
Las misioneras que mitigan el dolor ajeno
La obra de la Madre Teresa tiene siete sedes en la Argentina
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"Dios y yo hicimos un trato", solía explicar Agnes Gonxha Bojaxhiu, que pasó a la historia como la Madre Teresa de Calcuta. "Por cada foto que me toman él libera un alma del purgatorio. A este ritmo, el purgatorio va a quedar vacío", sentenciaba esa mujer de corazón inconmensurable, ciudadana de la India por adopción, aunque nació en Skopje, actual Macedonia.
Quizá sea ésta la única acción, el único pacto, que las Misioneras de la Caridad en la Argentina no hayan querido emular de Madre, así de despojada la referencia, sin artículos o nombres propios que designen a la religiosa que mañana el Papa proclamará beata.
Ellas se escudan en el anonimato invocando el nombre de Dios como el real hacedor de todas su acciones. Rechazan tanto las fotos como ser citadas por un diario para que cuenten cómo el dolor ajeno se transforma en el propio, cómo acariciar allí donde más duele. Ante la insistencia de LA NACION, hicieron una excepción y accedieron a que una cronista y un fotógrafo visitaran la sede de su congregación en Beccar, a pocas cuadras de la villa La Cava.
Allí, la abnegación, el despojo, la sencillez, la caricia perpetua para asir el sufrimiento del otro, no tienen límites: conviven con 22 mujeres discapacitadas mentales, a quienes asisten con la misma devoción con la que una madre besa a su hijo. Y dan de comer diariamente a 70 familias que hacen cola a la espera de que alguien les vuelque en las ollas el alimento del día.
Una tanda sucesiva alimenta sólo a los hombres marginados y sin techo. Son alrededor de 70, que colman el gran comedor durante 50 minutos y luego se pierden por la villa, hasta el mediodía siguiente.
El ejemplo y el legado de la Madre Teresa en la Argentina -como en los otros 129 países donde están presentes las más de 4000 Misioneras de la Caridad- tienen la fuerza de la acción, el eco de una entrega permanente, de un amor silencioso y alegre. Uno de los requisitos para ser misionera de la caridad es "tener una disposición alegre", pero también "sentido común".
Asistencia y sensibilidad
En nuestro país, las primeras religiosas se instalaron en Zárate en 1978; fundaron luego hogares en Beccar, Benavídez, Mar del Plata, Malargüe (Mendoza), Frontera (Santa Fe) y Villa del Rosario (Córdoba).
En Zárate albergan a 130 abuelos y abuelas huérfanos de todo, porque la congregación sólo atiende a "los más pobres entre los pobres". Los cuidados para enfermos terminales de HIV se derivan a los centros de Benavídez y Mar del Plata; el resto auxilia a prostitutas y adictos, educa a niños y adolescentes y ampara a los ancianos abandonados.
"Madre tenía esa sensibilidad para entrar en una habitación llena de gente, identificar al más carenciado y saber exactamente qué era lo que necesitaba", cuenta en una extensa charla la hermana Sinaí.
Son en total 35 las religiosas de distintas nacionalidades destinadas a atender los siete hogares dispersos por el país. En San Isidro, además de Sinaí, una nicaragüense de 34 años y gesto cálido, están Gilbert, la madre superiora, y Avila, ambas de India, y las hermanas Jose, de Italia, y Camila, de Chile.
Son las diez de la mañana y hace seis horas que las religiosas están de pie. Gilbert se fue al encuentro de un juez de menores, quien finalmente les cedió la custodia legal de Frida, una niña de siete años que se salvó de un destino de abandono. La madre, fuera de sí por su adicción a las drogas, y la tía, en cuyo cuerpo el HIV está haciendo estragos, les confiaron a las religiosas la educación de Frida, que mañana cumplirá ocho años.
"Yo sé lo que pasa el domingo y estoy contenta", dice Frida, mientras se le cuelga del cuello a la madre superiora Gilbert. "Nos hacen beata (sic) en el día de mi cumpleaños."
Las hermanas, que eligen vivir en el despojo más absoluto, cuentan que es posible que mañana se sienten frente a algún televisor de los numerosos voluntarios que cooperan con ellas (hay desde dentistas hasta gente que hace la limpieza) y sigan la celebración eucarística en la Plaza San Pedro, que se transmitirá por Canal 7 a las 8.30.
El obispo de San Isidro, monseñor Jorge Casaretto, oficiará mañana, a las 11, una misa especial en la Catedral de la diócesis, a la que asistirán las religiosas junto con voluntarios y gente de La Cava, a quienes visitan regularmente en sus hogares. Una comida especial, "más rica", servirán en el comedor y habrá también una torta para Frida.
Las hermanas mantienen su organización gracias a la providencia divina. No aceptan la ayuda regular de gobiernos ni de instituciones civiles. Confían en que la necesidad atrae la generosidad de la gente y que Dios siempre provee.
El sufrimiento no es en vano, dicen. Es un tesoro que contribuye a descubrir a Jesús y a colaborar en la salvación del mundo.




