
Memoria de una lectura
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Por Paul Auster
Para LA NACION -NUEVA YORK, 2007
Era la primavera de 1970. Yo tenía veintitrés años. Escribía y traducía poemas, escribía ensayos y reseñas críticas, pero también soñaba con escribir novelas algún día. Por entonces, ya había leído a casi todos los grandes maestros del siglo XX -Joyce y Proust, Kafka y Beckett, Faulkner y Nabokov, Fitzgerald y Céline- y me sentía algo abrumado. ¿Cómo alguien en la tierra podría escapar de la sombra de esos gigantes?
Cierto día leí una reseña muy entusiasta sobre la novela de un escritor sudamericano que me era completamente desconocido. En ese momento, hace ya veintisiete años, comprar libros de tapa dura era una extravagancia que no podía permitirme, pero mi curiosidad creció a tal punto que de todas maneras salí a buscarlo. Comencé a leer Cien años de soledad después del mediodía y no lo solté hasta que lo terminé, ya tarde, esa noche. Allí había algo nuevo y fresco y, a la vez, seductor: una imaginación, una voz, una sensibilidad sin la menor semejanza con nada que yo conociera. Esa novela de García Márquez, traducida de modo magistral por Gregory Rabassa, contenía también muchas de las virtudes tradicionales, que podría resumirse en una sola frase: saber contar bien un cuento.
Ese amor por el relato es lo que crea placer en el lector, la sensación de asombro y felicidad que nos embarga cada vez que tropezamos con uno de los raros libros que cambian nuestro modo de mirar el mundo, y abren ante nosotros las infinitas posibilidades de lo que una novela puede ser. Todo lector apasionado ha tenido esa experiencia, y cada vez que sucede comprendemos que los libros son un mundo en sí mismos, y que ese mundo es mejor y más rico que otros en los que nos habíamos aventurado. Esa es la razón principal por la que, ante todo, somos lectores. Esa es también la razón por la que nos apartamos de las vanidades del mundo material y empezamos a amar los libros por sobre todas las cosas.
El texto precedente ha sido cedido en exclusividad para el Cono Sur por el autor .
Traducción: Tomás Eloy Martínez


