Memoria del Tajo y del río mi aldea
El Premio Nobel de Literatura 1998 evoca el curso de agua que nace en España, en la Sierra de Albarracín, y que, llegado a Portugal, cambia su nombre y se convierte en el Tejo. A orillas de su recorrido, cambian los paisajes, las ciudades, las lenguas y los hombres, convocados por el poder bienhechor de su corriente. Además, Sergio Ramírez, ex presidente de Nicaragua, que obtuvo recientemente el Premio Alfaguara con Margarita está linda la mar , traza un cálido retrato de su amigo portugués.
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EN España, donde nace, le dieron el nombre súbito de Tajo, palabra brusca, incisiva, que significa corte profundo hecho con un instrumento filoso -entiéndase, en nuestra frágil y precaria carne- y también, por extensión y analogía, el surco abierto por un río en las tierras que va atravesando, o de las que simplemente se aprovecha, como un navajazo que ha dejado abiertos para siempre los bordes de la herida. A este río, de tan formidable bautismo en sus orígenes, nosotros, los portugueses, le cambiamos el rostro y lo llamamos Tejo, palabra mucho más suave, blanda y dulce al oído, ya fuese por dificultades específicas de emisión de nuestro aparato vocal o por el simple hecho de que el río de acá y el de allá son completamente distintos.
Dejando a un lado los cincuenta kilómetros de curso internacional en que el río no sabe qué nombre tomar -en su orilla derecha, los portugueses empiezan a llamarlo Tejo y, en la izquierda, los españoles aún se empeñan en pronunciarlo Tajo- y las empinadas paredes rocosas de la Sierra de Muradal que en su entrada, a la altura de Vila Velha de Ródao, le sirven de imponente umbral, el Tejo -desde ahora, y hasta el final, llevará ese único nombre- poco a poco se va dejando encauzar por lechos nuevos y espaciosos, por campos lisos como la palma de la mano donde, ondulando perezosamente entre las verdes orlas de las riberas, reposa de los mil accidentes y espumas del viaje. Aquí y allá, bordea playas de arenas blancas centelleantes bajo el sol; de vez en cuando, recibe el sobrio tributo de afluentes que pronto engrosarán su caudal, antes de unirse a las aguas saladas del Mar de Lisboa y tornarse primero en estuario, después en océano.
La linfa primera y pura del Tejo, el agua de sus orígenes, brota entre las piedras de la Muela de San Juan, en la Sierra de Albarracín, a mil seiscientos metros de altura y a mil kilómetros de su desembocadura. Como todos los grandes ríos del mundo, tardará en encontrar su destino: busca, tantea, se demora en el camino a llenar las simas naturales con que las montañas quieren retenerlo, las represas y las albercas que la industria del hombre le arroja al paso, y después, como si nada, prosigue su curso impávido, con dos palmos de fondo cuando los azares de la orografía no dan para más. Nada se parece tanto a la vida como un río.
Los ríos no buscan la compañía de los hombres; son los hombres quienes buscan la compañía de los ríos. Construyeron una cabaña sobre la orilla, extendieron las tablas de un barco, tejieron las mallas de una red, curvaron y armaron un anzuelo: ésos fueron los pescadores. Más tarde, vienen otros, o los mismos, porque no sólo de peces vive el hombre, y éstos llevan la transparencia del agua a las opacidades de la tierra y de la unión de esa claridad y esa oscuridad hacen la simiente y el fruto. Sobre la cabaña se construyó una casa, sobre la aldea una ciudad, sobre la ciudad una idea: desgarradores sones de guitarra nacidos, visiones fantásticas de pintor, formados y traídos por la corriente desde el país vecino, amor fatal del caballero perdido de amores por una doncella llamada Iria, a quien mató por habérsele resistido, y que, ya santa, vino a dar nombre a la ciudad de Santarém. Ojos verdes que se empaparon del color del agua verde, historias míticas y románticas de este lado de Iberia.
Cuando llega frente a Constância, en la confluencia con el Zézere, y comienza a desviarse francamente hacia sudoeste, el Tejo cambia sus modales y su fisonomía, deviene en esa mansedumbre, esa trenza líquida reluciente y sinuosa que se escurre por entre los brazos extendidos de las orillas, teorías interminables de árboles a los que, por milagro, la imaginación humana supo dar nombres perfectos: fresno, sauce, álamo, haya, aliso, entrelazados con cañas y matorrales como un laberinto en el que acabaríamos por perdernos irremediablemente si no fuese por el suspiro de la corriente que pasa a nuestro lado, el aroma embriagador del gran cuerpo líquido, el centelleo de la luz a través del follaje, el chapoteo del agua levantada por unos remos. Aunque, en verdad, hoy son pocas las barcas que navegan por el río con técnicas tan primitivas.
Pero llega la hora en que el dócil Tejo ve engrosarse y encresparse sus aguas cargadas de lodos, de fango denso y fecundo hecho de múltiples materias orgánicas en suspensión: carne de animales, estiércol, fibras y hojas de plantas maceradas, amalgamado todo en el enorme almirez del invierno. El Tejo es entonces un dios sombrío, irritado, pero benévolo y condescendiente a pesar de todo porque empuja sin atropellar, muy rara vez ahoga a alguien y nunca, o casi nunca, se enfurece al extremo de alzar el martillo pilón de los torrentes devastadores. Su mal genio se manifiesta, sobre todo, en movimientos insidiosos, en vueltas y rodeos por las costas y si, de vez en cuando, alza la voz más de la cuenta es porque le pusieron por delante un dique, un pontón, una barrera. No obstante, no los arrasa; les pasa por encima con aire de suficiencia, con la indiferencia de un rey que ni siquiera se digna mirar por dónde pisa.
A flor del agua, recogiendo tal vez sus exhalaciones propicias, corre aquel viento genesíaco que, según cuentan antiguas leyendas, fecunda a las yeguas del campo, ese soplo que sacude y agita las ramas altas de los árboles, que estremece y frunce el verdor de las hierbas y las barbas del maíz, que sustenta el blanco aleteo de las cigüeñas y el negro planeo de los milanos. En el altísimo cielo caben todas las nubes y aún sobra espacio para el vuelo rápido y sin límites del martín pescador pechiazul. Caben las miradas del pueblo ribereño midiendo las promesas y los temores del sol y de la lluvia. Si es verano, el Tejo recobra su mansedumbre y sinuosidad serpenteando entre extensos bancos de arena fina salpicada de escamas delicadas, de fragmentos desprendidos de conchas muertas que, como minúsculos espejos, ofuscan la vista en el aire trémulo de las horas tórridas. Y cuando vuelve el invierno, el río, como si debiera cumplir un nuevo deber, cobra impulso en el rellano de las arenas, invade las tierras en barbecho, transforma los olivares en plantaciones acuáticas, expulsa de casas y apriscos a la gente resignada y a los animales. Unos y otros ya han heredado, por los ojos y la costumbre, la ciencia inmemorial de las crecidas.
Este Tejo es un ser vivo en el que han venido a incrustarse, en una especie de simbiosis, otros seres vivos. Entre él y ellos hay un diálogo, una conversación hecha de silencios, una comunicación muda entre sangre y sangre, que no supieron traducirse en cantares e historias comunes, tal vez, suponemos, porque el pueblo ribereño trata a su río con excesiva familiaridad. Conoce sus viejos hábitos y sus nuevas mañas, ha trazado el mapa de sus remolinos y sus arenas movedizas, ha sondeado sus abismos, ha medido su fuerza. Hasta dan ganas de decir que no lo toma del todo en serio, ni siquiera cuando la corriente de aguas turbias trae sufrimiento, privaciones y luto. El río pasa y el hombre está allí, y este pasaje constante, esta presencia continua, con el tiempo acabarán por trabar una relación de necesidad mutua en la que el hombre, hoy o mañana vencido, siempre saldrá victorioso por ser el más paciente de los dos.
Cuando, en la clase de geografía de las antiguas escuelas primarias, los pequeños alumnos eran llamados a recitar la lección para demostrar sus conocimientos acerca del río Tejo, el de su patria, antes de comenzar la letanía de sus afluentes, decían: " Nasce na Serra de Albarracin, em Espanha ", sin saber, ni aun aquellos dotados para la poesía, que estaban entonando un verso dodecasílabo. Este río, que corre y canta en Portugal desde antes de que existiera un Portugal, modeló el rostro de una tierra, le dio la belleza serena de los horizontes, la melancolía peculiar de los espacios abiertos y llanos. Aquí lo llamamos Tejo, río y palabra, calle de agua, camino andante donde los hijos del tiempo hacían navegar sus barcas de corteza, donde los viejos de ayer y de hoy posan la vista para reconocer, en el río que pasa, las señales del paso de su propia vida. Ninguna geografía lo enseña, ningún niño lo aprendería, pero siempre llega un momento en que descubrimos que el verdadero lugar de los ríos es la memoria.
Don José
LE pregunté a Don José, en aquella comida en el Palacio de San Ildefonso en México, si el nombre de su personaje de Todos los nombres , don José, lo había escogido en homenaje a sí mismo. Y me respondió con esa sonrisa humilde que lo desarma, pero desarma antes a su interlocutor, que le había puesto don José a su personaje porque no se le había ocurrido otro nombre más humilde. Ya estaba antes Don José el carpintero en las páginas de su Evangelio según Jesucristo , y ahora don José nos salía con este otro Don José el amanuense.
Don José el amanuense. Un oscuro burócrata, muy humilde, que se pasa la vida asentando nombres de muertos en el registro público y vive allí mismo, soltero y solitario, y desde público y vive allí mismo, soltero y solitario, y desde esa soledad comienza a vivir una inmensa historia de amor, dramática, misteriosa, sorpresiva, pero un amor de papeles como corresponde a un cumplido amanuense. Una alegoría, una novela negra, una novela de amor.
El amanuense don José, enamorado de una mujer desconocida que es sólo una ficha en el registro, sale a buscarla en la gran aventura de su vida, y vuelve al final para comparecer delante del gran registrador, dueño de los destinos, vidas y muertes, dentro del sombrío edificio antiguo donde están registrados todos los nombres.
Le pregunté también a Don José, con esa impertinencia que uno pone al interrogar a los escritores que a lo mejor ya han olvidado los detalles de la trama del libro porque están dedicados a urdir la del siguiente, si Pastor de El Evangelio según Jesucristo era el mismo Pastor que al final de Todos los nombres acerca su rebaño de ovejas al cementerio donde don José el amanuense busca la tumba de su amada, el diablo vestido otra vez de pastor de ovejas. Aquel Pastor que en medio del lago Tiberíades, solo con Jesús en una barca solitaria, lo interroga, y lo tienta, uno de los más bellos pasajes de todas las literaturas. Me dijo Don José, con sonrisa compasiva, que sí, que tal vez.
Era en marzo cuando estábamos en México esa vez, para el encuentro "Geografía de la Novela" convocado por el Colegio Nacional. Don José aparecía esos días en todos los periódicos hablando con dignidad y valentía sobre Chiapas. Nos habíamos encontrado por primera vez la tarde anterior, en el acto presidido por Cuahtemoc Cárdenas en que México era proclamada ciudad de refugio para los escritores perseguidos. Fui directo a él por su imagen de las fotos, y por aquella sonrisa suya tan cálida y tan franca, fue como si nos hubiéramos conocido desde siempre.
Ese hombre con cara de profesor universitario, de estatura imponente y andar juvenil, tez morena y lentes de gruesa montura, está sonriendo siempre con tranquilidad salvo cuando se enoja a fondo en defensa de las buenas causas, frente a las que no puede ser sino radical a fondo.
Nos habíamos encontrado otra vez en Madrid, en los ritos multitudinarios de la Feria del Libro del Retiro. Parvadas de lectores yendo y viniendo por las alamedas, cada oveja con su pareja, diríamos, cada rebaño con su pastor, cada escritor en su caseta, unos con su cola de lectores devotos como don José, firmando con pausas cordiales; otros suspirando por los lectores, como una enamorada en su ventana, toda una feria de las vanidades, como la de Thackeray en su novela inolvidable.
Ahora era junio en Lanzarote. Entró don José con Pilar, su mujer, a la Casa de la Cultura de Arrecife, frente a los arrecifes de la playa de pocos bañistas, en el atardecer del principio de otoño, como un vecino más, tranquilo y circunspecto (si hubieran sido los años treinta a lo mejor hubiera llevado sombrero panamá, y si principios de siglo, bastón con empuñadura de plata), para asistir a la presentación de mi novela Margarita está linda la mar . Un famoso tan famoso por los pasillos, dando sin protagonismo sus puntos de vista a la hora del diálogo con el público desde su asiento de primera fila, y luego por las calles para subirnos al pequeño coche, cruzándose con los turistas alemanes, rojos como langostas cocidas, como seguramente Robert Graves andaba por las calles de Dejá en Mallorca, lejos de todo alarde publicitario.
En el restaurante de Puerto del Carmen seguimos hablando de literatura, y un poco de soslayo hablando del Premio Nobel, ése es un tema que a don José no le gustaba mucho, y decía Pilar: "Cada vez que se acerca el anuncio del ganador, acampan los fotógrafos y los camarógrafos frente a la casa, y sólo se van cuando no hay nada, se lo dieron a otro". Pero también hablamos, y bastante, de América Latina. Don José es esa clase de profeta laico que explica sus posiciones como analista, con opiniones reposadas y seguras, pero irreductibles.
Y por fin quiero contar esto último. Saliendo esa alta medianoche de su casa de Los Topes, en el poblado de Tías, las casas blancas en el paisaje de hierro de Lanzarote, le dije: "Don José, éste será el último año que tendrá a los fotógrafos y a los camarógrafos acampando frente a su casa"; y me hizo un gesto con la mano, como apartándose de la cara la idea, sonriente, qué va a ser.
Y fue. Le han dado el premio Nobel a un gran escritor de este siglo, se lo han dado a la lengua portuguesa, que es como dárselo al mismo tiempo a Eça de Queiroz, a Pessoa, a Machado de Assis, a Guimaraes Rosa; pero también se lo han dado a la lengua española, porque Don José es muy nuestro. Y a la dignidad que él representa.





