Lenguaje y drama social
PAIS QUE FUE SERA Por Juan Gelman-(Seix Barral)-96 páginas-($17)
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Bajo un título inquietante como es País que fue será, el nuevo libro de Juan Gelman aclara ya en la portada no sólo el lugar (México) sino el tiempo de su escritura (2001-2002). Para un poeta que partió al exilio y perdió a su hijo y su nuera embarazada durante la última dictadura militar, anotar fechas y determinar territorios implica al menos una doble significación. Si, por un lado, registra un trayecto lírico ineludible, por el otro, apela a una concreta inscripción en la dimensión de la Historia. Así, este libro habla de Argentina, de México, de Iraq; reflexiona sobre la guerra, sobre el hambre, sobre el horror; no acalla bajo ningún concepto tales catástrofes contemporáneas; vuelve a confrontar las posibilidades del verso con el drama social, esta vez, con la estadística de mortalidad infantil en Argentina. La poética de Gelman vuelve a rehuir la idea de que la poesía pueda estetizar el horror. Por eso, el lugar y la fecha aparecen como un recordatorio sensible a acontecimientos que afectan por igual a la obra como al escritor. Si admitimos que el "país que fue será" no es otro que la Argentina, el estar fuera de este territorio -concretamente en México- adquiere un sentido relevante.
Y relevante no solamente por habitar un espacio fuera del lugar de pertenencia, es decir, fuera del país, sino también porque la poesía ahora, en este tramo del trayecto, quiere dar cuenta de esta tensión entre un adentro y un afuera. La distancia extendida entre México y Argentina no sólo se reproduce, en el plano de la lengua del poema, mediante el arco que va de palabras náhuatl como "chipotle" y el "chile" a palabras casi gauchescas como "mesmo", sino que también se cifra en la paradójica contigüidad entre el pasado y el futuro, entre el "fue" y el "será" sin solución de continuidad tal como lo pone de manifiesto el título de la obra. Que falte un coordinante, un signo de puntuación entre ambos verbos demuestra que el presente no es más que una fuga, aunque deja huellas contundentes en la poesía. El presente es, entonces, la escena del habla y el lugar de disolución, el sitio donde queda trunca la continuidad del ser. Lo roto, lo quebrado, la ruina no tienen más lugar que en el presente del habla. No hay más evidencia acerca de esto que la imposibilidad de unir el dolor y el lenguaje. Lo que hay entonces -dice este libro- es discontinuidad, desencuentro, como si un tajo o una barra los mantuviera si no unidos al menos adheridos a una rara vecindad: ¿cómo leer entonces el título del libro? ¿Se trata de "país que fue, será"? ¿de un "país que fueserá"? o ¿se trata de "país , que fue, (que) será"? Más que título, este enunciado parece condensar las posibles claves para una experiencia de dolor que no es captable en las rejillas del lenguaje o, como lo dice un poema, "en los vacíos de la lengua".
En el libro anterior, Valer la pena, Gelman apelaba a la figura del testigo sobreviviente para situar la experiencia del dolor en la barbarie de la historia y cuestionar así la subjetividad, cuyo carácter humano se define en los límites de lo no-humano. Al mismo tiempo, en ese libro también se volvía a leer el modo como Gelman aniñaba su lenguaje para volverse hijo o infante que conjuga incorrectamente la gramática, que interrumpe frases, que usa diminutivos; en una palabra: en los poemas surge una voz que se empequeñece para remedar un habla infantil. Esta travesura gramatical es un ejercicio de la puerilidad que crea una lengua por dentro del idioma. Similar procedimiento continúa en este último libro y aparece bajo las frases de una "media lengua" que atenta contra las normas. Incluso vuelve a definirse a sí mismo como un niño: "siempre seré lo que seré,/ centro de un niño/ en un cuarto sin luz". La diferencia que introduce País que fue será es una mirada atenta al tiempo, en la medida en que hace del transcurrir su punto de atención. La espacialidad se vuelve también una metáfora de la temporalidad. Por eso el epígrafe de Guillaume de Poitiers ("El Paraíso Perdido nunca estuvo atrás. Quedó adelante") y el último poema del libro, llamado "El menos pensado", abren y cierran con una mirada utópica que es, al mismo tiempo, una crítica del presente, tal como aparece en un poeta como César Vallejo, cuando espera un mañana en que todos los hombres, al despertarse, puedan encontrarse "desayunados todos". El mañana de Gelman espera un nuevo alfabeto donde la palabra pueda reencontrarse a sí misma. Bien vale transcribirlo entero: "El día que el corazón aprenda a leer y a escribir/ se verán cosas grandes:/ a Dios barriendo la vereda,/ lágrimas arrojadas al espacio/ que nunca volverán,/ los que sufren pasarán sonriendo y/ las intenciones de la atención/ harán que florezcan jazmines y otras/ ilusiones de la naturaleza./ Será un gran día, encontrarán/ la palabra que se perdió/ hace millones de dolores./ Véase lo que pasa:/ el día que vino y se fue/ será un gran día". Tal vez esa lengua aniñada, diminuta, traviesa en su inocencia, sea un ensayo por adelantado de esa palabra perdida que es necesario recuperar.




