
Los que aman, odian
Por Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
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El sueño es nuestra cotidiana práctica de locura. En el momento de enloquecer diremos: "Este mundo me es familiar. Lo he visitado en casi todas las noches de mi vida". Por eso, cuando creemos soñar y estamos despiertos, sentimos un vértigo en la razón.
Yo oía en un piano el Vals olvidado, de Liszt, el mismo vals que Emilia había tocado la noche anterior. ¿Estábamos todavía encerrados en el hotel, en medio de la tormenta de arena, con la muchacha muerta en su cuarto? ¿O inexplicablemente yo me había perdido y desandaba camino en el tiempo? Esa mañana me desperté con el ahogo y la ciega y angustiada necesidad de salir que algunos enfermos experimentan en el sueño de la anestesia. No podía abrir la ventana, pero con un frenesí de esperanza me disponía a salir del cuarto. Abrí la puerta: ningún alivio, la misma pesadez y la mente absorta oyendo el Vals olvidado.
Lentamente subí las escaleras. Ahora, como al despertar de un sueño, las cosas reales me asombraban y la música persistía como una última reliquia de la locura. Yo iba a su encuentro, receloso de perderla, con nostalgias, ya, del milagro.
Fragmento de "Los que aman, odian". Emecé, 1946
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