
Lo sagrado y lo profano
Por Silvina Quintans
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A Santiago, compañero de todos los caminos.
La cola de un mono sobre las paredes de un templo, el balanceo de las mujeres envueltas en gasas decolores, la mirada absorta de una vaca en medio del tránsito, el olor del chapati, los bultos nocturnos acurrucados en las veredas.
Retazos de historias que empiezan y terminan al Norte de la India, donde los edificios majestuosos se levantan sobre calles polvorientas, los escalones conducen a las aguas de un río y los autos se abren paso a bocinazos entre multitudes, vacas y bicicletas. La India es el lugar donde lo sagrado es, al mismo tiempo, profano.
Las oscuras calles de Delhi
Llegamos al hotel muy tarde. La noche en Nueva Delhi duerme bajo un enjambre de luces mortecinas. De todos modos, decidimos salir a conocer la ciudad. La primera impresión de la India será la de aquella noche: cientos de bultos acurrucados sobre las veredas. Al principio cuesta comprender de qué se trata, pero las imágenes de hombres, mujeres y chicos envueltos en frazadas sobre el suelo comienzan a delinearse en la oscuridad mientras uno trata de evadirlas con la mirada.
Por la mañana, todo lucirá diferente. En la Nueva Delhi, los edificios neoclásicos diseñados por los ingleses se abren paso con sus columnas, galerías y recovas entre amplias avenidas y pretenciosas diagonales. Con los años, sin embargo, aquellos edificios pensados en blanco han acusado el impacto de la tierra: sus calles y construcciones están teñidas de rojo, y un sinnúmero de monos cruza de vereda a vereda sin preocuparse por el tránsito.
La Vieja Delhi es diferente. Las calles rechazan la perspectiva y se niegan a convertirse en parodia de geografías lejanas. La gente se amontona como si aún estuviera huyendo de los ingleses. Hombres, carros, vacas, más hombres, alguna mujer, bicicletas y un auto que intenta avanzar a los bocinazos, van construyendo un paisaje desordenado y azaroso El mundo se ha dado cita en la Vieja Delhi. Un hombre con una enorme plancha prepara chapati con finas masas de harina. Una mujer arrastra susari hacia el interior de un templo del que cuelga un mono. Otro hombre intenta avanzar entre la multitud con un carrito de madera lleno de zapatos gastados. Dar unos pasos se convierte en una empresa tan complicada, que uno termina dejándose llevar hacia donde disponga la marea humana.
Entramos involuntariamente a un templo, una mezquita, y varios comercios escondidos al costado de las veredas. Los pequeños negocios están clasificados por rubros hasta la obsesión, como si trataran de conjurar el caos. O, mejor dicho, como si el caos fuera sólo la fachada de una sociedad que asigna un lugar fijo para cada uno.
Regresamos al hotel al anochecer. En las calles, casi como la noche anterior, cientos de personas se acurrucan en sus frazadas, sobre viejas veredas diseñadas por algún ingeniero inglés.
El mausoleo más blanco del mundo
Atardece en Agra. Una mujer india vestida con sari de colores parece flotar sobre las fuentes del Taj Mahal. Quedan pocos viajeros a esta hora en la que el mausoleo se entibia con reflejos rosados. Su imagen diluida entre sombras es un reflejo del blanco enceguecedor de hace apenas unas horas. Ahora, al atardecer, el Taj destila melancolía, silencio, una suavidad casi intangible.
El mausoleo parece inmune a la crueldad, a sus propias leyendas, a las caras de hambre de los chiquitos que venden souvenirs en la entrada. Ni el tiempo, que en la India transcurre más rápido y más lento que en ninguna otra parte, parece afectarlo.
El Taj Mahal es una gigantesca escenografía montada sobre un paisaje caótico y terroso. Su figura aparece de a poco, como los velos que descubren el rostro de una mujer musulmana. Para llegar a él hay que franquear un enorme portal con forma de fortaleza, y luego enfrentarse con la larga perspectiva de jardines y fuentes que lo multiplican.
Caminamos hacia el edificio más blanco del mundo, que a esta hora se va tiñendo según los caprichos de la luz: rosado, violáceo, plata. Con su voluptuosa cúpula y sus paredes de mármol incrustadas de filigranas y piedras preciosas, parece el cuerpo de una mujer cubierto de joyas.
"Lo construyó en honor a su esposa, y todas las noches lo contemplaba desde la prisión", dice emocionada la mujer del sari de colores. La mujer, descendiente de indios que debieron emigrar a Sudáfrica y luego a Londres, es la primera en varias generaciones que se reencuentra con la India.
Las antiguas rivalidades parecen no importarle: el Taj Mahal fue construido por un emperador musulmán, pueblo que desde hace siglos está enfrentado con los hinduistas como ella. Sin embargo, ella lo considera un símbolo de su país, y no duda en calificarlo de "Monumento al amor".
Conoce bien la historia del emperador Shah Jahan, que construyó el Taj Mahal en honor a su esposa muerta después de dieciocho años de matrimonio, y que murió encarcelado por su propio hijo en el Fuerte Rojo, al otro lado del río Yamuna, desde donde miraba todos los días el monumento a través de un espejito.
La tarde avanza y desdibuja la figura del Taj Mahal. Nos sentamos con la mujer de sari y una pareja de recién casados a esperar el momento en que aquel fantasma blanco se diluya entre las sombras. Permanecemos allí, en silencio, hasta que la noche termina de devorarlo.
La ciudad del amanecer
En Benarés amanece muy temprano, o tal vez jamás termine de anochecer. A las cinco de la mañana, los peregrinos –que en la mayoría de los casos no han abandonado las calles– se desperezan entre la bruma que levanta el Ganges.
Descendemos por los ghats o escalinatas que conducen al río, entre mendigos y ancianos que vienen a morir a la ciudad sagrada. El paisaje neblinoso borronea las caras carcomidas por enfermedades indecibles. El descenso parece un viaje a los infiernos.
Ya en la orilla, nos rescata un bote, mientras el sol se levanta al otro lado del río como una bola de fuego. La niebla comienza a despejarse y todo se tiñe de anaranjado. El ritmo hipnótico de unos músicos que tocan sobre otro barco tapa el golpeteo de los remos contra el agua. El bote avanza, y las imágenes de los fieles empiezan a recortarse en los ghats. Un grupo de mujeres se sumerge en el río con sus saris de colores, un hombre se lava afanosamente los dientes, un sadhu de trenzas interminables se contorsiona como un reptil, los parias escurren y lavan la ropa a golpes, un brahmán medita bajo una sombrilla grisácea y raída.
El bote continúa su viaje entre fieles que practican sus abluciones en el río sagrado, con el fondo de antiguos y descoloridos palacios. Los hinduistas deben peregrinar hasta esta ciudad al menos una vez en la vida para obtener la salvación. "La ciudad de la vida",pienso, pero inmediatamente aparece en uno de los extremos el humo espeso y negro de una cremación.
Un hombre de cabellos cortos y blancos se quema sobre una hoguera. El cuerpo se ha consumido, perola cabeza permanece intacta, digna. Los familiares forman una ronda alrededor mientras conversan en voz baja, con cierta indiferencia, como si se tratara de un fogón improvisado.
Pero nada hay de casual en este encuentro. Morir y ser cremado en Benarés es un privilegio para los hinduistas. Es el único modo de cortar la cadena de reencarnaciones y llegar al Nirvana sin necesidad de alcanzar la perfección espiritual.
Los hombres del fuego lo saben y parecen tranquilos. Los ricos son cremados sobre piras de leña, y los pobres en crematorios eléctricos. Para unos y para otros el destino es el mismo: un cúmulo de cenizas arrastradas por el Ganges.
La vida y la muerte conviven en Benarés con inquietante naturalidad. Los viejos se sientan a esperar su hora en las escalinatas, mientras los chicos piden limosna para sobrevivir un día más. El bote regresa al ghat principal. Subimos por las escalinatas tapizadas con una mezcla indefinida de barro y bosta de vaca. El sol ya ha subido y la vida continúa. Los sacerdotes rezan bajo sus sombrillas, peluqueros y dentistas atienden a sus clientes a cielo abierto, los cocineros sazonan sus platos con insistencia, los niños persiguen a los turistas.
"En Benarés está la realidad", me había advertido un indio antes de llegar a la ciudad. Más allá de los ghats, en las calles polvorientas, la realidad cabalga desaforada entre rebaños de cabras, motos, bicicletas, peatones y autos envejecidos. Montado sobre una garita, un policía intenta poner orden en el tránsito, mientras una vaca –otra vez lo sagrado– lo mira desconcertada. Avanzamos hacia el hotel con la sensación de que en las callejuelas y ghats de Benarés se concentra el verdadero espíritu de la India. Esa mezcla cadenciosa entre la vida y la muerte, la indigencia y el lujo, lo sagrado y lo profano.
Tal vez por eso resulte tan difícil alejarse de Benarés. De aquí en más los amaneceres serán sólo un ensayo de aquel único amanecer sobre el Ganges.
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