No hay conciencia del esfuerzo

Alejandro Rozitchner
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18 de diciembre de 2005  

Cuando uno se lleva una materia, ¿adónde se la lleva? Sí, a diciembre, a marzo, pero básicamente se la lleva a la casa, se la lleva puesta, a todas partes, y la materia pesa limitando la libertad de movimientos, que tan necesaria y escasa es a esas edades terribles de ingenuidad, desorientación, furia y cuestionamientos.

Claro, frente a tales dificultades deber matemática no es tan terrible, peor es no saber qué va a hacer uno en la vida, no poder terminar de entender quién es, tener que poner distancia con esos seres que tanto se quiere (los padres) pero a los que ya no se soporta más, por citar algunos de tantos frentes conflictivos abiertos al mismo tiempo. Esos protopadres que son los profesores son más sencillos de tratar: "no escucho más, no doy bola, me llevo la materia y la estudio tranquilo en casa, total?"

Hemos desdramatizado el tema. Antes deberle a la institución escolar era más grave; hoy sabemos que nadie se muere por llevarse siete materias. Pero tampoco es cuestión de mentirse del todo (un poco sí, quién no lo hace, como estrategia defensiva o estimulante para seguir adelante): lo cierto es que no se disfruta de pasar las vacaciones dedicadas a la escuela.

¿O será que los chicos no quieren desprenderse de sus tutores, que prefieren llenar sus días libres con restricciones educativas autoimpuestas -nadie los obligó a llevarse nada- antes que adentrarse en la confusión de la edad? ¿Será una manera de conservar vivo al enemigo, para no sentirse solos?

* * *

Más allá de los chistes, el fondo de la cuestión es que no tenemos buena conciencia con el tema del esfuerzo. En estos tiempos de populismo progresista existe una tendencia a sentir que toda exigencia es imposición.

En la estéril oposición a todo, a la que nos condena la negativa al esfuerzo, se genera la ficción de que hay alguien haciendo fuerza en contra de uno cuando en verdad no hay nadie: son las leyes de la vida las que establecen que todo logro tiene su precio.

La moral de los derechos nos somete a engaños infinitos, y poco falta para que los alumnos esgriman el argumento de que tienen derecho a aprobar. Sí, el derecho existe, pero hay que estudiar, de otra forma. El derecho requiere un deber cumplido, y la fantasía de que sólo hemos venido a pedir y a exigir es un infantilismo. Socialmente sostenido, pero infantilismo igual.

Y sí, claro, el otro fondo es que la educación no está a la altura de los tiempos, que el divorcio con el mundo real y los valores de la época la somete a exigencias frente a las que, ella tampoco, sabe bien qué hacer. También la escuela, si tuviera que rendir, tal vez terminaría en marzo, ¿o sería repitente? ¿No repite, acaso, errores e inadecuaciones? El que esté libre de exámenes que tire la primera idea.

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