Los cien años del Sagrado Corazón
En el templo, situado en Barracas, sobreviven joyas arquitectónicas y decorativas
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En la madera de roble de muchos de los 165 bancos todavía se puede ver el número asignado por el carpintero que hace cien años los envió, desarmados, desde Francia. La mano de los artistas franceses también está en las imágenes religiosas, en los magníficos rosetones de 8,50 metros de diámetro, y en los 34 vitrales que engalanan el templo del Sagrado Corazón, en Barracas, sin duda uno de los más bellos de Buenos Aires, que cumple hoy su primer siglo de vida. Con los festejos, que se extenderán hasta el 25 de octubre, se acentúa la recaudación de fondos para preservarlo del paso del tiempo.
En un barrio que hace cien años no era más que un pantano de ranas, el terrateniente y ganadero Leonardo Pereyra levantó un templo. En él, hoy todo, o casi todo, ostenta la virtud de la supervivencia: las puertas, los apliques de luz, los pisos, los altares, el órgano (mecánico), los confesionarios, las escaleras y hasta los dos árboles de magnolia en uno de los dos patios internos en los que todos los atardeceres buscan refugio cientos de torcacitas grises.
Pero no todo se conserva en tan buen estado. La estatua del Sagrado Corazón, que desafía al viento en la cima del templo, está casi completamente oxidada y las chapas de los techos y las canaletas de desagüe, también. Eduardo González, uno de los fieles más fieles de esa basílica, dijo a LA NACION que los desagües pluviales colocados en los muros están rotos y dañan las paredes del templo.
Además de la iglesia, el complejo, ubicado entre las avenidas Vélez Sarsfield e Iriarte, y las calles Chubut y California, incluye un colegio y lo que fue un seminario, donde Ricardo Darín filmó algunas escenas de su primer largometraje como director, La señal . Una obra religiosa, social y educativa que el arzobispado porteño confió a los sacerdotes bayonenses.
El templo de Barracas fue construido por el ingeniero Rómulo Ayerza, y conserva joyas arquitectónicas de estilo neorrománico con detalles góticos. Entre éstos se impone el templete -o ciborio- del altar, "un magnífico templo dentro de otro templo para que los feligreses recuerden que están en la casa del Señor", explicó González, uno de los guías de las visitas, que se repetirán en las próximas semanas.
En total, hay siete altares de piedra de Angulema o mármol francés. Las imágenes religiosas, propias de fines del siglo XIX, son de amalgama metálica hueca, cubierta con una mezcla plástica especial y pintadas de vistosos colores. Para González, la construcción de este templo fue, en su momento, una excentricidad y, luego de un siglo, "sigue impresionando por su tamaño y austera belleza".
El padre Francisco Daleoso, actual párroco de la basílica, considera: "Cien años de vida son garantía de que ésta es la obra del mismo Dios, a pesar de nuestras fallas". Daleoso se entusiasma con las actividades conjuntas, cada vez más frecuentes, entre los fieles del Sagrado Corazón y los de la villa 21-24 que concurren a la parroquia Nuestra Señora de Caacupé.
Hoy, de 9 a 13, se harán visitas guiadas por el templo y la cripta donde se instalará un museo del centenario. Se exhibirán fotos, documentos, registros y objetos religiosos y de la vida cotidiana de hace un siglo, prestados por los vecinos. A las 19, monseñor Joaquín Sucunza, obispo auxiliar de Buenos Aires, celebrará la misa, a cuyo término se presentará un libro escrito por González con la historia del complejo edilicio.
Mañana, a las 10, una procesión llevará la imagen del Sagrado Corazón hasta la feria de Iriarte y Luna, donde se reunirán con fieles de Nuestra Señora de Caacupé. El lunes se descubrirá un mural del centenario en el paredón de la calle Iriarte. Y el programa continúa hasta el 25 de octubre, cuando se recuerda la dedicación del templo.



