Las industrias culturales
En algunos países desarrollados, como los Estados Unidos, la producción cultural constituye una de las fuentes de ingresos más importantes. Pero los productos culturales no son una mercancía más: tienen un valor simbólico vinculado con la idea misma de nación y requieren una política compleja y cierto proteccionismo económico. La cultura puede generar grandes ganancias, pero exige inversión estatal y sus réditos no son inmediatos, sobre todo desde el punto de vista electoral. En esta edición, distintas voces analizan un hecho fundamental para la identidad y el futuro de la Argentina
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A comienzos de este año, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires decidió subsidiar a la Fundación El Libro para que los visitantes pudieran entrar sin cargo (de lunes a viernes) al mayor evento cultural de la Argentina en cuanto a número de asistentes y visibilidad mediática: la Feria del Libro. A través de esta medida, confirmaban los voceros de la Secretaría de Cultura porteña, se daría impulso a un sector de las industrias culturales más bien alicaído: el libro (que -mirado desde el punto de vista de una "industria nacional"- está más bien fenecido).
Más allá de su corte innegablemente populista, la medida pretendía dos objetivos incuestionables: promover la venta de libros y facilitar el acceso del público a los eventos que generosamente brinda la Feria año tras año. Sin embargo, si se tiene en cuenta que más del 85 por ciento de la producción y distribución editorial de nuestro país está en manos de unos pocos grandes grupos de capital extranjero, la industria que indirectamente se subsidió fue, de hecho, aquella que ya ocupa el mercado.
Bajo una nomenclatura de moda, "el fomento a las industrias culturales", se disfrazaba, otra vez, una intención política de muy corto plazo que, a falta de ideas propias, terminó por sumarse a esa consuetudinaria fiesta popular (privada) que en el extranjero se viene observando con estupor y curiosidad crecientes: la Feria del Libro más importante de América latina en un país que regaló su otrora floreciente industria editorial -así como regaló su aerolínea de bandera. Triste paradoja. Aún más triste si se considera que el dictamen proviene de un área cuya creación se anunció con eufórica pompa: como si el mero hecho de crear una Subsecretaría de Industrias Culturales significara, en sí mismo, la garantía de cambios futuros. Desde el llano, quienes esperaban un plan de acción concreto, al cabo de diez meses de gestión sólo vieron abultarse la enumeración de eventos masivos que, por muchos, son cada vez menos visibles. Nada se le puede reprochar a esta infinita aglomeración de eventos infinitos, sólo que su relación con lo que hace años se viene llamando el "valor económico de la cultura" es decididamente nula. Es cierto que el tema de las industrias culturales es relativamente nuevo, no sólo en nuestro país. Resulta comprensible entonces que, llegado el momento de aplicar medidas concretas, muy pocos funcionarios sepan a ciencia cierta de qué se trata.
¿Qué son las industrias culturales? Una rápida mirada sobre experiencias específicas en países menos retóricos que el nuestro arrojaría la siguiente definición: se trata de aquellos sectores que conjugan la creación artística, la producción y la comercialización de bienes y servicios cuya particularidad reside en la intangibilidad de sus contenidos y valores. Aquí se engloban: la industria editorial, el cine, la radio, la televisión, la producción de música, el teatro, el espectáculo en general, la artesanía y el diseño. En algunos casos, también el turismo, el deporte y la arquitectura.
Cuando se observa la especificidad de estos rubros, un denominador común salta a la vista: son portadores de contenidos, es decir, conllevan determinados valores que influyen y modifican la conducta, los hábitos y la manera de ver el mundo de un conjunto social. Como cualquier otro sector de la industria, también el de la cultura está sometido, aunque sólo en parte, a la dialéctica estado-mercado.
Desde hace más de veinte años, el tema se viene instalando en forma creciente en la opinión pública; no es una moda sino una necesidad. Su lanzamiento global, por llamarlo de alguna manera, puede retrotraerse a una fecha precisa: septiembre de 1993, Bruselas, Ronda Uruguay del GATT. En aras del libre mercado y la libre comercialización de los productos, los Estados Unidos exigen que la Unión Europea no subsidie ni al cine ni a la televisión. Estos subsidios, esgrimen, son una competencia desleal para la entrada de sus productos en el mercado europeo. Era esperable que Europa -sobre todo Francia- se opusiera a esta exigencia que ponía en jaque a toda su industria cinematográfica y al conjunto de sus respetables televisoras públicas, financiadas en su totalidad por el estado.
Desde ese entonces, los Estados Unidos no han cesado de ejercer presión para eliminar toda barrera que ponga límites a la ya ilimitada penetración de esa maquinaria de ensueños llamada Hollywood. El tema reaparece con sajona pertinacia en todas aquellas sesiones donde se discute multi o bilateralmente el comercio, llámense GATT, Organización Mundial de Comercio, ALCA, Acuerdo Multilateral de Inversiones. Es lógico: la industria del entretenimiento constituye, luego de la entrada de divisas que genera su industria aeroespacial, la segunda fuente de ingresos de los Estados Unidos.
Es así que en muchos países desarrollados la protección de sus industrias culturales locales se ha convertido en una razón de estado. A su modo y dentro de su peculiar contexto, toda legislación puede aspirar a proteger un rubro clave para la formación del acervo cultural de una nación. Algunos ejemplos de la industria del libro: en todo el planeta se fusionan grupos editoriales que provienen de distintos países. Tratándose de un capital transnacional, el objetivo de lucro -que a todas luces no es ilícito cuando de industrias se trata- deja de atender las necesidades culturales del medio e intenta incrementar el consumo de la mercancía. Una edición que no se agota en seis meses se devuelve al autor o se tira a la basura. De este modo dejan de existir aquellas editoriales que se caracterizan por el prestigio o la calidad de los autores que editan: escritor que no vende, escritor que deja de existir. ¿Dónde, cómo comprar hoy un libro de Mallea o de Martínez Estrada cuando ya no pertenecen al catálogo de ninguna editorial? ¿Qué pasará con los libros de Borges cuando sus ediciones dejen de ser rentables? Preguntas abiertas que hoy nadie puede contestar a ciencia cierta.
Situaciones similares condujeron a que en otras partes del planeta se tomaran medidas "proteccionistas", término usual en el Norte, ultrajado aquí -en igual medida- tanto por los popes de la economía ortodoxa como por los funcionarios que se consideran progresistasÉ y terminan bailando al ritmo de Chicago. Alemania, por ejemplo, establece un precio mínimo de venta al público. Esta iniciativa, que pretende evitar el dumping por parte de los grandes grupos, protege la subsistencia de editoriales independientes, evita el monopolio, garantiza la diversidad de la edición y, de paso, impide la venta de libros en los supermercados. En su momento, Jacques Lang propició una ley que gravaba impositivamente la venta de libros fuera de los comercios específicos; quería garantizar la subsistencia de las librerías de los barrios de las ciudades de Francia. España destina el 4,8 por ciento de su presupuesto de cultura al estímulo de su industria editorial. Dentro de ese presupuesto está, por ejemplo, la financiación de los fletes en materia de exportación del rubro, además de otras ventajas que sería ocioso enumerar aquí.
Para una parte de los países desarrollados, los años 90 significaron un verdadero boom de las industrias culturales. En menos de una década el crecimiento en materia de generación de empleos y de contribución al PBI creció en forma exponencial. Cuando se observan estadísticas del período 1980-1998, se advierte que el comercio internacional de bienes culturales se incrementó cuatro veces. Durante ese lapso el intercambio comercial de libros, revistas, música, juegos electrónicos, cine y televisión aumentó, sólo en los EE.UU., de 95 mil millones a 390 mil millones de dólares.
Sin embargo, la mayoría de este intercambio se efectuó en beneficio de un muy reducido número de naciones, entre ellas, los EE.UU., Gran Bretaña, Japón, Francia y Alemania, que concentran un 60 por ciento del intercambio mundial de bienes culturales. Como en casi todas las áreas de la industria, la globalización (entendida aquí como la apertura indiscriminada de los mercados) terminó por enriquecer a los más ricos generando -a nivel mundial- un verdadero cambio de paradigmas en materia de consumo cultural, gastronómico y hábitos de vida. Un dato es importante: el éxito de este comercio no fue generado sólo por el mercado. Detrás de ese incremento hubo, por cierto, voluntades políticas que fomentaron esas industrias porque constituyen un factor importantísimo en la vitalidad de la economía. El resultado está a ojos vista: el cine norteamericano ocupa el 95 por ciento de las pantallas comerciales del planeta; no porque sea mejor que otro, sino porque la generación de bocas de expendio es, para los EE.UU., una razón de Estado. El "otro" cine, hoy llamado "de autor", se conoce gracias a los festivales internacionales. Algo similar ocurre con la televisión: casi el 75 por ciento de las cajas bobas del mundo se han homogeneizado.
Si no se confunden con el mero show-business , las industrias culturales difieren esencialmente del resto. No es lo mismo para una nación dejar de producir textiles que dejar de producir libros, cine, poesía o música. En este sentido, las industrias culturales son ambiguas. Para traer un ejemplo reciente: son equiparables a tener una aerolínea de bandera, sólo que no transportan gente, sino valores intangibles. Esos productos suelen tener un valor de mercancía, pero también un valor agregado que está más allá de la lógica de la ganancia y genera un capital simbólico. Las industrias culturales configuran un espejo artístico del país del que provienen; revelan un valor de pertenencia, un espacio de identificación compartida, tan necesario como la educación pública, un buen sistema de salud o el aire que se respira.
Es cierto que de la globalización no se vuelve; sin embargo, mucho puede hacerse si se la toma como un desafío. La Unesco, que ha transformado a las industrias culturales en un tema prioritario de su agenda, recomienda "que los Estados tomen medidas concretas para proteger su patrimonio intangible", lo que nada tiene que ver con estados benefactores de países ricos o estados totalitarios de países pobres. Es una condición sine qua non de cualquier nación que pretenda considerarse moderna.
A la luz de lo antedicho, cabe mirar el panorama poco alentador de las industrias culturales en nuestro país. La industria editorial de capital nacional prácticamente no existe. En este contexto hay un dato alarmante del cual nadie parece hacerse cargo y menos aún esa obsoleta, antediluviana y hace años caduca ley del libro que acaba de aprobarse, convertida hoy en un sacrosanto fetiche que, en la confusión reinante, hasta impulsa a bienintencionados artistas e intelectuales a la calle: más del 90 por ciento de los libros de texto que educan a nuestros hijos son producto de industrias editoriales extranjeras.
El panorama de los medios es similar. La telenovela, el vilipendiado culebrón de latinoamericana especificidad, ha sido sustituido por la maquinaria del tedio globalizado llamada reality show . Con excepción de pocos, apenas dos canales, el 90 por ciento de lo que emite nuestra televisión es exponente de lo que afuera se llama trash TV ; no es que el homogeneizado desperdicio sea privativo de nuestra idiosincrasia, sólo que, en otras partes donde se respetan severas cuotas de pantalla, convive pacíficamente con la producción nacional de calidad. Si se llegara a imponer el IVA generalizado, el cine argentino no podría mantener lo mejor que tiene: sus producciones de bajo costo, que, conjuntamente con el teatro joven y el tango, son los únicos estamentos visibles por los que los argentinos cosechamos algún prestigio en el exterior.
A la hora de los reclamos sectoriales, la política pone prioridades y la cultura nunca está entre ellas. ¿Qué hacer cuando una industria debe producir para un lapso más largo que una vida humana? ¿Cómo hablar del largo plazo en una realidad cuya única noción de permanencia es el conteo electoral? La cultura, las industrias culturales y todos aquellos factores que hacen a su círculo virtuoso (artistas, público, intelectuales, técnicos, artesanos, productores, distribuidores) necesitan de un tiempo que hoy no existe: el de la planificación, tiempo mayor, diferente, antagónico -no por totalitario- a la cronología del voto.
No todo está perdido. En comparación con otros países de América latina, la Argentina y sus conglomerados urbanos tienen una enorme ventaja comparativa, un lábil "valor agregado". A pesar de todo, todavía existe esa clase media que lee a sus escritores, celebra a sus actores, venera a sus músicos, le es fiel a sus cómicos y asiste conscientemente a sus teatros. Si la cultura se transforma sólo en factor de lucro o factor político, esa delicada relación entre el artista local y su público desaparecerá en poco tiempo. Podremos tener artistas, pero no tendrán público. Podremos tener libros pero no tendrán lectores. Proteger a las industrias culturales locales es una forma de resguardar ese conjunto de valores indefinibles que articulan -todavía- nuestra identidad como país.



