
Los medios en los años del Proceso
DECIAMOS AYER Por Eduardo Blaustein y Martín Zubieta (Colihue)-652 páginas-($ 33)
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"LOS 3000 días más trágicos de la historia argentina. Textos e imágenes con todo lo que los diarios y revistas de la época dijeron, silenciaron o tergiversaron." Así reza el subtítulo del libro Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso , de los periodistas Eduardo Blaustein y Martín Zubieta.
La obra procura reconstruir la actuación de los medios gráficos en esa etapa oscura del país, con un argumento de peso que invita a reflexionar: "En la historia de la dictadura quedan inmensos terrenos inexplorados, postergados, ocultos o definitivamente desaparecidos. La más llamativa de las ausencias es la de los medios de comunicación en la historia de la dictadura", afirman los autores.
Por eso mismo, el trabajo se convierte en una referencia necesaria y valiosa, sobre todo por la reproducción de más de 300 páginas de diarios y revistas de la época. Aunque, siguiendo la misma frase de Joseph Pulitzer que los autores rescatan -"Es inmoral cobijarse detrás de la neutralidad de las noticias"-, el libro debe tomarse como un primer paso en esa recuperación de la historia reciente, y no como la versión definitiva.
En Decíamos ayer , Blaustein y Zubieta son las voces que, con modulación y tonalidades propias, llevan al lector a través de la reconstrucción del pasado.
Luego de una breve introducción y una explicación sobre la metodología del trabajo, los autores transitan por un género más cercano al ensayo que a la investigación periodística para concluir, desde su punto de vista, cuál ha sido la posición de los medios durante la dictadura.
Blaustein y Zubieta fijan posición con una prosa por momentos medida, por momentos encendida, pero siempre llevadera, a la que no le faltan adjetivos ni citas que refuercen las opiniones.
De esos juicios surge una condena a casi todos los medios y sólo algunas exculpaciones, entre las que se destacan las otorgadas al Buenos Aires Herald , a algunos retazos de La Opinión (aun en la etapa en que ya estaba intervenida, tras el secuestro de su director Jacobo Timerman), y a algunas pinceladas muy esporádicas de La Prensa . El resto no sale indemne, aunque el tenor de las acusaciones varía según el juicio de Blaustein y Zubieta. Las críticas más duras son para La Razón , para las revistas de la editorial Atlántida, para La Nación y, en menor medida, para Clarín , por no haber reflejado hechos que sólo trataron cuando el régimen había caído o su poder había menguado. O por haberlos tratado de una manera que la historia se encargó de desmentir o, al menos, de poner en duda.
Para los periodistas hay una mirada algo más benévola : "A lo largo de los años un periodista produce centenares de notas como para intentar reflejar su personalidad en una o dos piezas sueltas. En el caso de ciertas continuidades de escritura firmada en determinados medios, la conclusión es otra".
Medidos con ese rasero, la conclusión es especialmente condenatoria para Bernardo Neustadt y Mariano Grondona, cuyos textos, firmados con sus nombres o con seudónimos, los autores reproducen para fundamentar sus propios juicios.
En el otro extremo, se expresa un reiterado elogio para el desaparecido periodista, escritor y dirigente de Montoneros, Rodolfo Walsh, a quien le sigue en la admiración Robert Cox, que fue director del Herald en los años de plomo y debió exiliarse. Aunque ellos no son los únicos que salen airosos del pasado, sino sólo los más notoriamente distinguidos.
En la magnitud de la exploración e investigación radica el crédito que tienen los autores para emitir el juicio, aunque el lector no cuenta con los elementos suficientes para adherir u objetar esas conclusiones.
Tal vez hubiera sido interesante que a algunos de los protagonistas destacados de los medios de aquella época, que aún viven y muchos de los cuales continúan en funciones iguales o más destacadas, se les hubiera requerido su parecer. Su voz, sumada a la de los autores y a la de otros periodistas destacados pero con menos responsabilidades en la época, hubiera aportado un interesante elemento de análisis a los lectores.
El material periodístico al que se accede es frondoso, pero no deja de ser escaso para llegar a un juicio definitivo, ya que la selección no permite cotejar, por ejemplo, distintos diarios de un mismo día ni tampoco acceder a todos los textos de esas páginas, sino sólo a breves fragmentos, a los títulos, bajadas y volantas.
Resulta acertada, por lo tanto, la rápida aclaración que hacen los autores: "De más está decir que ni los medios gráficos de entonces ni los aterrizajes súbitos desde el presente que proponen estas páginas dan cuenta de lo ocurrido en los casi tres mil días de dictadura". Tampoco de "lo que los diarios y revistas de la época dijeron, silenciaron y tergiversaron".
No por eso Decíamos ayer deja de ser un aporte sumamente valioso y enriquecedor para empezar a rearmar ese auténtico rompecabezas que fueron el país y los medios durante la oscura década del 70.
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