Los grandes misterios del sueño

El ensayo ganador de la edición 2013, escrito por Diego Calb y Ana Moreno, enfrenta un enigma para el que no hay aún respuestas concluyentes: por qué dormimos; en el fragmento que se reproduce a continuación, coinciden algunas de las teorías que buscan explicar el fenómeno y la soñadora Alicia, en su descenso al País de las Maravillas
El ensayo ganador de la edición 2013, escrito por Diego Calb y Ana Moreno, enfrenta un enigma para el que no hay aún respuestas concluyentes: por qué dormimos; en el fragmento que se reproduce a continuación, coinciden algunas de las teorías que buscan explicar el fenómeno y la soñadora Alicia, en su descenso al País de las Maravillas
Diego Calb
Ana Moreno
(0)
15 de noviembre de 2013  

Todos necesitamos dormir. O, al menos, todos los animales. Los humanos podemos hacerlo boca arriba, boca abajo, de costado, abrazados a la almohada o al compañero de cama, con las piernas flexionadas... En fin, somos bastante creativos. Pero si alguna vez quisiéramos innovar, contamos con los demás integrantes del reino animal, que nos ofrecen un variado catálogo de formas de reposo.

Los murciélagos, por ejemplo, duermen aproximadamente diecinueve horas por día, y lo hacen colgados de las patas, "viendo tu panza al revés", como bien dijo Luca Prodan. A más de uno de nosotros nos darían ganas de vomitar, o al rato empezaríamos a tener dolor de cabeza, pero parece que a estos particulares mamíferos les gusta. Además, una de las ventajas de esta posición es que les permite esconderse mejor y evitar que los ataquen porque, a diferencia de otras criaturas voladoras, los murciélagos no pueden correr para despegar. Así que, en caso de peligro, con sólo dejarse caer ya pueden huir.

Otro animal con una forma de dormir bastante peculiar es la jirafa, que lo hace de pie, con un ojo constantemente abierto, mientras mueve las orejas de lado a lado. De esta manera, se mantiene alerta por si a algún predador se le ocurre merodear la zona en busca de alimento de cuello largo. Quizá sea una forma un poco estresante para dormir, pero sobre posiciones, no hay nada escrito.

También el delfín encontró una forma de descansar sin poner en riesgo su vida: cierra un ojo, silencia la mitad del cerebro y, mientras tanto, ¡sigue nadando! Lo mismo hace el pato.

Las posiciones para dormir que encontramos en la naturaleza son tan variadas que casi se podría escribir el Kama Sutra del descanso, aunque por motivos más que obvios no tendría tanto éxito como el original. Así que quienes se aburrieron de simplemente cerrar los ojos, o no encuentran una posición cómoda, pueden intentar quedarse parados o usar solamente medio cerebro. Sin embargo, a menos que estuvieran en medio de la selva, y los rondara algún predador, ese esfuerzo no tendría demasiado sentido.

Por lo general, el sueño es muy ligero en las especies sin defensa, como la gacela, y muy pesado en las que tienen pocos enemigos naturales, o ninguno. Por eso cuando vemos a un león casi siempre notamos que está durmiendo profundamente (ya que para las tareas de la casa -o de la sabana- están las leonas).

En busca del tiempo perdido

Supongamos que dormimos un promedio de ocho horas por día. Al mes, habremos dedicado alrededor de 240 horas a esta actividad, lo que daría un total de 2920 al año. Si calculamos llegar como mínimo a los 80 años, pasaríamos 233.600 horas durmiendo, es decir, ¡más de 26 años!

Y en 26 años se pueden hacer muchísimas cosas. A esa edad, por ejemplo, Maradona ganaba el segundo mundial para la Argentina, y arrancaba lágrimas con su jugada de barrilete cósmico. Einstein publicó sus tres famosos artículos sobre la relatividad en la revista Annalen der Physik und Chemie [Anales de Física y Química]. Y Miguel Ángel ya había esculpido la Pietà , esa que nos maravilla cuando la vemos en el Vaticano. ¿Cómo puede ser que dediquemos un tercio de nuestra vida a dormir, en lugar de hacer esos viajes tan deseados, de salir con amigos o disfrutar interminables asados familiares?

Varios equipos científicos se hicieron la misma pregunta, tan difícil de contestar y, aunque propusieron diversas teorías, siguen sin ponerse de acuerdo. En este sentido, la ciencia y la política no son tan diferentes: casi siempre hay ideas contrapuestas que avivan el debate. Todas suelen aportar un punto de vista distinto y nos ayudan a entender mejor lo que sucede; en este caso, por qué dormimos.

Lucha de titanes

En la década de 1970, el psicólogo estadounidense Wilse Webb desarrolló la teoría de la conservación de la energía. En ella postula que dormimos en aquellos momentos del día en que es menos eficiente buscar alimento. Entonces necesitamos y gastamos menos energía, y nuestro metabolismo disminuye alrededor de un 10%; es decir, nuestras células ya no trabajan a toda máquina. Así, acumulamos reservas que podemos usar cuando verdaderamente las necesitemos.

Del otro lado del ring, la teoría restauradora o reparadora afirma que mientras dormimos el cuerpo recarga las baterías y se pone a punto. Uno de sus representantes es Ian Oswald, que trabajó en el tema en la década de 1960; muchos lo consideran el precursor de los estudios sobre el sueño en el Reino Unido.

Para corroborar esta hipótesis, los científicos se basaron en experimentos con animales de distintas especies a los que les impedían dormir. Sin el descanso necesario, en unas semanas el sistema inmune de estas criaturitas se debilitó paulatinamente hasta que murieron. Aprovechamos para destacar el compromiso y la generosidad de estos pobres bichos en pos del avance científico, así que conste aquí nuestro reconocimiento para ellos.

Cuando descansamos, entra en juego otro factor: nuestro cuerpo secreta la hormona de crecimiento que, entre otras cosas, repara los tejidos. Dicho de un modo más simple, es como si el cuerpo fuera al taller mecánico todas las noches. En el cerebro, mientras estamos despiertos, las neuronas (células del sistema nervioso) producen adenosina, una sustancia que, al acumularse, hace que nos sintamos cansados. Cuando nos metemos entre las sábanas y cerramos los ojos, la adenosina se elimina de a poco y por eso, al despertarnos, estamos bien fresquitos. Entonces, dormir repararía los tejidos del cuerpo y nos quitaría la sensación de cansancio. Algunas sustancias, como la cafeína, bloquean la acción de este compuesto y por eso, cuando tomamos café, por ejemplo, nos mantenemos despiertos y en alerta.

En la tercera esquina del cuadrilátero (en las cuestiones científicas no hay un límite de luchadores) vemos a la teoría de la plasticidad neuronal, mucho más reciente, que plantea la posibilidad de establecer nuevas conexiones entre las células del sistema nervioso mientras dormimos. En otras palabras: se pueden producir cambios en la estructura y organización del cerebro. Como veremos más adelante, en varios institutos del mundo investigan de qué modo el dormir (o dejar de hacerlo) afecta el aprendizaje y la memoria, tanto para poder incorporar nuevos datos y procedimientos como para consolidar los que ya tenemos. Ojo: no vaya a ser que los adolescentes que adeuden un examen de química se escuden en esta teoría para dedicarse a la siesta y, en lugar de enfocarse en el estudio de la tabla periódica, la dejen debajo de la almohada.

Por último, con menos entrenamiento y bastante vapuleada, llega la teoría de la inactividad a ocupar la esquina libre del cuadrilátero. Entre abucheos, sostiene que los animales que se quedan quietos durante la noche tienen menos probabilidad de ser atacados porque no llaman la atención de los predadores. Sin embargo, como bien dice el saber popular, "cocodrilo que duerme es cartera", así que es preferible estar alerta, para reaccionar rápido y escapar, antes que eludir el peligro jugando a las estatuas.

Más allá de quién logre dar el último golpe (o cómo se dividan el ring a la hora de investigar), lo que sí se sabe es que todos compartimos algunas cosas cuando apoyamos la cabeza en la almohada.

No me dejes caer

Para analizar qué nos pasa mientras dormimos, los investigadores se centraron en tres aspectos. Por un lado, para medir la actividad cerebral realizaron electroencefalogramas (EEG): con una pasta adhesiva, colocaron electrodos sobre el cuero cabelludo de amables voluntarios y los conectaron a una computadora que registraba las señales eléctricas que producía el cerebro mientras dormían. Al mismo tiempo, midieron el tono muscular por medio de un electromiograma (EMG), procedimiento similar al anterior, pero que dispone los electrodos en músculos de varias partes del cuerpo. Y por último registraron los movimientos de los ojos con un electrooculograma (EOG), con perdón de la palabra.

Después de varias mediciones o, mejor dicho, después de analizar un buen rato a los voluntarios (o, en términos más técnicos, sujetos experimentales) que, llenos de cables, aceptaron hacer una siestita en el laboratorio, los científicos descubrieron que, cuando dormimos, atravesamos diferentes etapas que se repiten cíclicamente a lo largo de la noche (o de la tarde, según los hábitos y costumbres de cada cual).

Cuando Lewis Carroll escribió su Alicia en el país de las maravillas en 1865, difícilmente podía imaginar que desde el comienzo de la obra describía con bastante precisión los diferentes momentos del dormir. Alicia sigue al extraño conejo con chaleco que logra llamar su atención y, casi sin darse cuenta, comienza a caer lentamente. Cae, cae y cae, hasta que siente que se queda dormida y que empieza a soñar. Si quieren saber cómo sigue la historia, lean la novela o vean alguna de las películas que la reelaboraron. Tienen para elegir: desde la primera adaptación para cine, de 1903, se estrenó una nueva versión más o menos cada diez años.

Inspirados o no en el novelista y matemático inglés, los investigadores describieron de modo similar las fases del sueño. Durante la primera etapa, podemos sentir que nos caemos. Nuestros ojos se mueven más lento y los músculos de todo el cuerpo se relajan. En la segunda, los ojos se detienen y las ondas que emite nuestro cerebro se vuelven más lentas, aunque muestran picos ocasionales de actividad. Durante este período, nuestro sueño es liviano: es más fácil que nos despierten, y en muchos de esos casos llegamos a negar que estábamos durmiendo.

Una vez que termina la caída, entramos en un sueño profundo. En la tercera y en la cuarta etapas es más difícil que nos despierten y, si logran hacerlo, estaremos algo desorientados y somnolientos. [...]

  • La ciencia del sueño

    Diego Calb y Ana Moreno

    Siglo XXI
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