
Nina Suárez: la última performance de Rosario Bléfari
“Un lobo suelto dentro de mis pensamientos/ en mis dominios, sé que siempre está ahí Detrás de un árbol, debajo del pasto/Y en la obra suspendida/Está suelto, me ocupa, vive de mí”. Eso cantaba Rosario Bléfari en 2006 en un curioso ensayo-canción sobre la licantropía. Menos loba que mujer-lobo, la voz definitiva del rock independiente (en el sentido profundo de la palabra) argentino identificaba así, como un animal hambriento, el proceso creativo que se le hacía carne. Un lobo, decía, una fiera. Ahora en una de las salas del primer piso del Malba, entre las pinturas intensas y espectrales de Alejandra Seeber (“Sculptures”, 2018, es la vera mancha venenosa) se está leyendo un texto sobre los pintores fauve, nombre que el pompierismo le puso a los salvajes del color y que significaba “fiera”. Lo lee una chica de apenas veinte años que lleva el pelo muy corto y punk, saco, camisa y pantalones. No se preocupa en pronunciar bien Matisse, Derain o Goethe, los dice así como se leen y ahora está explicando como la proto vanguardia fauve es la responsable de que hoy automóviles, heladeras o muebles sean de color. Estrafalarios incluso pero nunca de estos colores que Seeber ha conjurado en sus pinturas. Sobre estas imágenes, en 2019, Rosario Bléfari había compuesto una lista de 85 palabras (de “abandono”a “yuxtaposición”), un abecé íntimo y particular, el “Indice Seeber”, que hubiera tenido que leer recorriendo esta sala. Lo terminó haciendo Nina Suárez, su hija.
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Nina ha entrado caminando a la sala a la que pudimos asistir unos muy pocos invitados. Su lectura seguida de algunas canciones está siendo filmada para estrenarse en You Tube el sábado 25 de setiembre por lo que parte de la performance reside en ese seguimiento también fauve (sí, como de fieras) que hacen las cámaras para registrarla. Una coreografía del arte remoto, no-presencial. Nina es un poco Rimbaud y Patti Smith; un poco Tanguito, Nick Drake y, sí, Rosario, además de heredar el Suárez de su largo padre, nombre también de una de las bandas más aventuradas de los últimos treinta años. Antes de largarse a leer las palabras que su madre hubiera leído (atravesadas por un cut & paste de lecturas de Bléfari que Daniela Rodi terminó de zurcir), Nina hizo algo que nunca había visto. Recorrió la muestra acompañada de su guitarra de cuerdas de acero como si llevara un dispositivo capaz de reaccionar a los colores de Seeber o capaz de convertir en sonido el aleteo interno de su percepción. Así fue construyendo una pieza instrumental de folk disonante que se correspondía con la disposición arrítmica de los planos en las pinturas. Era un fantasma, una mezcla de trovadora y flaneur, desentendida del contexto como en el escenario de un teatrito. Más tarde se sentó a una silla (como hubiera observado Aby Warburg ahí repitió la pose de Drake en la tapa del disco Bryter Layter) y le dio play a un continuo donde se mezclaban la afinación de la guitarra con improvisaciones y canciones. Se la veía chiquita, ensimismada en su instrumento contra una pared cubierta por un wallpaper y algunos cuadros. En abril de 2018, Rosario había hecho algo parecido en la Colección Amalita convirtiendo un poema de Olga Orozco en un largo mantra de recitado, guitarra eléctrica, canto y, también, afinación. Contra su figura menuda se proyectaba esa noche un obra surrealista de Juan Battle Planas.
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Nina canta y pinta el aura-fiera de Rosario con los materiales que le sirvieron para diseñar su performance inconclusa. Había escrito sobre este “Indice Seeber” que era “(…) el torrente que ante los ojos murmura la existencia misma”. Las palabras ya fueron dichas y la última obra consumada. Como en una pieza fluxus amorosa la hija ejecutó las instrucciones de la madre y le puso un cierre a su trayectoria que asomó en el Rojas de fines de los 80. Es inevitable, la memoria trae otras canciones suyas una vez que se ha dejado atrás el museo. Bajo la lluvia, por la calle San Martín de Tours, se silba, como sin querer, aquel grito rosarino: “Como si se murieran todas las palabras que antes me sonreían”. De Misterio Relámpago, 2006.







