Luz argentina
UN EPISODIO EN LA VIDA DEL PINTOR VIAJERO Por César Aira-Beatriz Viterbo-96 páginas-($11)
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Heredero de una estirpe de pintores de batallas, Johann Moritz Rugendas (1802-1858) fue un maestro en el arte de captar la naturaleza y el color local. Apoyado por Humboldt, el naturalista que redescubrió América para el Romanticismo, Rugendas recorrió este continente desplegando una actividad febril en México, Brasil y Chile. La Argentina, en cambio, fue durante años una asignatura pendiente, que su mentor, Humboldt, le sugirió olvidar porque consideraba que sólo en las latitudes del Trópico se hallaba la diversidad que expresaba mejor la verdad del mundo. No obstante, Rugendas visitó la Argentina en dos ocasiones, recogiendo imágenes decisivas para la reconstrucción de la vida en estas tierras, en épocas en que no existían National Geographic, ni el canal Discovery ni, menos aún, la virtualidad de Internet. En sus dos incursiones, el objetivo era llegar al Río de la Plata, pero sólo pudo alcanzar las aguas "en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron", como dijo Borges, la segunda vez. El primer viaje lo hizo desde Chile, cruzando los Andes a caballo, en compañía de su colega Robert Krause, a comienzos de 1838: se establecieron primero en Mendoza y más tarde intentaron viajar a caballo hasta Buenos Aires, pero, a la altura de San Luis, una tormenta eléctrica espantó el caballo de Rugendas, que arrastró durante leguas a su jinete, colgado de un estribo, desfigurándole el rostro y dejándole un tic nervioso de por vida. Rugendas debió convalecer en Mendoza. En esos días, al enterarse de un ataque de indios a un puesto de correos, se internó con Krause en el campo de batalla, siguió a los indios luego de la lucha y pernoctó temerariamente con ellos, alrededor del fuego.
César Aira, uno de los pocos escritores argentinos realmente originales, recupera estas escenas en Un episodio en la vida del pintor viajero , una novela que se disfraza de biografía y apela por momentos a un temperamento ensayístico. Como en La causa justa , de su maestro Osvaldo Lamborghini, recurre a la mirada del extranjero para encontrar las claves de una Argentina agazapada en el reverso de las iconografías al uso. No agrega casi nada a la anécdota histórica, de por sí desmesurada, pero exacerba esa demasía con los recursos -ya habituales en él- que acercan su narrativa al cine de terror y a la historieta.
Con su singular aptitud para convertir en narración incluso aquello que parece inefable, Aira expone el episodio de Rugendas en su aspecto más jugoso: las posibilidades de representación del arte, cuando el artista es alcanzado por el rayo de un azar tan peregrino. Aira encuentra una cifra de ese misterio y logra inscribirla en su sistema personal e inimitable, vertebrado por la condensación y la continuidad pero también por los cambios de ritmo y de registro, la fascinación por la acción pura y la reflexión abstracta.
El resultado es esta breve e intensa novela: una pequeña máquina de fabricar belleza, una manera feliz de describir la a veces invisible luz argentina.
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