
Maestros en el museo
Fue presentado el catálogo de pinturas holandesas y flamencas de la colección del MNBA. Angel Navarro dirigió la investigación, editada por la Asociación de Amigos
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Las páginas del catálogo presentado el lunes en la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes son mucho más que el resultado de un sesudo trabajo de investigación de la pintura holandesa y flamenca que integra el patrimonio artístico de nuestro museo mayor.
Sólo mirando los epígrafes de las obras, cuándo fueron compradas y quiénes las donaron, se entienden muchas de las cosas que pasaron en la Argentina de los últimos cien años. También cómo se perdió el tren del crecimiento económico y junto con él la posibilidad de expandir las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes, verdadero faro cultural de América del Sur.
Fundado en 1896 por Eduardo Schiaffino, crítico de LA NACION, el MNBA ocupa la vieja Casa de Bombas de Obras Sanitarias de la Nacion (hoy Aguas Argentinas), que ha acompañado dignamente la transformación de la institución a lo largo del siglo XX.
Queda pendiente -si alguna vez regresaran los tiempos de bonanza-, la ampliación de las instalaciones. Así podrían colgarse pinturas y grabados que descansan en los depósitos, lejos de la gente y demasiado cerca de riesgos propios de espacios no acondicionados con criterios museísticos.
Por no estar expuesta, fue retirada del museo y enviada al exterior para ser rematada en Londres -donde todavía no se vendió- parte de la colección de los hermanos Piñeiro, médicos y coleccionistas, legada al Bellas Artes con cargo de exhibición.
Y no es éste el único caso. Tampoco se exhiben de manera permanente las obras de arte rioplatense donadas por María Luisa Bemberg, que se vieron en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) luego de un acuerdo sellado entre los Miguens Bemberg, hijos de la prestigiosa cineasta, y Eduardo Costantini, director del museo.
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Hombre de consulta de museos europeos y norteamericanos, el tucumano Angel Navarro fue el responsable de guiar los pasos de la investigación que legitima los cuadros holandeses y flamencos, consignando datos significativos de cada obra, un texto explicativo, procedencia, bibliografía y antecedentes. Se trata de información clave para la certificación de cuadros de los siglos XVI, XVII y XVIII.
El martes último, en el cumpleaños de uno de los anticuarios más refinados de Buenos Aires, el experto en Old Masters de Christie´s habló largamente de la dificultad en la catalogación de pintura antigua, hecho que incide directamente en su cotización.
Las obras de los old masters notocan la cima de precios que alcanzan cuadros impresionistas. También puede ocurrir que una catalogación errónea deje damnificados en el camino. Esto sucedió años atrás cuando un coleccionista argentino vendió una pintura italiana antigua por menos de cien mil dólares y se enteró por el diario poco después que el mismo cuadro se había vendido en un remate neoyorquino por cinco millones de dólares.
Era un Carracci. El dueño no lo sabía y el marchand -un corso que frecuentaba Buenos Aires a comienzos de los años noventa-, si lo sabía, no se lo dijo al dueño. El corso desapareció sin dejar rastros y no volvió al departamento que solía ocupar en Posadas y Montevideo.
Esta historia -negra para los propietarios del Carraci- da cuenta de la importancia de una correcta catalogación. Lo que vale para un coleccionista vale también, y en mucha mayor medida, para un museo.
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Dice Angel Navarro, en el prólogo, que la colección de arte flamenco y holandés de nuestro museo no es significativa en número, pero sí lo es para medir la evolución de la pintura del norte de Europa, especialmente del retrato, durante tres siglos marcados por la influencia de maestros como Van Dyck y, en el otro extremo, Rubens.
En este sector, el patrimonio del museo se vio enriquecido años atrás con la donación Hirsch, que entregó al museo una valiosísima colección de pinturas de los viejos maestros e hizo construir una sala -dotada de los últimos adelantos tecnológicos- para colgarla.
Es parte de la donación Hirsch el Retrato de un caballero, consignado como clave para entender la evolución en la técnica del retrato, sus implicancias estéticas, sociales y económicas en la Europa del siglo XVII. El catálogo precisa que el cuadro fue comprado por Alfredo Hirsch, en Buenos Aires, en 1947, como si fuera una obra de Frans Hals, pintada en 1622. Diez años atrás, un especialista en Hals determinó que la obra no era de su autoría y, por lo tanto, actualmente figura como original del Taller de Frans Hals.
La pintura apareció por primera vez en el mercado en 1927, en una subasta de Christie´s, y fue donada al MNBA por los Hirsch en 1983.
Un problema similar enfrentó Philippe de Montebello, el francés que dirige desde hace veinte años el Museo Metropolitano de Nueva York, cuando debió cambiar la catalogación de varios de los Rembrandt del Met, luego de finalizada la Rembrandt Research, investigación encarada por expertos holandeses para determinar cuántas eran realmente las obras pintadas por el maestro del claroscuro y autor de la célebre Ronda Nocturna .
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Además de centro de difusión, espacio legitimador de lo nuevo y también, en los tiempos modernos, atracción turística, los museos deben cumplir con su función primera: cuidar lo que se tiene, conocerlo, catalogarlo y preservarlo para el futuro, porque éste será el legado cultural que dejemos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos.
Buena, excelente idea, ha tenido la comisión de amigos presidida por Nelly Arrieta de Blaquier al tomar como corpus de análisis la pintura holandesa y flamenca que integra el patrimonio artístico del Museo Nacional de Bellas Artes.





