Los mejores libros de investigación periodística y su papel en la democracia

El autor de esta nota consultó a periodistas, historiadores y editores sobre un género que, desde 1983, ha contribuido a la transparencia democrática. Ellos y él seleccionaron las obras más destacadas en ese lapso. Tras un período de auge y un suave letargo, la aparición de Operación Traviata, de Ceferino Reato, renovó el interés de los lectores por aclarar situaciones en las que se jugó el rumbo del país
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18 de octubre de 2008  

La repercusión de venta y de prensa del libro sobre la ejecución de José Rucci hace 35 años y sus inesperados efectos judiciales y políticos sacudieron de su letargo a un género, el de la investigación periodística, que en estos 25 años de democracia contribuyó a completar un estante de la biblioteca contemporánea argentina que no estaba debidamente cubierto. Otros títulos que ya se anuncian, acerca de cuestiones y figuras polémicas como Guillermo Moreno, Guido Antonini Wilson y Hugo Moyano, permiten vislumbrar la recuperación del interés masivo por una especialidad que a través de cientos de títulos sirvió para llamar la atención, aun antes de que la Justicia interviniera o se expidiera, sobre muchas zonas desconocidas, oscuras y riesgosas del pasado reciente. Esta puesta al día de adn*CULTURA procura observar sin prejuicios el fenómeno desde lo literario, lo cultural, lo periodístico, lo político; apreciarlo en su auténtico valor e incluso establecer un canon surgido de las opiniones y preferencias de los trece entrevistados y del autor del texto.

"Hubo varias etapas en los libros de investigación periodística –argumenta María Seoane, la autora de una decena de ellos, como La noche de los lápices y la biografía de Mario Santucho–; hasta promediar la década del 90, fueron decisivos los libros que analizaron y revelaron las razones de la violencia política, tanto de los civiles como luego del terrorismo de Estado durante la dictadura. Acompañaron e hicieron más pleno y consciente el juramento civilizatorio de Nunca Más. Después, llegaron otros, un aluvión de denuncias sobre la corrupción económica y política de la década menemista. Son libros que pusieron palabras a mucho de lo que no se había podido nombrar: muerte, violencia como acción política, asesinato estatal, corrupción, estallido social y político." Seoane entiende que estos libros "alimentaron una conciencia más democrática, ayudaron a creer más en la justicia, en la ley, en las instituciones. Que son bienes –precisa– que debemos regar entre todos, para desterrar la intolerancia y para que nunca más las armas reemplacen la política".

Prácticamente la totalidad de los especialistas consultados –autores, periodistas, historiadores e investigadores, editores– mencionaron como símbolo de investigador de estas décadas al periodista Horacio Verbitsky y como tomo emblemático, su trabajo Robo para la corona. Aunque en la Argentina conseguir cifras de venta certeras es tan azaroso como dar con una fuente confiable, se podría establecer, de acuerdo con estimaciones de buena fe, una lista de los diez más vendidos desde 1983: el ya mencionado Robo para la corona; Malvinas, la trama secreta (Raúl O. Cardoso, Ricardo Kirschbaum, Eduardo van der Kooy), Asalto a la ilusión (Joaquín Morales Solá), El jefe (Gabriela Cerruti), Los dueños de la Argentina (Luis Majul), Argentinos (Jorge Lanata), Los mitos de la historia argentina (Felipe Pigna), Menem, la vida privada (Olga Wornat), Pizza con champán (Silvina Walger), Narcogate (Román Lejtman) y La Argentina del siglo 21 (Rodolfo Terragno), con ventas de entre 250 mil y 150 mil ejemplares.

María O’Donnell, que en estos últimos años se anotó con dos títulos propios ( El aparato, sobre la estructura justicialista bonaerense, y Propaganda K, una denuncia sobre la arbitraria distribución de publicidad oficial en los medios), afirma: "Robo para la corona es paradigmático porque, ya desde el título, sintetiza ese menemismo caracterizado por la corrupción y por la manipulación judicial. Libro arduo para leer, pero, así y todo, un boom editorial que marcó una época. Valoro que en los años 90 a los periodistas se nos abrió la posibilidad de escribir sobre hechos sociales, políticos, económicos y sobre figuras públicas, generando impactos noticiosos de relevancia". Para Jorge Sigal, lúcido periodista y autor de El día que maté a mi padre, una novela estupenda sobre la trayectoria de un militante del Partido Comunista argentino, de su adolescencia a la desilusión, aporta: "Esta clase de textos han sabido apuntar al lado oculto de las cosas y en eso residió su contribución a la democracia. Ya se sabe –agrega Sigal– que los periodistas no escribimos la historia, pero aunque trabajamos con urgencia, cuando trabajamos con seriedad, podemos ser buenos relatores de nuestro tiempo y ayudar a construir opinión pública. Y lo hicimos más allá de la baja calidad institucional argentina. Ahí, el periodismo tiene méritos propios".

Pablo Avelluto, director editorial de Random House Mondadori que en ésta y en otras importantes casas editoriales ayudó a gestar varias exitosas criaturas del género, piensa que "la investigación periodística elevó, en general, la calidad del periodismo al permitir el desarrollo fuera de los límites de la crónica breve publicada en diarios. Gobernantes y poderosos comenzaron a temer más las consecuencias del libro, porque, al fin y al cabo, un libro disfruta de una permanencia de la que la prensa periódica carece". Impulsora, en su condición de editora de Norma, de numerosos volúmenes sobre la especialidad (como la colección Militancias, dirigida por María Moreno y Lila Pastoriza), Leonora Djament, ahora al frente de la nueva editorial Eterna Cadencia, toma como caso significativo "el recorrido de Hernán López Echagüe, que incursiona en el libro de denuncia [ El otro, sobre Eduardo Duhalde, cuyo fuerte contenido hizo en una ocasión lagrimear en televisión a la familia del ex presidente] y desemboca en La política está en otra parte o Tierramemoria, que explican y analizan las nuevas formas de representación política. La transición de López Echague –prosigue Djament– indica que ya no se trata de llenar con los libros un hueco dejado por la justicia argentina en relación con la búsqueda de la verdad, sino que lo que importa es recorrer, física o imaginariamente, un territorio para entender los nuevos escenarios sociales".

Correlato de sucesivas transformaciones en el espectro social, en las necesidades de la gente y en los medios, estos libros no vienen de la nada. Continúan una tradición de investigadores y escritores extraordinarios. Alvaro Abós menciona a Domingo Faustino Sarmiento y su Facundo y a Esteban Echeverría por "El matadero". Él y otros de los consultados no olvidan a ejemplares precursores como Rodolfo Walsh, Gregorio Selser o Rogelio García Lupo. Quien esto escribe sumaría a ese parnaso a autores con un modelo de pensamiento y un método de trabajo, como los ensayistas e historiadores Raúl Scalabrini Ortiz, Eduardo Mallea, José Luis Romero, Arturo Jauretche, Juan José Sebreli, Ernesto Goldar y Andrew Graham-Yool, y a literatos como David Viñas, Marco Denevi y Ricardo Piglia. La deslumbrante tarea de los periodistas estadounidenses Bob Woodward y Carl Bernstein, que con una investigación (el escándalo Watergate) forzaron un cambio de gobierno en su país, caló hondo en los pesquisantes locales que soñaron y aún sueñan con una intervención de semejante resultado.

El periodista Isidoro Gilbert –autor de un clásico en el rubro, El oro de Moscú – coincide en que "los libros de investigación ayudaron a ir consolidando el sistema constitucional abierto en diciembre de 1983. Hubo de todo, pero, en general, el público premió los trabajos más profundos y esclarecedores". Según Sergio Pujol –escritor en este período de magníficas biografías, como la de Enrique Santos Discépolo y otra sobre Atahualpa Yupanqui–, la recuperación democrática encontró a la ciudadanía con "sed de saber qué había pasado durante la dictadura y, luego, con necesidad de darse cuenta de lo que estaba pasando en esa necesaria e imperfecta nueva vida republicana. Ya en los últimos tiempos del Proceso, la revista Humor llevó adelante algunas investigaciones jugadas. Después, varios libros contribuyeron a formar disenso y permitieron acceder a una información un poco más sistemática y completa que la que ofrecían los medios". Pujol observa una contradicción interesante: " Robo para la corona tuvo un rol esclarecedor pero no influyó a la hora del voto. Menem –razona– ganó una y otra vez con todo el periodismo de investigación en contra".

Con sus revisiones históricas, Felipe Pigna convocó a aquellos lectores que procuran la comprensión del pasado. "Los libros de investigación –entiende Pigna– cubrieron el vacío intencional dejado por la academia y la neoacademia, que en líneas generales se han negado a producir materiales sobre estos años tan importantes y conflictivos. Por supuesto que hubo de todo: buenos trabajos y productos oportunistas. Los bien escritos, basados en investigaciones sólidas, constituyeron un valioso aporte al entendimiento de una sociedad cada vez más compleja. Robo para la corona fue importante en la descripción del menemismo, reveló estructuras mafiosas en el poder y la continuidad histórica entre dictadura y menemismo." Para el director editorial Alberto Díaz, que potenció el mercado con la colección de Planeta Espejo de la Argentina, los libros de investigación ofrecieron un aporte fundamental en los primeros años de la recuperación democrática: "Luego de ocho años de censura o autocensura de los medios –explica– los libros cumplieron con la doble finalidad de informar sobre los temas tabús de la historia inmediata y de abrirles los ojos a los grandes medios gráficos y audiovisuales, que se montaron sobre la potencialidad de este nicho e incorporaron la investigación periodística como sección destacada. Si lo medimos en ventas de ejemplares, el género fue el más exitoso, pero después del primer gobierno de Menem, empezó a decaer. Desde entonces, cuando hubo algún libro con impacto se debió, antes que al género, a su calidad investigativa o a lo atractivo de su tema". Mentor editorial de Edhasa, Fernando Fagnani ubica el auge de los libros periodísticos entre el final del gobierno de Alfonsín y el comienzo del de Menem "que al ser un gobierno-espectáculo, obsceno y transgresor, y con incontables casos de corrupción comprobados o sospechados, casi es un sumario de libros por escribir. El periodismo (recuerdo notas de Página/12 ) investigó a fondo muchos actos de gobierno, porque la Justicia no lo hizo y con la esperanza de que esas intervenciones cambiaran el estilo de Menem. Pero las elecciones de 1995, independientemente de la veracidad de lo escrito, dejan en claro que eso no alcanza para modificar el accionar del gobierno. Ahí, periodistas y lectores encuentran un límite y sufren una decepción. La sensación es que no importa lo que se publique, porque lo que debe cambiar no cambia". Jorge Halperín, periodista y autor de un reciente y valioso libro sobre el periodismo político ( Noticias del poder. Buenas y malas artes del periodismo político ), siente poco interés por los libros de denuncia. En cambio, dice, prefiere trabajos que le permitan comprender la realidad. Admite que esta modalidad ayudó "echando luz sobre zonas oscuras del poder y las instituciones, y ejerciendo una saludable presión sobre toda la corporación política, judicial y de seguridad, aunque muchísimo menos sobre los empresarios. Pero también es cierto que hubo una desastrosa gestión de una clase política de bajo nivel, emergida de una ciudadanía de baja intensidad". Reconoce que muchos trabajos aparecieron primero en diarios, pero luego fueron retomados por sus autores originales para encararlos como libros "de un modo más ambicioso, más riguroso, alejado de lo que se habla en una charla de café". Pero en los años 90, cuenta, los medios desactivaron sus propios elencos de investigación.

A Alvaro Abós, autor de celebradas investigaciones como Restos humanos, Cinco balas para Augusto Vandor o Eichmann en la Argentina, la sola expresión "investigación periodística" lo sume en un mar de dudas, por aquello de lo resbaladizo de los géneros. "Para mí –define–, los buenos libros de investigación son los que entran en la literatura o más se aproximan a ella. Una buena investigación contiene revelación, documento puntual, hasta panfleto sectario, pero siempre deberá tener espesura literaria." El libro de Edgardo Esteban sobre la Guerra de Malvinas, Iluminados por el fuego, es el trabajo de un testigo porque el autor participó como soldado en ella. Denuncia los abusos de autoridad (casos de torturas, malos tratos y hasta asesinatos durante la contienda, hechos todavía en investigación) de los militares en contra de su propia tropa, así como las consecuencias del regreso al continente, dramáticamente expresadas en los más de 400 casos de ex combatientes que se suicidaron, abatidos por la indiferencia, la marginación y el olvido de autoridades y de la sociedad en general, que, según él, no se quiere hacer cargo de la derrota. Periodista y escritor, Esteban fue coguionista, junto con Miguel Bonasso, de la película basada en su libro que dirigió Tristán Bauer. Para Esteban, estos libros fueron importantes "porque denunciaron delitos de lesa humanidad y hechos de corrupción, generaron conciencia sobre nuestra historia reciente, aportaron material al debate imprescindible para alcanzar la verdad y la consolidación de los derechos humanos, y todo eso nos permitió meternos un poco mejor en el presente".

Las muchas investigaciones periodísticas sobre la Guerra de Malvinas, sobre el atentado a la AMIA, sobre Alfredo Yabrán o sobre el fracaso del gobierno de la Alianza y la posterior caída del presidente De la Rúa integran un cuerpo informativo y teórico más rico, desprejuiciado e importante que lo que en años, pudieron aportar la Justicia, los organismos de seguridad y la clase política en su conjunto. En 1993, los periodistas Luis Majul y Alfredo Leuco publicaron en el semanario Somos un memorable artículo titulado "El negocio de la verdad", donde demostraban por qué en aquel momento a una empresa periodística le resultaba favorable "decir la verdad, llegar hasta el fondo, contar todo", inversamente a lo que había sucedido durante la dictadura. Y antes de que esa modalidad terminara de adentrarse en diarios, revistas y medios audiovisuales, varias editoriales de libros transformaron esa tendencia en filón. Hubo un momento (lo sitúo entre principios de la década menemista y el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas en el verano de 1997; algunos entrevistados opinan que la etapa de bonanza se extendió hasta después del suicidio de Yabrán en 1998, otro hecho parteaguas) en que esta literatura tan urgente como necesaria y la excelente imagen pública de los periodistas parecían ir de la mano en una asociación casi perfecta. Los asuntos más vidriosos se zanjaban primero negro sobre blanco en las páginas de un libro antes que en los estrados judiciales. En su muy interesante libro La investigación periodística en la Argentina, el sociólogo Martín Becerra (compilador de ese tomo con Alfredo Alfonso) caracteriza lo que considera una "mala" investigación: "Aquella que no es rigurosa, ni exhaustiva, que no contribuye a la comprensión del hecho investigado". Casi todos los manuales de estudio del periodismo coinciden en calificar la investigación como un rubro generoso porque, necesariamente, incluye noticia, entrevista, perfil, recuadros de color, opinión y multiplicidad de fuentes. "Género híbrido que se vale de muchos otros", añade Sergio Pujol. Un libro periodístico, con un mínimo de medio millón de caracteres de computadora, equivale a unas veinticinco notas, muy extensas, de veinte mil caracteres cada una.

Ya nada es como antes

De acuerdo con el experimentado editor Avelluto, transcurrida la década del 90, esta producción literaria decayó notablemente y, según él, no le faltaron motivos. Enumera: "Los medios comenzaron a dedicar mayor espacio al género. Los temas de denuncias por corrupción se acumularon y se hizo difícil descubrir algo distinto. ¿En qué se diferencia la mafia del oro de los tiempos de Cavallo del escándalo por las coimas de Skanska en la época de Kirchner?". Y lo que agrega a continuación también es clave para comprender el parate: "El hecho de investigar y escribir, por lo menos durante un año, requiere de una financiación que no muchas editoriales están en condiciones de ofrecer; muchos trabajadores de prensa, además de sus tareas en redacción, acumulan participaciones en televisión, radio y hasta en Internet. Y esos múltiples compromisos les deja a los periodistas poco tiempo para un trabajo lento y riguroso como es la elaboración de un libro. Sin contar el hecho de que varios autores de éxito de décadas anteriores hoy publican sus análisis e investigaciones en tiempo real en sus propios blogs. Finalmente, el fenómeno de la atomización de la venta de libros (más ejemplares vendidos en total, pero de muchos más títulos) generó ventas más modestas y menos regalías para los autores". Isidoro Gilbert respalda la visión de Avelluto: "Una investigación requiere de fuerte respaldo económico de las editoriales, pero éstas no siempre desean correr ese riesgo porque creen que actualmente hay cierta saturación de mercado". Pujol acepta la existencia de una crisis, observa que la cambiante dinámica de la realidad perjudica la vigencia de los libros y también se pregunta si el motivo de la crisis no será la ausencia de temas. "¿Alguien puede perder su tiempo leyendo un libro sobre Alfredo de Angeli?", interroga, polémico. Fagnani aprecia que el período de gloria de los periodísticos fue relativamente breve: "Apenas seis o siete dentro de los veinticinco años de democracia. Fuera de ese momento, hay algunos libros de merecida repercusión, mérito que no debe adjudicársele al género sino a la pericia de sus autores". Sigal entiende que después del boom de los años 90, cuando la denuncia era, según él, "un deporte nacional", llegó la saturación. Y encuentra una cruda explicación: "Muchos libros aportaron datos escalofriantes, pero ¿cuántos detenidos o procesados hay como resultado de esas investigaciones?". Djament ubica en la crisis de 2001 "el momento en que las denuncias por corrupción comienzan a saturar a los lectores y –agrega, irónica– a los editores también. Ahí se inicia otra etapa, con una búsqueda más reflexiva sobre la reconfiguración social en el país", puntualiza.

Por su lado, Halperín critica el "marketing de la denuncia, que saturó al público. Por eso hoy se publica poco y se vende menos en esta materia". Se muestra duro frente a textos que, según su opinión, "jugaron el jueguito de la denuncia del político canalla de turno con un poquito de literatura policial, todo bastante descontextualizado. Eso promovió en la gente una mirada demasiado superficial de la política. Hoy, en los medios, se opina todo el tiempo, mucho en contra del gobierno, pero se investiga poco". Seoane opina que "el fuego fundacional de los libros periodísticos parece ahora haberse atenuado mucho. Es que un cuarto de siglo de democracia estabiliza pasiones y requiere no tanto de denunciar o develar el pasado sino de la comprensión del presente". Y es la misma Seoane la que observa que otro tipo de libros está ocupando lugares que antes pertenecieron a los de investigación. "Son igualmente necesarios, aunque menos urgentes. Son más de académicos que de periodistas. Y enhorabuena –casi brinda– porque para levantar el edificio de la democracia se necesitan intelectuales de talla más que cronistas de la historia." Fagnani piensa que el género sucesor será el de la crónica, "que también exige investigación, pero sobre todo mirada, estilo, prosa cuidada, tensión narrativa más cercana a la ficción que a la biografía". Pujol observa el crecimiento de "los libros de divulgación histórica que contienen alguna fuerte teoría conspirativa, que atraviesan décadas o capturan algún mal congénito de la argentinidad del tipo ‘los argentinos fuimos, somos y seremos chorros’". Díaz cuenta su experiencia: "Actualmente, el género se estabilizó y desarrolla más biografías no autorizadas de personajes del poder que denuncias de corrupción. Y en cuanto a ventas, fue superado en el rubro no ficción por rubros como crecimiento personal o historia argentina".

Avelluto elige dentro del extenso catálogo de la no ficción dos subgéneros que siguen con eficaces respuestas de venta: "Libros sobre la década del 70, todavía tan enigmática, y los libros de divulgación histórica en clave de reinterpretación". Y ofrece una premonición: "Los temas siguen estando y esperan a autores y a público. Los libros periodísticos son consumidos básicamente por opositores a los gobiernos de turno. Es posible que en meses o años próximos los enfrentados con el kirchnerismo generen un revival". Sigal piensa que es tiempo de barajar y dar de nuevo. "Escribir libros que reflejen las nuevas exigencias de la sociedad, crónicas muy bien contadas sobre la vida o los sueños de la gente, espejos de las cosas de todos los días. Y hay otra combinación posible: encontrar un tema distinto y que el narrador tenga una voz legitimada." Abós asegura que "la investigación es un procedimiento que el periodismo comparte con la historia y con la literatura. Los buenos libros de investigación periodística son aquellos que más se aproximan o que entran de lleno en la literatura". Un pensamiento que coincide con algo que quien esto escribe escuchó hace unos años en una mesa redonda en la Feria del Libro. La reflexión pertenece a Jorge Fernández Díaz, autor de libros periodísticos y de novelas: "Ojalá que la literatura nos ayude a escribir mejores libros periodísticos. Y que el periodismo nos ayude a escribir mejores novelas". Puede ser un camino. Que así sea.

DESDE EL PERIODISTA

¿Por qué un periodista se pone a hacer una investigación? Hay múltiples razones. Algunas pueden ser las siguientes:

  • Porque toma la decisión de convertirse en testigo cercano, calificado, de un tema, de una denuncia, de una historia de vida que lo apasiona.
  • Porque puede intervenir profundamente en un tema.
  • Porque encuentra en un libro una posibilidad de creación ilimitada, espacio suficiente y generoso, máxima libertad, ausencia de las presiones comunes en los medios (desde espacio a reparos empresarios, etc.). Podrá llegar lo más lejos que se proponga y sea capaz. Sólo al final su texto será revisado por los abogados de la editorial para ver si se pasó de la raya.
  • Por compromiso ideológico.
  • Porque en un libro no hay necesidad de primicias, aunque sí debe ofrecer rigor informativo, prolijo rastreo y chequeo de fuentes y atractivos recursos de narración.
  • RIESGOS DE UNA INVESTIGACIÓN PERIODÍSTICA

  • Sucumbir en el desorden,en la asistematicidad y en la impaciencia.
  • Darle más espacio a la omnipotencia que al esfuerzo; resignar datos verdaderos para erigirse en dueño de la verdad.
  • Al buscar la originalidad nos pasemos al territorio de lo fantasioso e incomprobable.
  • En el prestigioso The Washington Post también ocurrió. Fue en 1981. El diario había conmovido a sus lectores con la investigación de la periodista Janet Cook "El mundo de Jimmy", sobre un niño en peligro de marginalidad y muerte. Tras ganar el premio Pulitzer, su autora confesó que el tal Jimmy no existía y que su personalidad era la suma de diversos chicos de su misma o parecida condición social. El diario se tuvo que disculpar ante sus lectores y devolver el premio. El caso se convirtió en un llamado de atención permanente y una lección de qué puede ocurrir cuando la búsqueda del impacto se impone sobre la convicción ética. Por eso, en estas cuestiones conviene desechar lo posible y lo verosímil y tomar únicamente el rumbo de la verdad. Gabriel García Márquez lo explica en una de sus crónicas: "Si a un escritor, como yo, se le ocurre sorprender a su lector diciendo que los elefantes vuelan, nadie se lo va a creer porque el buen periodismo ha impuesto como verdad que los elefantes no vuelan. Pero si de la mano del tentador recurso de la precisión, alguien publica que vio a un grupo de elefantes por el cielo y que exactamente eran 326 el recurso será más creíble." Está claro: hay que dejar de mirar el cielo esperando ver pasar a una manada de elefantes. Porque eso será imposible de demostrar aunque sean exactamente 326.

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