
Max Ernst, el mago
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París.- POR segunda vez, pues ya en 1991 se le consagró una gran retrospectiva a la obra de Max Ernst, el Centro Georges Pompidou de París le rinde homenaje a este pintor francés de origen alemán. Con respecto a su nacionalidad, Ernst dirá: "Nací en Alemania en 1891, pero maldito en mi país natal, viví en París con un nombre supuesto hasta que debí expatriarme a los Estados Unidos de Norteamérica, lo que me permitió regresar a Francia y naturalizarme francés. Tres nacionalidades sucesivas para una sola vida no está mal".
Esta exposición exhibe la trayectoria de un artista mágico y sugestivo a través de los paisajes y las diversas casas en las que habitó. Sus primeras esculturas fueron creadas en su ciudad natal, Brühl, y principalmente en Colonia, donde se vinculó con el movimiento dadaísta. El dadaísmo se había iniciado en Zurich en 1916 y a él pertenecieron plásticos y poetas. El cabecilla de los dadaístas fue el rumano Tristan Tzara, autor del "Manifiesto Dadá" de 1918.
Al año de su llegada a París, Ernst compartió con Gala y Paul Eluard un departamento y se entretuvo en decorar las paredes con pinturas murales. Más tarde, durante unas vacaciones con Alberto Giacometti, creó, sobre piedras halladas en el lecho de un río, esculturas antropomórficas que luego fundió en bronce.
Resulta casi imposible enumerar la profusión de esculturas y la diversidad de materiales característicos del período dadaísta de Max Ernst, que si tuvo fantasía en su creación, tampoco se privó de llevar esas variaciones a su vida personal. Contrajo matrimonio con distintas mujeres: Peggy Guggenheim, Leonora Carrington, Dorothea Tanning, Marie-Berthe Aurenache y, según parece, mientras a una le hacía pasear su perro, a la otra debía pasearle el perro...
Para Ernst, "la escultura se hace en un abrazo, a dos manos, como se hace el amor. Es el arte más simple y el más primitivo". Los títulos de sus esculturas procuraron complementarlas, de una manera tan sorprendente como insospechada. Es lo que sucede con Profesores para una escuela de asesinos, tres grandes figuras asimétricas de piedra (acaso inspiradas en estatuas egipcias o tal vez en Irma la dulce, de Billy Wilder, filmada en 1963, con sus grotescos Mostacho, Hipólito y Patou). Las esculturas de Max Ernst exacerban su vínculo con el espacio, con el ánimo de lograr la tensión y la brusquedad. ¿Será por eso que los malandrines sacan la lengua al espectador?
Las piezas, que suman más de 100, y las grandes pinturas muestran, en el Centro Pompidou, el universo de un creador que llevó su originalidad al mundo plástico. Tampoco se molestó en detalles narrativos y por eso los títulos son los que permiten con frecuencia descifrar alguna referencia más o menos disimulada entre las alusiones y las intenciones. A sus amigos, los mencionaba con una denominación extraña como si el título, sobre todo en el período dadá, poseyera una función integradora. Quizás muchos supieron el secreto de Los espárragos de la luna, o el de sus Edipos, figuras en cemento o el de El imbécil, en bronce. No obstante, debe decirse que pocas veces Max Ernst cedió al efectismo. Sus amigos (entre los que cabría mencionar, además de Paul Eluard, a Arp, Jo´ Bosquet, Patrick Waldberg, Robert Lebel, André Pieyre de Mandiargues, Georges Bataille y Balthus), advertían que la escultura conservaba fundamentalmente un papel dialéctico. el público vivía experiencias sorprendentes al mirar el trabajo, como preconizaba Ernst, desde diversos ángulos, pues tanto la cara anterior como la posterior poseían un análogo. Ernst, que falleció en París en 1976, buscó y halló una simplicidad plana, geométrica, esquemática tal cual lo hicieron los indios de América.



