Los conversadores
1 minuto de lectura'
Yo vengo de un tiempo humano, cada vez más remoto, en el que conversar era el don, el privilegio y la costumbre más encomiable. No sé si ese tiempo tuvo un lugar o si a lo largo de los siglos estamos distribuidos, aquí y allá, los habitantes de su espacio. Creo más probable esta segunda opción, le creo porque he aprendido a reconocer de lejos a los miembros de esta especie de secta cada vez más exigua que podríamos llamar los conversadores. No hay necesidad de trámite, ni de credenciales ni de registros para ser un buen conversador.
La única seña está en la facilidad con que traban cercanía y descubren sus emociones, dudas, pesares y proyectos como quien desgrana un rosario. Impúdicos y desmesurados se vuelven invulnerables, porque todo lo suyo lo comparten. Y si un problema tienen, es el que los hace vivir corriendo el riesgo de derivar en chismosos. Nada tan despreciable para un conversador como un chismoso y, para su desgracia, nada más cercano a la vera del acantilado por el cual caminan. Antes que nadar, comer, dormir o cualquier otro placer parecido, los conversadores prefieren intercambiar palabras.
Sólo los besos y sus prolongaciones son tan placenteros para un conversador como las palabras. Tal vez porque los besos están emparentados con las palabras, y el amor puede ser una conversación perfecta. De ahí que los conversadores tiendan a enamoradizos. Como tienden también a cantar cuando están solos o a colgarse del teléfono a propósito de casi cualquier cosa. El reloj es su enemigo más acérrimo y no lo pueden remediar, saludan desconocidos en el mercado o en la calle y tienden a dar consejos a quien no se los pide. Cuando sienten que el día no les rindió, que algo le falta al mundo para poder cerrarse sobre su almohada, se prenden de un libro o de una película de esas en que no importa lo que pase, con tal de que importe lo que se diga.
A los conversadores siempre les falta un poquito, nunca quieren que la gente se vaya de su lado y cuando su cónyuge les da la espalda para irse a otro lado con su soliloquio tienden a llamarlo con un "oye..." que es una especie de súplica, de no te vayas aún. Para entonces el otro ya se ha ido y grita desde lejos: "Estoy a veinte pasos. ¿Qué quieres? ¿Por qué esperas a que me vaya si vas a decir algo todavía?"
Frente a respuestas así un conversador puede hundirse minutos en un abismo oscuro del que sale de golpe como redimido por la idea de escuchar a Pavarotti cantando Parlami d`amore Mariú.
Los conversadores nos descubrimos hasta por teléfono. Yo sé de una mujer que en busca de una clase marcó un número equivocado y dió con una conversación en caída libre que empezó más o menos como sigue:
-¿Es ahí donde dan clases de gimnasia?- le dijo al hombre que levantó el auricular al otro lado de la línea.
-¿Usted quiere tomar clases de gimnasia?- le contestó la una voz de animal fino.
-¿Por qué me lo pregunta como si lo dudara?- dijo la mujer.
-Porque cuando uno quiere tomar clases de gimnasia marca el número del lugar donde dan clases de gimnasia.
- ¿Entonces no es ahí?
- ¿Donde damos clases de gimnasia? No. Pero, ¿usted por qué quiere tomar clases de gimnasia?
-Porque me están engordando las caderas.
-¿De verdad?
- Aunque usted no me lo crea.
- ¿De dónde saca que yo no sé lo creo?
-De que ustedes los hombres nunca nos creen a las mujeres cuando decimos que nos están engordando las caderas.
-Yo a las mujeres les creo todo lo que dicen.
- ¿Es usted gay?
-No, pero podría yo ser.
-Se atreve a decirlo. ¿De qué planeta viene?
-Del único que usted y todos los demás tenemos la fortuna y el infortunio de conocer.
-Es bonita la Tierra ¿verdad?
- Menos cuando se vuelve horrible.
- Sí. A veces se vuelve horrible.
- ¿A usted lo han asaltado?
- Todavía no. Pero ha de ser cosa de tiempo. Ya ve que últimamente el que no viene de un asalto va a un asalto. No se puede ni hablar de otra cosa.
-Hay quien habla de política- dijo la mujer.
- O de horrores. De lo que ya no habla mucho la gente es de amor. ¿No se ha fijado que hasta las telenovelas están abandonando el amor como tema central?
- No veo telenovelas- presumió la mujer.
-¿No ve telenovelas? ¿Cómo es que le han crecido las caderas?
-Me gusta demasiado lo dulce. Le pongo tres de azúcar al café. Me fascinan los tlacoyos de haba, las papas a la francesa, el pollo empanado, los gusanos de maguey, la leche sin descremar, los quesos fuertes, el pan del que me pongan enfrente.
-Son una delicia los panes y el azúcar.
- ¿Le parece? Dicen que esas cosas nos gustan más a las mujeres. ¿Está seguro de que no es gay?
-Nunca hay que estar seguro de eso. Hay ratos en que me comería a besos a un hombre. Aunque siguen siendo más frecuentes las veces en que me comería a besos a una mujer.
-¿Por qué es más fácil?
-Nada es fácil con ustedes las mujeres.
- Vendernos cosas es fácil.
- Viera que no. Se lo digo yo que soy vendedor.
- ¿Qué vende usted?
-Departamentos en condominio.
-De verdad. Yo me quisiera comprar uno.
-Tengo uno de ciento veinte mil dólares.
- Por eso le dije quisiera.
- ¿Cuánto tiene usted?
-Nada. Qué importa.
-Importa donde lo dice en ese tono.
- No me hable usted como mi papá.
- Que más quisiera yo que hablarle a una mujer como su papá.
-Pues usted habla como mi papá.
-Y usted habla idéntico a una novia que me quitó el sueño durante todos los años de carrera.
-¿Se casó con ella?
- No.
- ¿La extraña?
- Sí.
-Dice una amiga mía que el amor de nuestra vida siempre es con el que no nos casamos. Yo digo que es porque en lugar de pedir que nos callarámos se fue a otra parte para no oírnos. Siempre es más agradecible. ¿No cree?
-No sé bien qué creo.
- ¿Me cree si le cuento un prodigio? Mi vecino dió con una mujer de la que estuvo enamorado cuando tenía quince años y a la que aún no podía olvidar a los cuarenta.
-Ya sé. Y cuando la vió se preguntó cómo era posible que hubiera estado perdiendo su tiempo en recordar a alguien que estaba así de gorda y arrugada.
- No. Ahí es donde aparece el prodigio. La vio y todo en él la quiso con más fuerzas que nunca.
- Y cada uno fue con su pareja y le dijo: "encontré al amor de mi vida y ya me vo"..
- No. Tú si que has visto telenovelas. Cada uno se quedó casado con quien estaba casado. Sólo se encuentran cada mes en un hotel distinto.
- Eso es como de película francesa.
- Es mejor. Porque aquí hay sol y todo pasa más rápido.
- ¿Ni siquiera han tenido el mal gusto de poner un departamento?
- Ni eso.
- Con razón no vendo condominios. ¿Me hablaste de tú?
- Es que hablas como mi papá.
- ¿Cómo hablaba tu papá?
- Así- dijo mi amiga- con la seguridad de que todo lo importante ya estaba dicho. De modo que uno podía hablar sin tregua ni recato de todo lo trivial como si fuera muy importante. Me tengo que ir. Van a venir por mí.
-¿Cuál es tu teléfono?
- Uno que siempre está ocupado.
- ¿Lo podrías usar para volver a llamarme?
- No sé qué número marqué.
- El de la gimnasia.
- ¿No dijiste que ahí no dan clases de gimnasia?
- Ya no dan, pero dieron. Ahora estoy adaptando el lugar para que sea oficina.
- ¿Oficina para vender condominios?
-¿Qué quieres que haga? Estudié ingeniería y me gustaba la literatura. He tenido que acabar trabajando en algo más cercano a los sueños que a los cálculos. ¿Tú en qué trabajas?
- Otro día te digo.
- ¿Me llamarás?
- Cuando tenga para el condominio.
- Puedo buscarte uno a plazos.
- Quieres decir, de plazos hasta siempre. No me interesa.
- Tonta. No hay como las cosas a largo plazo.
- Adiós.
- Si me llamas mañana te cuento una historia- dijo el hombre con una sonrisa que ella casi pudo ver. Por supuesto, mi amiga quiso llamar. Ahora, se hablan a diario para contarse cosas entre las cinco y las seis de la tarde. No se han visto jamás, se conocen mejor uno al otro de lo que los conocen sus parejas, sus hijos, sus padres, su fantasía de sí mismos o su espejo.
Por Angeles Mastretta
Para LA NACION
La remota amenaza
Hay en el afán por las antigüedades y los vejestorios, una búsqueda del mundo inmutable que otros perdieron al morirse. Las cosas y el paisaje no lamentan, no lloran, parecen perder nada al perdernos.
Si algo nos rebela, más que nada, contra la muerte de quienes hemos querido, es la condición de indiferencia que ir y venir del universo conserva mientras nuestro privadísimo cosmos se devasta con la pérdida. Pero aún nosotros ateridos, seguimos caminando cuando mueren quienes más queremos, volvemos a comer, a soñar, a maldecir, a emocionarnos. Increíble traición, pero inevitable, volvemos incluso a ser felices. Y a veces, hasta nos sentimos más vivos que nunca. Así la vida y el mundo todo como hemos visto que hacen cuando mueren otros, harán cuando no estemos para atestiguar su abandono. Y quién no, alguna tarde de ocio, ejerce una nostalgia anticipada y predice su muerte, juega con sus posibles muertes, con los atractivos escenarios y paisajes que conservará el universo que habitamos, cuando nosotros ya no podamos conservarlo bajo nuestra mirada.
Cavila mi desidia chantajista: si mañana o el mes que entra, me caigo como el martes pasado, y en lugar de romperme una pierna me rompo la cabeza, la novela que escribo se quedaría guardada en la cascarrabias Acer con que lidio todas las mañanas. Y Emilia Sauri, con todas sus fantasías y sus tormentos, con su risa de lunas y su padre trajinando entre los tarros de porcelana de una botica antigua, se quedaría atrapada, sin futuro, sin nietos, sin casa frente al lago, sin pérdidas. No estaría mal, me digo, que esa mujer y su destino se quedaran a medias y dejaran de importunarme. En cambio, yo me podría quedar viva hasta una tarde azul frente al mar que circunda Cozumel. Viva hasta ser una vieja pequeñita que se columpia en una mecedora de mimbre y contempla el paisaje, desde el segundo piso de una casa que tiembla cuando alguien sube los peldaños de la escalera. Viva hasta que mis bisnietos no sepan dónde ponerme y me dejen ahí con todos los muertos a los que añore: feliz, encallecida, díscola como niña, recordando la vida que hoy tengo, mientras el destino entra una tarde por la ventana que se deslumbra con el mar, y me mata de puro cansancio. Sé de cierto que si muero mañana, el señor de la casa desterrará el pescado a la veracruzana de la cocina en que hoy predomino. Pero ya no estaré para enojarme cuando él diga que lo detesta, ni para alegar que a las visitas sí les gusta, ni para oír su voz como un enigma, diciendo irremediable: so they say. Intuyo que a partir de ese instante, mi hija dejaría de ir a clases de natación y mi hijo determinaría no volver al dentista. Pero nada más ruin les pasaría, y su vida sería como será, por más que yo piense, porque necesito pensarlo, que soy muy, pero muy importante para ellos.
Las manos son quizá lo más vivo que tenemos. Miro mis manos de ahora tecleando la computadora, incapaces que fueron de teclear bien un piano, de bordar un mantel, de pintar como las de mi hermana. Las miro ahora y me concedo el placer de pensar que pueden seguir vivas muchos años. Cada vez más torpes que aquellas que alguien tomó un día frente al aguamanil y contempló como quien mira un recuerdo: tienes manos de campesina italiana, pero vivas para moverse por todos los lugares que ambicionen, hasta volverse de verás muy viejas, temblonas y cubiertas de pecas, arrugada su piel como cebolla. ¿Cómo tendré las manos cuando muera? ¿Agradecidas? De cuántas cosas tendrían que estar agradecidas. Vieja como una araña, abandonada en el sol, mirando a los volcanes, cínicos, eternos, triunfando una vez más sobre otra vida humana. Así podría morirme a los noventa y nueve, y estaría agradecida con la muerte.
Agradecidas yo y mis manos viejas que habrán tocado casi todo lo que alguna vez ambicioné. Pero puedo morirme el año próximo, aunque este hombre con el que sueño corra a tocar madera y convoque de golpe todas mis vanidades. Entonces me habré perdido de las madrugas interrumpidas que me depare 1996, del viaje en velero que aún tengo pendiente, de la boda de mi hija, y la nuera que me depare mi hijo, de la estancia en Boston y las flores de mango que perfuman el jardín de Antonio Hass en Sinaloa. Me habré perdido del estudio junto al río, de la compra inútil de una casa ruinosa en la cuatro poniente, de cambiar el piso de madera que se ha levantado en el comedor, de la película que harán con un libro cuya historia me dicen que escribí hace diez años, de alguien que pueda serlo diciendo que no le interesa ser presidente de la república, de las jacarandas floreando durante todas las semanas santas que podría yo ver entre mis cuarenta y cinco y mis cien, del pastel de cumpleaños que me hará mi bisnieta Catalina cuando cumpla ciento uno. Me perdería también de un sin número de desfalcos interiores y de muchas más devastaciones externas, pero si he de escoger a ciegas, la nada o lo que siga, prefiero sin la menor duda cualquier de las cosas que al mundo se le ocurra que me sigan.
Es fácil fantasear con la propia muerte, cuando no es sino eso, una amenaza que sentimos remota, que podemos colocar lejísimo, entre dos montañas y los ciento veinte años, sobre el mar y los noventa y cuatro, sólo a ratos, arriesgándose mucho, a un día o diez de distancia deleble.
Con la muerte de otros no jugamos, porque la muerte ajena es una experiencia horrible que ya conocemos, la nuestra sólo es sueño, pesadilla, remedio de todos tan temido. Si hemos de fantasear con la muerte, mejor elegir la propia, y elegirla remota, como la imagina todo el que vive, porque de otro modo no se podría vivir. Y de eso nada más se trata este asunto que nos tiene pendientes de cada amanecer y cada noche, llegando como un privilegio diario a tocarnos la frente para darnos permiso de seguir en la bendita lidia, como si hacerlo fuera mérito nuestro y no arbitraria generosidad del mundo que nos cobija.



