Los ricos Murphy y sus geniales amigos
Lanzaron tendencias, se rodearon de celebridades, organizaron las mejores fiestas, y protegieron a Scott Fitzgerald, que los traicionó. Eran el matrimonio de moda: millonarios, sensibles, artistas. Pero los envolvió la tragedia.
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MEDIO siglo después de haberlos conocido, sin haber salido aún de su deslumbramiento, Donald Ogden Stewart escribió acerca de Gerald y Sara Murphy: "Había una vez un príncipe y una princesa... Así debería comenzar, exactamente, una descripción de los Murphy. Ambos eran ricos; él era buen mozo; ella era hermosa; tenían tres hijos de oro. Se amaban, disfrutaban de su compañía mutua y poseían el don de hacerles la vida encantadoramente placentera a quienes tenían la fortuna de ser amigos suyos".
Para muchos de sus contemporáneos, Gerald y Sara Murphy fueron la hermosa pareja de los años ´20. Dejaron su impronta en numerosas obras de arte de esa época: Tierna es la noche, de F. Scott Fitzgerald; Las nieves del Kilimanjaro, de Ernest Hemingway; Vacaciones, de Philip Barry; J.B., de Archibald MacLeish; El gran capital, de John Dos Passos, y Mujer de blanco, de Pablo Picasso, entre otras. Sin embargo, su vida no fue un cuento de hadas; al final, rozó la tragedia. Amanda Vaill, escritora hábil y compasiva, nos cuenta su historia en una biografía maravillosamente amena (1). No es la primera, pero sí la más importante.
Sara Sherman Wiborg y Gerald Clery Murphy trabaron amistad en su adolescencia, en ese invernadero que era el mundillo social neoyorquino de la primera década del siglo XX. El padre de Gerald era el dueño de Mark Cross Company, una proveedora de marroquinería fina todavía en actividad. El de Sara era un industrial riquísimo. Su hija pasó gran parte de su juventud en The Dunes, una mansión de 30 habitaciones en East Hampton (Nueva York), o recorriendo Europa con sus padres y codeándose con la aristocracia inglesa. Cumplía su papel con un donaire natural, pero a regañadientes; encontró un desfogue inesperado para sus sentimientos en su amistad incipiente con Gerald Murphy, un muchacho desgarbado, cinco años menor que ella, que preparaba su ingreso en la universidad.
Gerald y Sara no se comprometieron hasta 1915, cuando ella tenía 32 años; para su época, ya no era una mujer joven. Aun cuando Gerald era un candidato adinerado, perfectamente elegible, a los padres de Sara les costaba aceptar que su hija se casara con "un comerciante". Los Murphy tampoco recibieron bien la noticia, no tanto por Sara, sino, más bien, porque parecían incapaces de aprobar cualquier acción de Gerald: su padre decía que había sido "una gran decepción" para él, que su visión de la vida era "enfermiza y retorcida".
Frente a estas familias frías y represivas, y lo que Sara llamaba "la pesada mano de las acompañantes", no nos sorprende que la joven pareja no haya visto en su matrimonio una atadura, sino el comienzo de una gloriosa libertad. Acariciaban el ideal tolstoiano de la pareja que vive y trabaja hombro a hombro, pero no era fácil practicar cumplidamente este modo de vida dentro de la esfera de influencia de sus padres. Así pues, en 1921 -para entonces, Gerald había participado en la Primera Guerra Mundial como aviador militar y estudiado, por un tiempo, arquitectura paisajista en Harvard- los Murphy zarparon hacia París con sus tres hijos pequeños (Honoria, Baoth y Patrick) atraídos por una tasa cambiaria favorable, el distanciamiento de sus familias y la electrizante vida artística de la capital francesa. La belle époque había terminado. Los Murphy entraron, entusiasmados, en la era moderna que habrían de engalanar.
El departamento parisiense de los Murphy era moderno y original. No fue allí, sino en Villa América, su casa en Cap d´Antibes, sobre la Riviera, donde los Murphy se hicieron famosos, dejaron su impronta indeleble en sus coetáneos y, al parecer, encarnaron al máximo la época y su estética. Hasta su llegada, la Costa Azul había sido un centro turístico estrictamente invernal, casi desierto en los tórridos meses del verano. Desde 1923, casi por sí solos, los Murphy la transformaron en un lugar de moda, invitando a su pequeña playa en La Garoupe a los Fitzgerald, los Picasso, Hemingway con sus dos primeras esposas, Fernand Léger y otros personajes fascinantes.
Gerald -de quien un amigo dijo que "dondequiera estuviese, siempre se convertía en un nativo"- adoptó una vestimenta informal que, con el tiempo, habría de ser una especie de uniforme en Cap d´Antibes: camiseta marinera rayada, alpargatas y gorra de pescador tejida. Sara se asemejaba bastante a esa beldad llamativa a la que Fitzgerald daría vida, como Nicole Diver, en Tierna es la noche: rostro "duro, adorable, enternecedor", traje de baño "con los breteles bajos, dejando los hombros desnudos", y su característica sarta de perlas realzando su bronceado intenso. Crearon a su alrededor un aura perpetua de lujo, festejo y diversión. "Sara est trés festin", señaló Picasso, complacido, al verla adornar con flores y hiedra el mantel para un picnic.
Scott y Zelda Fitzgerald trabaron una amistad especial con los Murphy. Sin embargo, nunca fue una amistad entre pares: los Fitzgerald eran más jóvenes y mucho menos estables; las mismas cualidades que los atraían en los Murphy -su riqueza heredada, su generosidad irreflexiva, su glamour, su aire de segura satisfacción con su matrimonio y sus hijos- generaron en los Fitzgerald una actitud envidiosa y defensiva.
Pese al talento y la inteligencia que los Murphy apreciaban en él, F. Scott Fitzgerald fue, sin duda alguna, uno de los peores palurdos entre los escritores norteamericanos del siglo XX. Murphy fue, demasiado a menudo, el blanco de los venenosos dardos de borracho de Fitzgerald. Sin embargo, jamás le retaceó su afecto, sus elogios y su respaldo moral y económico. Fitzgerald resultó, empero, un amigo nada confiable: en sus alusiones a Gerald Murphy, él y Hemingway fomentaron la imagen de un diletante consentido.
Murphy era modesto respecto a sus dotes, pero no era ningún diletante. A poco de llegar a París, después de haber visto una exposición de obras de Picasso, Derain, Gris y Braque, abrazó inesperadamente la pintura. Empezó a estudiar con la futurista Natalia Goncharova y, junto con Sara, ayudó a pintar las escenografías para los Ballets Russes de Diaghilev.
Gerald era un pintor infinitamente lento y meticuloso; en su breve carrera, produjo poco. Estos cuadros sorprendentes y contemporáneos demuestran que fue una especie de precursor del Pop Art.
La vida aparentemente encantada de los Murphy terminó, de manera súbita y definitiva, en 1929, cuando los médicos diagnosticaron que su hijo menor, Patrick, tenía tuberculosis. Gerald dejó sus pinceles -que se sepa, nunca volvió a tocarlos- y, en los siete años subsiguientes, Sara y él volcaron todas sus energías en su hijo.
En 1935, para consternación de todos, su hijo mayor, Baoth, que siempre había sido un chico sano y vigoroso, contrajo repentinamente una meningitis y murió. Un año después, Patrick perdió su larga batalla; tenía 16 años.
En 1937, los Murphy regresaron definitivamente a Nueva York. A partir de entonces, la vida conyugal cambió. Empezaron a cobrar nitidez discrepancias que habían existido desde siempre y, hasta cierto punto, la pareja se distanció.
La Mark Cross Company estaba al borde de la quiebra. En 1934, Gerald asumió, por fin, su dirección, y consagró el resto de sus años activos a devolverle su antigua prosperidad.
Recibían a viejos amigos y trababan nuevas amistades, por ejemplo, con Edmund Wilson, Dawn Powell y Calvin Tomkins. Este último escribió para The New Yorker un extenso artículo sobre los Murphy, Living well is the best revenge, que luego publicaría como libro. Gerald murió en 1964; Sara, once años después.
Otros escritores, incluso viejos amigos de los Murphy, los trataron con menos bondad que Tomkins. En sus memorias póstumas, Una fiesta movible, Hemingway los tildó de "bastardos" ricos. Vaill cita pasajes suprimidos en el libro donde Hemingway, con una malicia imperdonable -pensemos cuán generosos fueron con él-, comentaba: "Fueron nefastos para la gente, pero más aún para ellos mismos, y vivieron para tener, finalmente, toda esa mala suerte." Gerald reaccionó con su vieja mezcla característica de lástima e indiferencia resignada: "Qué extraño rencor o, mejor dicho, qué extraña actitud acusadora... ¡Qué ética chocante! Y, por supuesto, qué bien escrito".
Por Brooke Allen
Para La Nacion - Nueva York, 1998
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(1) Everybody was so young (Gerald and Sara Murphy: A Lost Generation love story), Boston: Houghton Mifflin, 470 páginas.
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El autor es escritor y crítico literario, colaborador asiduo de The New Criterion y The Wall Street Journal.
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