Cien años de soledad", me sentí empantanado con un personaje al que no le encontraba un desenlace digno, y se me ocurrió que aquél podía ser el hombre que se fugó de la novela de Carlos Fuentes. Me pareció verosímil que hubiera escapado a la zona bananera de Santa Marta cuando se le acabó el horizonte de la revolución mexicana, y que reapareciera con su propio nombre en la protesta social que culminó con la matanza en la estación de Macondo. Lo último que se vio de él fue el cadáver estibado de mala manera como el banano de rechazo entre los miles de acribillados por el ejército que llevaban en un tren de carga para botarlos en el mar.

Hay más: entre las tantas citas, plagios, consultas y simples asaltos a mano desarmada con que me he aprovechado de los libros de Alvaro Mutis, el que más agradezco por su oportunidad y su belleza es el que transcribí sin crédito pero con permiso en "El general en su laberinto", cuando me hizo falta que un militar europeo de alto rango le hiciera una visita a Simón Bolívar en su estancia crepuscular de Cartagena. Alvaro había renunciado a seguir escribiendo un libro sobre el Libertador para que yo escribiera el mío sin remordimientos, y un personaje suyo de "El último rostro" me parecía perfecto para lo que me hacía falta. Por temor de equivocarme le pedí por teléfono que me escribiera los datos a máquina y no con su intrincada letra de vampiro que un maestro de Neiva solía usar para asustar a los niños. El se puso digno, y en la misma llamada me dictó el párrafo palabra por palabra sin ninguna consulta previa. Tal como se publicó en mi libro sin cambiar ni una coma.

Por último, cuando terminé de leer "Rayuela", de Julio Cortázar, me llamó la atención que describía con detalles el hotel de París donde murió el niño Rocamadour, un extraño personaje suyo, pero no daba la dirección. Yo conocía el hotel por ser el mismo de la calle Dauphine donde vivió por años el escritor colombiano Arturo Laguado, y no resistí la tentación de incluir en "Cien años de soledad" una frase nostálgica sobre la habitación del niño: "El cuarto oloroso a coliflores hervidos donde había de morir Rocamadour".

En otro de mis libros -no recuerdo cuál- se ve pasar por el Caribe el buque fantasma de Víctor Hugues, protagonista magistral de "El siglo de las luces", de Alejo Carpentier. En cambio, me quedé con el deseo de dejar también el recuerdo de mi muy admirado y querido Juan Rulfo, porque en las varias ocasiones en que le consulté las posibilidades me respondió con su manera encantadora de dejarlo a uno en el aire. Sin embargo, ya en vísperas de su muerte, hablando de otras cosas, me soltó de medio lado una frase casual que entendí como la respuesta que nunca me dio: "No hay un lugar más peligroso para seguir viviendo que las páginas de un libro ajeno".

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