Los cuadernos de Praga
Después de la derrota del Congo, el Che Guevara pasó varios meses en la capital de Checoslovaquia. Se dijo que en ese lapso escribió páginas que aún no se han hallado. El autor de Los perros del paraíso, en la novela que publicará Atlántida y de la que se anticipan el prólogo y el primer capítulo, reconstruye la vida del líder guerrillero y ese texto perdido.
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CREO que nunca hubiera escrito sobre mi compatriota Guevara. Pero ocurrió que estuve en Praga desde el ascenso de Havel, como testigo del desmoronamiento del imperio soviético. Estas cosas suelen empezar desde la casualidad. Llegué a Praga, la mágica, en 1990 y recién en 1992 oí algo sobre Guevara y su estadía en ella. Etapa decisiva para él, en el momento más importante en su vida de transfiguraciones. Esa estadía era mantenida en secreto. Sólo se sabía, se decía, que después de las batallas frustradas en el Congo, y antes de su salto a Bolivia, "se había refugiado en un país del Este".
En algún momento empecé a presentir que su fantasma merodeaba cerca de los ventanales del café Slavia, o por el lado de la isla de Kampa. O se deslizaba por las callejas empedradas y mojadas por la garúa de otoño, por la Mala Strana.
Empecé a intuir dos fantasmas: el de Guevara y el de Kafka con su galerita redonda. Ambos se dejaban entrever apenas un instante, en el ángulo de la calleja por la que se esfumaban. Ambos me parecían extrañamente complotados en dejar signos. La boina militar y la galerita redonda del guerrero interior, el señor K...
Cuando cayeron sobre Guevara el bronce y el mármol de las cuatro grandes biografías lapidarias (como conmemoración editorial mundial del trigésimo aniversario de su muerte), me precipité sobre esos textos sin encontrar los detalles necesarios sobre la crucial experiencia de aquellos meses en Praga. Casi medio año entre la desilusión/derrota del Congo y el esfuerzo final y trágico de Bolivia, era apenas tratado cronológicamente en dos o tres páginas.
Comprendí que las biografías, tan exactas y cuidadas, con algunas disimuladas malas intenciones y un homenaje final y sin retaceos para tanto coraje ya asimilado por el sistema, dejaban intacto lo central de Guevara, su intimidad. Su diálogo final con la muerte, la extraña naturaleza de su última transfiguración y su soledad transformada en desafío casi desesperado. Desafío de suicida sublime, de quien, quizá, matándose nace.
En esos libros importantes, la etapa praguense de Guevara era apenas señalada a través de algunas anécdotas de sus guardaespaldas fieles. Comprendí que la mejor biografía, pegada al dato exterior y confirmable, es siempre como un esquema del biografiado, su yo de superficie, su gesticulación histórica. Me decidí a escribir desde una frase de Mijail Bajtin, que sonaba como un mensaje arrojado en las aguas del Báltico en los más duros años del sovietismo: "La novela es el triunfo de la vida sobre la ideología".
Las biografías confirman al Guevara de las ideologías. Sólo la novela podía liberarlo de su imagen de profeta de la liberación.
Además había conocido a Vlásek. El chofer de nuestra embajada me había oído hablar sobre Guevara en un viaje al aeropuerto. Al regresar me dijo:
-¡Usted debiera conocer a Vlásek! Ese sí que sabe cosas de Guevara. Mi vecino... ¡Qué Vlásek! Usted debería hablar con él...
Zigmund había trabajado durante veinte años para la embajada de Cuba. Se le había pegado cierta espontaneidad tropical, nada común entre los checos. Después supe que Zigmund, tanto como Vlásek, aparecían en la lista de la "ley de lustraciones" que enlistaba a los colaboradores con la policía secreta y la rama checa del KGB. Pero Vlásek, al facilitarme el acceso a la versión mecanografiada (no al original manuscrito) de los Apuntes filosóficos y Cuadernos de Praga, sin duda me llevó a la decisión de ahondar en ese tiempo clave.
Todo esto me motivó para escribir sobre Guevara. Invité a mucha gente a mi novela. Viajé a Cuba en tres ocasiones. Busqué debajo del montón de anécdotas, sentimientos y zalamerías póstumas. A mediados de 1993 empecé a perseguir con ahínco al fantasma que se burlaba de mí perdiéndose en algún portal de la Nerudova o por la calle Zeletna.
Y de vez en cuando, el otro, el señor K. con su galera de broker de la City londinense y sus ojos negros brillantes y al fin vagamente irónicos, como de resucitado...
Después de una noche de mucho alcohol, me vi -o me soñé- en la solitaria Plaza Vieja, en el Stare Míesto de Praga. Era muy tarde. Sería antes del amanecer y después del stalinismo. Había llegado el príncipe Kinsky, que es argentino, en su Mercedes. Lo estacionó ante el palacio de sus ancestros. Puso al máximo sus parlantes con la música de Valencia.Todos nos tomábamos de la mano en una alegre serpentina de borrachos que entraba por la puerta del negocio de Herman Kafka y salía hacia la Zeletna hasta embocar los arcos de la plaza y pasar por el reloj astrológico y el Rathaus incendiado por los nazis. La estúpida y alegre marcialidad de Valencia nos impulsaba.
Kinsky y Lena, Kafka, Tita Infante, yo, Aleida, Ribalta, Max Brod, el Che disfrazado de burgués inocuo, Ulises Estrada, Milena, Pombo, el sombrío Vlásek, Rosevinge, Tania con sus apretados pantalones militares doblemente incitantes, Arthur London-Slanski, Martínez Tamayo, Arcimboldo, Elisabeth Burgos, el rabino Löw, Karel Chápek, y Zigmund, que de vez en cuando se salía de la movediza serpiente humana para repetir la cinta de Valencia, ese entusiasmo tonto y sonoro que nos mantenía saltarines, tomados de la mano... Había muchos más, con rostros blancos, como máscaras venecianas. Y por los bordes de la Plaza Vieja, la sombra maloliente de los muertos. Husistas muertos, guerrilleros muertos, soldados bolivianos, negros congoleños, protestantes con el rostro azul de los ahorcados. Los muertos anónimos en su masa triste, por los bordes de la plaza. Y los héroes tomados de la mano, al son de Valencia...
¡De algún modo todos dependían de mí! Todo novelista puede, como un mago, transformar la muerte en destino y la historia seria y cronológica en realidad humana.
Primer capítulo
Praga. 1966. Apuntes filosóficos. Café Slavia. Primera salida en solitario. Pido un té, fumo mi pipa con tabaco Amsterdamer, un lujo para el retornado guerrero. Conseguí la mesa de la ventana. Inauguro los Cuadernos de Praga.
Mañana gris de invierno duro. La luz perlada de Praga. Una lejana luz encendiendo la niebla. Allí en lo alto, entre ráfagas de nubes, el Hradscany, el castillo de todos los poderes. Bogan los cisnes, solemnes y distantes, hacia el puente de Carlos, el Karlsbrücke.
Engañé a mis guardaespaldas: soy relativamente libre en mi disfraz de hoy. Hoy soy Raúl Vázquez Rojas, pasaporte 114.145. Eso dice la "leyenda". Comercio en maderas duras y nobles, llegué del Congo vía El Cairo. Tengo casi veinte años más y mucha sensatez. Nada de quijotismos juveniles. Gafas, calvicie, una prótesis para aburguesar la cara, zapatos huecos para bajarme de mi altura. Soy un apparatchik del capitalismo. Aparecen ahora las agujas de la catedral de San Vito, en lo alto del castillo. Sus cuernos de caracol hundidos en la niebla, como diría Dylan Thomas.
He corrido treinta y seis años y ahora descanso dentro de Vázquez Rojas, el comerciante, que es un poco franquista e hincha del Real Madrid, según dice la leyenda que memoricé, preparada por los servicios cubanos. Vázquez Rojas me enseña a fumar despacio, a tener paciencia con los fósforos soviéticos. Ni Vázquez Rojas ni los otros pasaportes -Adolfo Mena, el uruguayo, o Ramón Benítez- se proponen cambiar el mundo. Buscan en el diario de la tarde los resultados de la liga. Marcan con una cruz la película por ver.
Descanso dentro de mi máscara. Qué alivio. Engordo en paz después de haber perdido veinticinco kilos en mi último fracaso; tratando de fundar un mundo que los negros detestan. En el corazón del Congo.
El mozo me trae el té adivinando que soy un turista belga; no podría imaginar que vengo de comer ensalada de mariposas de la jungla, que vomité la carne esponjosa, intragable, de elefante, que pasé una bíblica diarrea que me duró cuarenta días y cuarenta noches. Un verdadero diluvio privado.
Hace bien Vázquez Rojas en comerse una masita de hojaldre con el té. Hace bien. Ahora se echa hacia atrás en el sillón y entrecierra los ojos porque los cuatro viejos de la orquesta del Slavia arrancan con un melancólico Pobre mariposa. Poor Butterfly . Seguramente Vázquez Rojas lo bailó en sus años de Burgos, en la fiesta anual en el hotel Condestable con su novia Concepción cuando Franco empezaba a poner un poco de orden...
Siempre resurge en mí el provocador. Cuando los viejos terminaron con Pobre mariposa sentí la necesidad de arruinarle la mañana a Vázquez Rojas-Mena-Benítez; anoté como ensuciando el cuaderno filosófico con un borrón de muerte:
Hablo de la muerte del otro, no de mi muerte. Hablo de matar a mano, como un artesano del demonio, firmando un terrible e irremediable pacto de sangre. Pasó en los comienzos de la campaña de Sierra Maestra, el 17 de febrero de 1957, cuando solamente quedábamos veinte, juramentados en dar la batalla de Cuba. Habíamos descubierto que Eutimio Guerra era un delator infiltrado. Nos señalaba al ejército por intermedio de sus amigos de la Sierra. Lo pescamos in fraganti . Almeida lo detuvo. Había causado la muerte de varios. Eutimio estaba allí, arrodillado. Tenía varios hijos y eso siempre complica la vida del justiciero. Fidel le comunicó que sería ejecutado. (Aquél sería nuestro primer fusilamiento).
Todos estábamos en torno de él, cuya dignidad molestaba. Ciro Frías, amigo de Eutimio, expuso los detalles de las culpas y la razón revolucionaria. No lloraba, Eutimio; simplemente envejecía en aquella hora hacia su muerte. Los cabellos negros se fueron agrisando y terminaron blancos. La escena se me hizo cada vez más clara con el tiempo. Ahora ya no recuerdo árboles ni noche. Es un espacio claro, pelado, como si la Tierra fuese una bocha de billar ante el Universo. Además, con los años tampoco hay gente: Eutimio está arrodillado, envejeciendo, solo ante mí, que estoy de pie con una pistola en la mano. Envejeciendo, completando en dos horas todo el tiempo que le hubiese faltado para una muerte normal.
La condena a muerte es mejor a través de los grandes aparatos de Estado. Como acto final de una burocracia justiciera. Entre pocos y sin Estado, parece siempre un asesinato. Todos estaban cohibidos, especialmente las mujeres revolucionarias. Se susurró que Fidel se inclinaba por un indulto.
La justicia seria, de Estado, no da la cara. ¿Quién dice "mátalo tú"?
Ya tenía los pelos blancos. Creo que empezaba a arrugarse como Ayesha . La situación era incómoda para la gente y para él, de modo que acabé el problema dándole en la sien derecha un tiro de pistola 32, con orificio de salida en el temporal derecho. Boqueó un rato. Al proceder a requisarle las pertenencias no podía sacarle el reloj amarrado con una cadena al cinturón; entonces él me dijo con una última voz sin temblar, muy lejos del miedo y cerca de la muerte: "Arráncalo, chico, total...".
Dormimos muy mal, mojados por la tormenta. Y me vino el asma. Asma fuerte con angustia del amanecer. La Dama del Alba, llena de muerte.
Escribo ahora lo que escribí antes, poéticamente, desde la razón revolucionaria. Pero no era verdad. Era verdad moralizada, para publicaciones del Estado, para uso escolar.
Póngase las gafas, don Vázquez-Mena. Lea esto y sepa cómo es la guerra.






