
Mirada femenina
TODOS AMAMOS EL LENGUAJE DEL PUEBLO Por Susana Silvestre-(Simurg)-175 páginas-($ 20)
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El nuevo libro de relatos de Susana Silvestre combina las premisas de lo que ha dado en llamarse "literatura femenina" con la intención de retratar algunos aspectos de la crisis social y económica de la Argentina en los últimos cincuenta años. Autora de las novelas Si yo muero primero (1992), Mucho amor en inglés (1994) y No te olvides de mí (1995), Silvestre construye en este libro narraciones de clara marca autobiográfica, en las que se retratan diversas puestas en acción de la "femeneidad" de sus protagonistas. La relación con el padre y con otros hombres, los recuerdos de la dictadura, las visitas a la peluquería, a una Asamblea Piquetera o al 80° Aniversario del Partido Comunista se ofrecen como las ramificaciones de una experiencia femenina que parece ser, más allá de los escenarios, el principal foco de atención.
Si bien las protagonistas de los relatos difieren en sus nombres, hay un solo sujeto que capta el punto de vista de la narradora: una mujer nacida en la década del 50, militante de izquierda en la década del 70 y escritora en la década del 90. Un origen de clase obrera, un ascenso a través de la universidad y un idealizado amor al padre muerto completan el perfil de la mirada que organizará cada uno de los episodios. En este sentido, el guiño autobiográfico de Silvestre resuelve la preocupación por crear una voz que se distancie de las protagonistas, dado que a fin de cuentas, se está hablando de una única y a la vez "genérica" mujer.
Sin embargo, el excesivo apego autobiográfico de la voz narradora termina obturando, en el nivel formal, el ingreso de la voz y de la identidad de los otros personajes. Hay un intento no resuelto de acercar la voz que organiza los relatos (su lenguaje, su mirada, su ideología) con aquella realidad ajena al mundo femenino de las protagonistas, un mundo que no sólo se define en términos de género sino también en términos de clase, en términos generacionales y, en algunos casos, en términos de raza ("soy blanca"; ellos, "todos negros, obvio".) Este aspecto no sería atendible si el libro no demostrara -además de su enunciación de lo "femenino"- un marcado interés por reflexionar sobre temas políticos y sociales. Pero como este interés es explícito (prueba de ello son las reflexiones sobre la pobreza, el movimiento piquetero, el gobierno de De la Rúa, el "fracaso" de la izquierda, la represión de la dictadura, etc.), debemos decir que la autora no logra crear un lenguaje que se sustraiga de lo monológico y de lo puramente autorreferencial. En consecuencia, la voz y la identidad de "los otros" -el pueblo, los hombres, los piqueteros- desaparecen bajo el filtro de una narradora que explica, sentencia o traduce según sus propios parámetros.
El lenguaje del pueblo, por ende, sólo cobra entidad en el título del libro, dado que en el interior de los relatos se asiste a una monocorde narración que diluye las diferencias, corrige estilísticamente las voces y retorna, una y otra vez, hacia el "yo" de la protagonista. El ejemplo más cabal de esta contradicción lo representa el relato "Yo no quiero que a mi hijo le digan que es piquetero", en el cual el estilo neutro y depurado de los discursos de los delegados piqueteros, las referencias al olor del pueblo "producto de sus pigmentos" y las sentencias morales rayanas al lugar común dan testimonio de una indecisión formal e ideológica que el texto no resuelve: cómo nombrar lo otro, cómo renunciar al narcisismo de lo propio.


