
María Antonieta: la diosa sacrificada
La publicación de la biografía María Antonieta: la última reina , de lady Antonia Fraser, y el próximo estreno de la película de Sofia Coppola han suscitado de nuevo el interés por una soberana cuya conducta estaba teñida del incipiente romanticismo que ya soplaba en Europa
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Acaba de llegar a las librerías argentinas la traducción española, hecha por Roser Vilagrassa para el sello Edhasa, de María Antonieta: la última reina (en el original inglés, Marie Antoinette, the voyage ), publicada por la historiadora británica lady Antonia Fraser en 2001. Sobre ella se basó el polémico film de Sofia Coppola, presentado en el reciente Festival de Cannes, con la actriz Kirsten Dunst en el papel de la reina.
Abundan las biografías de María Antonieta, desde la de los hermanos Goncourt en el siglo XIX hasta la considerada poco menos que canónica: la de Stefan Zweig, de 1932. De ésta provino el fastuoso film de la Metro, de 1938, con Norma Shearer como protagonista, todavía vigente pese a los casi setenta años transcurridos desde su realización. Es que la vida de esta mujer podría no haber tenido otra trascendencia que la de figurar en un árbol genealógico de la realeza europea, si no le hubieran tocado el lugar y la época en que giró una bisagra de la Historia, con mayúscula y, encontrándose ella en el centro mismo del tornado, debió asumir -sin quererlo y con singular entereza- un capital simbólico que, al conducirla a una muerte atroz, la convirtió en mártir y heroína romántica por excelencia.
La autora del libro, lady Antonia Fraser (nacida en 1932, hija del séptimo conde de Longford y, desde 1980, mujer del dramaturgo y premio Nobel Harold Pinter, a quien está dedicado María Antonieta ), tiene en su haber valiosas biografías de María Estuardo (1969) y de Cromwell (1973), un ensayo ( The Weaker Vessel , 1984) sobre vidas de mujeres en la Inglaterra del siglo XVII, ganador del Wolfson History Award; Las seis mujeres de Enrique VIII , La conspiración de la pólvora , y -algo frecuente en escritores ingleses- varias novelas policiales, protagonizadas por la imaginaria detective Jermina Shore. Narradora de raza, Fraser infunde amenidad a su impecable documentación y mantiene sin pausa el interés del lector; sabemos cómo termina la infeliz reina de Francia pero seguimos, fascinados, su derrotero fatal. Y, no obstante poseer la singular capacidad británica de controlar las emociones y la sobriedad de una prosa no exenta de humor, la autora consigue, en las últimas páginas, arrancar lágrimas de compasión frente a la crueldad de un tratamiento impío.
El espíritu de la época
Sin desdeñar el magnífico trabajo de Zweig, el enfoque de lady Antonia es muy distinto. Lo que habla del cambio en el espíritu de la época y en los métodos de investigación histórica, sobre todo a partir de la "nueva historia" de los franceses. Zweig, discípulo fervoroso de Freud, dio, en los años 30 del siglo pasado, un enfoque eminentemente psicoanalítico de la trágica historia de María Antonieta, subrayó el problema fisiológico de Luis XVI -una fimosis, o estrechez del prepucio, que hacía muy doloroso, o imposible, el acto sexual- y derivó de él la relación de la reina con el apuesto conde sueco Axel de Fersen. Fraser da menos importancia a la fimosis y hasta duda de que el rey se haya operado, en contra de la certeza de Zweig: parece ser que el problema se solucionó sin intervención quirúrgica, lo que es muy posible. Ambos biógrafos destacan, sí, la humillación que para la joven Delfina de Francia (cuando se casaron, ella tenía catorce años y él, dieciséis) suponía el soportar innumerables amagos de intimidad física, sin llegar a la consumación, y -en igualdad de importancia- la falta, durante varios años, de un heredero del trono.
Otro aspecto importante, menos atendido por Zweig y desarrollado con sagacidad y abundante documentación por lady Antonia, es la angustia sufrida por María Antonieta frente a la misión que implícitamente le confiaron su madre, la emperatriz María Teresa, y su hermano, el futuro emperador José II. Sin vueltas, le impusieron la tarea de servir a los intereses austríacos dentro de la corte francesa. En pocas palabras, ser espía extranjera en su propio reino. Misión imposible. Dentro de la fragilidad tradicional de las alianzas políticas, Austria se había comprometido con Francia para hacer frente a dos rivales peligrosos: Prusia e Inglaterra; pero ambos aliados, como ocurre siempre, se desconfiaban mutuamente. Asombra que los Habsburgo hayan pensado siquiera en que la adolescente archiduquesa podría interferir en este juego riesgoso. No sólo porque traicionaría a su país de adopción -y, aunque frívola, María Antonieta sabía ser leal-, sino porque la política no le interesaba en absoluto. Ella no se concebía sino como el sostén de su marido y la guardiana de los intereses de sus hijos, sobre todo del heredero. Esto la diferenciaba notablemente de su madre: María Teresa, hija del emperador Carlos VI (del Sacro Imperio Romano Germánico), había luchado con vigor para ser reconocida, a la muerte de su padre, como reina de Bohemia. Casada con Francisco de Lorena (medio alemán y medio francés, pariente lejano de la casa real de Francia), obtuvo para su marido el trono imperial y fue ella quien en realidad gobernó, con mano de hierro, durante cuarenta años y aun cuando su hijo, a la muerte de Francisco, lo sucedió como José II, muy dependiente de su madre.
María Teresa y Francisco tuvieron diecisiete hijos. Algunos murieron en la infancia: María Antonieta -Antonia, para su familia- fue la menor de las mujeres. No era bonita: una nariz importante, frente demasiado despejada y el característico labio inferior colgante de los Habsburgo. Se le reconocía la excepcional tersura de la piel, la elegancia del largo cuello, la gracia con que llevaba erguida la cabeza y con que se movía, como si sobrevolara sin pisar el suelo. También, la encantadora sonrisa y la afabilidad de sus modales: hasta en el momento de subir a la guillotina, se le oyó pedir disculpas a monsieur le bourreau por haberlo pisado sin querer. Carecía casi por completo de concentración, había tenido una pésima caligrafía y no se expresaba correctamente. Sin embargo, a fuerza de tenacidad -el lado opuesto de su temperamento ligero, volátil: era testaruda y encaraba sin miedo los desafíos- llegó a desenvolverse con soltura en un idioma tan complejo como el francés, se convirtió en una lectora frecuente y, sobre todo, adoraba la música. Tocaba admirablemente el arpa, su instrumento favorito, cantaba y bailaba con gracia y fue alumna y protectora de Gluck, al punto de lograr, con sus aplausos entusiastas, modificar la inicial actitud de rechazo con que se recibió Ifigenia en Aulide al ser estrenada en París.
En pleno diluvio
Antonia Fraser desecha la famosa anécdota según la cual, al planteársele la hambruna que sufría el pueblo de Francia, la reina habría respondido, con cínica altanería: "Si no tienen pan, que coman brioches ". La frase pertenece, en realidad, a una lejana antepasada de María Antonieta: la infanta María Teresa de España, mujer de Luis XIV. Así como esa leyenda apócrifa, sobre la reina fueron acumulándose prejuicios y rumores insidiosos, a medida que la monarquía se desprestigiaba y los filósofos socavaban sus ya vacilantes cimientos. "Después de mí, el diluvio", habría dicho Luis XV, si es que lo dijo.
Los problemas sexuales del Delfín y su mujer tomaron estado público en parte por la malignidad de Madame Du Barry, la última amante titular de Luis XV, despreciada por María Antonieta, en parte por la difusión pública de los chismes de la corte y también por la sospecha con que fue siempre tratada la princesa austríaca, aun antes de llegar a Francia. Una de las famosas Grandes Tantes, las tías del rey, las hijas solteras de Luis XV, que pasaban sus días vacíos entre chismes y devociones, dio en llamarla l autrichienne , pero separando cuidadosamente las sílabas de modo que sonara autruche (avestruz) y chienne (perra). Llovían a diario libelos y calumnias sobre su conducta, su reputación, sus gastos. Estos eran desmedidos, sin duda, pero respondían a una tradición de la corte francesa: ningún miembro de la familia real quería ser menos ostentoso que el otro. Millones de livres , la moneda de la época, se derrochaban en el inmenso palacio de Versalles, en ceremonias y cargos inútiles, algunos de ellos duplicados y triplicados sin razón (había 1.500 chambelanes, por ejemplo). El estricto protocolo, sujeto a las reglas fijadas un siglo atrás por Luis XIV (Luis XV era su biznieto, Luis XVI era nieto de éste) llegaba a la ridiculez, algo que no se le escapaba a María Antonieta, criada dentro de una etiqueta severa en la faz pública pero sumamente elástica y hasta prescindible en lo doméstico.
Pese a tanta minucia, la realidad era que cualquiera podía entrar en el palacio y recorrerlo sin ser molestado. Los visitantes ingleses, en especial, se asombraban de tanta libertad: Fraser recuerda la anécdota de los turistas (diríamos hoy) británicos que se vieron de pronto envueltos en una horda de perros cocker, pertenecientes a las Grandes Tías, que se habían soltado por accidente de los criados que los llevaban y atravesaban, en loca carrera y a ladrido limpio, la Galería de los Espejos. Las mujeres que atendían los puestos de los mercados de París estaban autorizadas, por una tradición antiquísima, a pasearse a su antojo por los salones e increpar a quien se les diera la gana. María Antonieta tuvo una vez un anticipo de aciagos acontecimientos futuros cuando un grupo de ellas, al verla, la insultaron a gritos y palabrotas sobre su ausencia de hijos y su presunto libertinaje.
Con especial atención a detalles, sobre todo domésticos, que pintan al personaje y a su tiempo con trazo magistral, Fraser rescata a su biografiada de los numerosos equívocos que la condujeron al patíbulo. Cómo esta mujer frívola y derrochadora se transformó, por la fuerza de las circunstancias y de su fibra moral, en una figura ejemplar, a través de un juicio amañado y cuya sentencia estaba dada de antemano, conforma la parte final de un relato apasionante, en el cual el célebre affaire del collar pone una nota casi detectivesca. Puede concluirse que María Antonieta fue víctima, entre otras cosas, del incipiente romanticismo que ya soplaba en Europa, uno de cuyos preceptos (al que no es ajena la prédica de Rousseau) era la búsqueda de una libertad individual absoluta, opuesta a principios elementales de convivencia social. No cabe duda de que el viejo orden debía ser reemplazado por otro, más justo. Que ese reemplazo se hiciera sobre todo mediante la guillotina, es discutible hasta hoy, cuando algunos de aquellos preceptos reviven en ideologías perversas.
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