Mis escritores muertos
En este texto inédito, entre el ensayo y el testimonio personal, el autor recuerda a Héctor Libertella y Jorge Di Paola, dos autores en los que encuentra un modelo de sinceridad y la excusa para presentar una teoría del arte como sacrificio
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Es autor de la novelas La perla del emperador, Los elementales, Matilde, El perseguido, Nina y Derrumbe, del libro de cuentos El ser querido, y de las obras de teatro La China (con Sergio Bizzio) y Adiós Mein Führer
Ayer me dijo una amiga: "Soñé que te morías". Ahora, escrito, el "te" tiene algo de intencional: como si yo hubiese estado asesinándome en su sueño, suicidándome para que la frase se cumpliera.
Estoy en el bar Varela Varelita, en una mesa que es un reclinatorio, y más allá, apenas en lo alto, en el altar de una columna, cuelga un retrato en blanco y negro de Héctor Libertella. Me mira. Las dos manos alzadas. Por un momento, parece que estuviera pensando en impartir una bendición, pero los índices van hacia abajo, dirigidos a golpear el teclado: Héctor es el segundo escritor que se "me" murió.
El primero de "mis" escritores fue Jorge Di Paola, "Dipi". A Dipi lo conocí en el bar La Paz. Nos presentó mi novia de entonces, que era su discípula. A Dipi le gustaba rodearse de admiradoras; así mejoraba el modelo misógino-apostólico que inauguró Witold Gombrowicz, un autor lleno de intenciones y carente de gracia al que reivindicaba como su maestro. En gestos como ése residía uno de los núcleos de su generosidad: no tenía ningún problema en exaltar la obra de escritores muy inferiores a su talento. Dipi era un tipo feliz, o al menos trabajaba para vivir en un estado de alegría. Amparaba a los amigos y les cocinaba, bebía hasta enojarse, pagaba cenas a personas que tenían más plata que él, escribía extraordinariamente bien y publicaba muy poco. Su novela Minga! preanuncia (o quizá vuelve innecesario, epigonal, puramente ilustrativo) el estado de fisión al que aspira la mejor literatura contemporánea: disolución de la identidad del personaje y puesta a punto de la narración como recuento de destinos sometidos a combinatorias de series improbables.
Dejo a otros la exégesis de esa obra; la crítica no es mi fuerte y hace mucho que presté Minga! , me la robaron o la perdí. Da igual. A medida que voy envejeciendo, la literatura cada vez más resulta para mí efecto de un recuerdo, la exhumación del estado que en su momento me produjo una lectura, el examen memorioso de la posición del narrador y del alma del autor. Y el narrador de Dipi no posaba, no se hacía el inteligente ni el compadrito, no quería hacer quedar bien al autor por interpósito fantasma. Era una voz en estado de transparencia, como él: un artista que sabe que su única obligación es llevar a un punto de extenuación y máximo desgaste a sus materiales. Por eso me acuerdo de la impresión que me produjo "La forma". Ese cuento puede leerse de manera tradicional, está bien, la prosa fulgura, y al término satisface la demanda del lector que reclama la zoncera de la comprensión y el sereno beneficio espiritual que acompaña a la restitución de un orden. Y sin embargo, de alguna manera, sin particulares estridencias, Di Paola se las arregla para invalidar toda la teoría que postula la supremacía del cuento como artefacto. En "La forma", hasta lo que se oculta -sobre todo eso- está a la vista .
Y aquí encuentro lo que -para mí- une a Dipi con Libertella: el acto de escribir sin reservas ni ocultamientos. Esa acción de sinceridad pura vuelve al autor un profeta del asunto. Olvidemos la tecnología como metáfora imperante, volvamos a la antigüedad, al cuerpo humano: el argumento de una historia es su piel; el tema es la musculatura y su grasa; la estructura del relato forma la red de órganos internos, cuyo sistema de relaciones puede ser natural, funcional, bizarro o directamente fantástico. Pero el ser de la literatura y su práctica, el asunto central, es inerte y seco: un sistema esquelético. Contar el hueso de una historia, los lentos o veloces desplazamientos del núcleo obsesivo, cualquiera sea, vuelve al autor indiferente a la administración "estratégica" de sus materiales. Se trataría de otro orden de dedicación extrema, una consagración.
Dado el asunto, lo demás es un resto; se puede hacer cualquier cosa. Dos ejemplos.
En la primera película de la saga que lleva su nombre por título, Rocky Balboa, un boxeador fracasado, mal entrenado, perpetuamente al borde del retiro y el Parkinson por acumulación de golpes, sube al cuadrilátero para enfrentar al gran campeón negro de peso pesado, Apollo Creed. Es el choque entre la técnica y el coraje, y reedita el enfrentamiento entre Ringo Bonavena y Cassius Clay. El final debería estar cantado: Rocky tiene destino de puching ball . A lo largo del combate, Rocky besa veinte veces la lona, pone la cara para que el guante de su adversario se la aplaste? Cuanto más recibe, más resiste. Y cada tanto pega lo suyo (se ha entrenado golpeando medias reses chorreantes en el frigorífico donde trabaja otro estúpido como él, su cuñado). Piña va, piña viene, ambos luchadores llegan agotados al final del round catorce. En el descanso, el viejo borracho que entrena a Rocky lo apura: "Ahora, cambiá la guardia, cambiá la guardia y ese negro asqueroso es tuyo". Con las mejillas estropeadas, las sienes palpitantes, los párpados hinchados al punto de la ceguera -tienen que cortárselos para que la sangre llueva sobre el ring y él pueda abrir los ojos, ver de dónde vienen las trompadas-, Rocky alza al cielo su frente de bestia noble y, dispuesto a ir al matadero, grita: "¡No! ¡No! ¡Sin trucos!".
El segundo ejemplo: un arquitecto construye a su costo un hotel en medio del desierto. El hotel es de una belleza como nunca se ha conocido antes. Tiene una, veinte o ciento ochenta habitaciones, pero ¿quién puede alojarse allí? Él las ha diseñado de modo que nadie pueda sentarse, dormir ni entrar siquiera en una de ellas. Es un hotel sin función, inhabitable. Por amor a esa forma que no registra las necesidades del mundo, el arquitecto se arruinó: sacrificó todo a su arte.
adnEDUARDO MCENTYRE
(Buenos Aires, 1929) Uno de los protagonistas de la abstracción geométrica en la Argentina. En 1960 integró con Miguel Ángel Vidal el grupo Arte Generativo, que se propuso "engendrar formas nuevas". Hay obras suyas en grandes museos como el MoMA





