Los innumerables matices del verde
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Hay dos naturalezas. Una está ahí afuera, es real, polifacética, incontable, indómita; y responde a este nombre solo porque nuestra civilización ha decidido bautizarla así. La otra es la del póster, la del slogan, la del que proclama que le encantaría vivir (y cito) “en un lugar con más verde”.
Malas noticias, queridos amigos. No hay lugares con más verde. No compren esa fantasía bucólica. Está en el diccionario. Lo bucólico evoca de modo idealizado la vida en el campo. En literatura se lo llama también pastoril. Hablen con un pastor real, a ver cuánto se parece su vida a los versos de Virgilio. Se los resumo, cortesía de la casa: no se parece en nada. Sin mencionar que han pasado más de 2000 años, de modo que nuestros valores de confort no solo han evolucionado mucho, sino que además se han estandarizado. Es decir, nuestro concepto de calidad de vida, para usar la expresión de moda, está muy lejos del que experimentaban 20 siglos atrás. En esa época no abrías una canilla y salía agua, por ejemplo. No podemos ni empezar a imaginar cómo era ese mundo. Sin agua corriente, sin electricidad, sin analgésicos, sin heladera, sin dentista y sin WhatsApp.
Pero no me quiero dispersar. Hay una naturaleza real y una maquillada, desprovista de todo eso que después, cuando cumplimos con el sueño de irnos a vivir (y cito) “a un lugar con más verde”, viene a importunarnos: los bichos, los yuyos, el viento, la humedad, las hojas de los árboles, las tormentas cara a cara.
Chocamos con la naturaleza real y más tarde o más temprano tenemos que tomar una decisión. O empezamos a dialogar con el planeta y llegamos a acuerdos parciales, dinámicos, siempre sujetos a revisión, o tratamos de dominarla. Les cuento el final, para que no cometan ese error. Nunca van a ganarle a un planeta. En serio. No tienen chance. Sobre todo porque, además, el planeta es nuestro hogar; de ahí viene la palabra ecología. Mi mejor consejo es que intenten comprender lo que ocurre ahí afuera, en el verde.
Un domingo, hace muchos años, cometí un desliz bucólico y me quedé dormido en el césped. Me subí al póster. ¿Qué podía haber más lindo que dormir una siesta en el verde césped un día perfecto de primavera? Al día siguiente estaba cubierto de picaduras que me duraron como quince días. Jejenes, tal vez.
Este planeta ha estado tejiendo la vida durante 3000 millones de años. Tardó más de 700 millones solo en pasar de unos seres diminutos y unicelulares, a nosotros, que nos creemos el ápice de la pirámide y miramos todo un poco desde arriba. El universo conocido tiene unos 13.700 millones de años, así que la vida ha estado pintando ese póster durante más o menos una cuarta parte de toda la historia del cosmos. Dicho más simple: podemos enojarnos de hoy hasta mañana, pero a la naturaleza, a la real, hay que entenderla. Porque al revés no va a pasar. La vida, como fenómeno extraordinario, raro en el vacío perpetuo, helado y hostil del universo, no va a tratarte a vos de una forma diferente a como trata a una ardilla, al plancton o a un ciprés. A lo sumo, quizá solo seamos la forma que la naturaleza tiene de comprenderse a sí misma. Pero nada más.
Así que mirá de nuevo el póster, porque vivir en un lugar con más verde es una bendición. Pero ese verde es una relojería de escala planetaria cuya única meta es perpetuarse, contra todos los obstáculos. Hubo varias extinciones masivas durante la historia filogenética de la Tierra, y al final ganó la vida. Ganaron los bichos, los árboles que ensucian, los yuyos, el polen que da alergia, el olor a río durante una bajante y el salitre del mar, que oxida todo.
Una aclaración, sin embargo. Al revés de lo que podría pensarse, comprender la naturaleza no es darse por vencido. Si aprendés a oírla, un día, sin que lo esperes, el planeta te va a responder. Va a ser sutil, pero incuestionable. Y entonces te vas a sentir parte de un todo que te trasciende, inabarcable y eterno, y eso, si no es felicidad, no sé que es.
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