Nadie nos prometió ser eternos
Nadie piensa en el tic-tac del reloj a los veinte años. A los cuarenta, se lo escucha. En cambio a los treinta se sabe que está ahí, pero se vive como si no estuviera.
De eso, creo yo, trata Los años nuevos, la serie española-francesa creada por Rodrigo Sorogoyen, Sara Cano y Paula Fabra, que actualmente puede verse en Mubi. Es una historia de amor, sí. Una historia más –entre tantas– de treintañeros que se encuentran, se desencuentran, vuelven a encontrarse. Pero Los años nuevos logra ir más allá, en un arco que incluye una banda de sonido que arranca, entre palmas y fiesta, con aquello de “Hiciste la maleta, ay,/sin decir adiós”, de Los chunguitos, y muy pronto nos deja con los susurros del cantautor asturiano Nacho Vegas y su “Nadie nos prometió vivir eternamente”.
“Dime qué haces con tu Fin de año –ni qué hablar con tu cumpleaños– y te diré quién eres”, podría ser el axioma oculto de Los años nuevos
Reconozco que el prejuicio (“una más de treintañeros...”), solo exorcizado por la entusiasta recomendación de una colega, me hizo llegar algo tarde a la serie. Así, traicioné otra de sus apuestas interesantes: a contramano de la cultura del “maratoneo”, Mubi sube la serie de a poco, un capítulo por vez, cada miércoles. A Los años nuevos, parece ser, hay que mirarla a la antigua, en pequeñas dosis. Son diez episodios en total, llevan subidos ocho... que este fin de semana, irremediablemente compulsiva, devoré. Ahora, a esperar a mañana, a que suban el próximo. Y a sufrir un poco, porque recién en unos quince días vendrá el capítulo final.
La propuesta es así: los personajes centrales, Ana (Iria del Río) y Óscar (Francesco Carril) se conocen el 31 de diciembre de 2015. Ese día él cumple 30 años; ella cumple la misma edad el día siguiente, 1° de enero. Cada capítulo de la serie se enfoca en ese pasaje: de la “Nochevieja”, como se dice en España, al primer día del año; del cumpleaños de un personaje al cumpleaños del otro. Diez capítulos, diez años (en el capítulo que corresponde a 2020 asomarán los barbijos y las restricciones provocadas por la crisis del Covid-19).
A lo largo del tiempo, y a medida que los entuertos sentimentales de Ana y de Óscar van y vienen, accedemos a sus otros lazos amorosos: conocemos a sus amigos, a su familia, a sus vecinos. En cada festejo por el nuevo año, y de modo siempre distinto, algo se plasma de todos esos universos afectivos. Más allá de la indudable química de la pareja central, la serie nos dice que el amor encarna en múltiples formas, que la sexualidad es solo una de ellas, y que así nos toque el papel de amantes, padres, amigos, hermanos o hijos, siempre vamos a ser torpes, vulnerables, contradictorios, audaces, cobardes, insistentes, dañinos, confusos, opacos, abiertos, terriblemente desconocidos aun para nosotros mismos.
En relación a una pareja eventual, Vero, antigua novia de Óscar –que en algo recuerda al personaje de Sabina en la novela La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera– dice, sin dramatismo: “Hacemos lo que podemos”. Una asunción simple, universal, aplicable a la generación que sea. Los creadores de la serie lograron hacerla cuajar con la recurrencia, en absoluto banal, de ciertas festividades. “Dime qué haces con tu Fin de año –ni qué hablar con tu cumpleaños– y te diré quién eres”, podría ser el axioma oculto de Los años nuevos. Allí también, en la celebración de una nueva marca temporal, cada quien hace lo que puede. Las mesas dispuestas, los regalos, la música, los consumos, tal vez la soledad: todo va cambiando mientras mutan los mapas afectivos.
“Son las tripas lo que importa”, le dice la madre a Ana, superando rispideces, haciendo algún mea culpa y aludiendo a la intuición y el sentimiento. Lo que no sabe es que en lo hondo de las “tripas” de su hija anida, de momento apenas un latido pequeñito, su futuro nieto.
No nos fueron dadas ni eternidad ni certezas. Solo el amor, y lo que hagamos con él.
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