Octavio Paz, lector exigente y viajero extraviado

Hacia fines de los años sesenta, Octavio Paz se dedicó a enseñar literatura en distintas universidades del mundo. La docencia, que abrazó con pasión, fue un paréntesis en su vida
Hacia fines de los años sesenta, Octavio Paz se dedicó a enseñar literatura en distintas universidades del mundo. La docencia, que abrazó con pasión, fue un paréntesis en su vida
Alicia Borinsky
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28 de marzo de 2014  

Después de renunciar a su puesto de embajador de México en la India en 1968, Octavio Paz tuvo una breve encarnación de profesor de literatura en diversas universidades del mundo. Nos conocimos en la Universidad de Pittsburgh. Yo estaba ahí iniciando apenas mis estudios porque, como tantos otros, salí de la Argentina debido a las condiciones impuestas por el gobierno militar luego de intervenir la universidad pública.

El vínculo forjado por el exilio, la realidad de estar con las valijas preparadas para irse en cualquier momento, desdibujó la distancia entre profesor y estudiante. Conversamos y desarrollamos un trato familiar y frecuente. Su esposa Marie-José seguía el curso. Sentada atrás, voceaba con acento francés en perfecto castellano su opinión sobre los poetas comentados. Cuando Paz hablaba en su presencia, aun cuando hubiera una veintena de estudiantes, uno sentía que la clase era parte de una conversación entre ambos.

Andaban casi siempre juntos, solícitos, atentos a la presencia del otro. Marie-José practicaba el tenis y Paz, aparentemente, la acompañaba a los partidos aunque no jugaba. Durante ese año los unía una complicidad que acaso se enfatizara con la presencia del público que formábamos en torno a ellos. Marie-José recuerda en un reportaje haber dudado qué poner en un formulario donde se le solicitaba decir su profesión. "¿Ama de casa?", le preguntó a Paz. "Musa", le contestó él. Llegaron a Estados Unidos en el apogeo de la lucha en contra de las instituciones, el surgimiento de las figuras emblemáticas del feminismo y una historia de amor que los convertía en personajes. La tormentosa disolución del matrimonio de Paz con Elena Garro, los rumores sobre el papel que ella tuvo en la tragedia de Tlatelolco, con la consiguiente interpretación de que había sido puesta por los intelectuales mexicanos en una lista negra, contribuyeron a formar el aura de la nueva pareja. Marie-José era la musa: joven, atractiva y admirada permanentemente por el poeta, en contraste con la brillante y casi secreta escritora, Garro, paranoica para algunos, que era percibida, sin embargo, con admiración por Bioy Casares, entre otros.

En 1968 Pittsburgh era un lugar donde el hard rock convivía con la música country. Predominaba como en el resto de Estados Unidos una cultura de juventud. Hippies y activistas políticos coexistían en un continuo que de vez en cuando revelaba una dosis de ironía y decadencia aportada por la conciencia de que Pittsburgh había sido el lugar de origen de Andy Warhol. Warhol se había ido a Nueva York, pero uno percibía el tono que había impuesto a la ciudad: era difícil tomarla en serio. Había días en que un grupo de motociclistas con tatuajes y camperas de cuero negro desfilaban por la avenida Forbes, la principal del campus, con una intimación de violencia; ruidosos, desconsiderados, con aire insolente y una explícita dosis de odio hacia estudiantes y profesores.

Los latinoamericanos y españoles que aterrizaban en la universidad de Pittsburgh, que -gracias al profesor argentino Alfredo Roggiano- se había convertido en un centro de investigación y creatividad literaria en el mundo hispánico, ignoraban en muchos casos el inglés y formaban una comunidad aparte. Algunos se decían activistas políticos, ideólogos de la izquierda o, como Paz, estaban involucrados en los asuntos diarios de sus países y el mundo. Sin embargo, Pittsburgh les resultaba invisible. La ciudad era una parada a la espera del regreso a sus países.

Paz trataba de estar ahí, de vivir el presente y relacionarse con los estudiantes, tomarle el pulso al momento. Cuando un compañero y yo no pudimos contener la risa en clase ante su juicio sobre un poeta claramente mediocre que, por las palabras medidas y anodinas usadas para describir su obra, revelaba cuánto se había contagiado Paz de la diplomacia, nos pidió que nos quedáramos a hablar con él después de clase. Creímos que recibiríamos una lección de conducta.

No fue así. Paz sentía curiosidad de saber qué era lo que nos causaba tanta gracia. Leí unos versos de ese autor en voz alta y antes de que terminara se había pasado de bando y nos explicaba que para él ser profesor era algo nuevo y teníamos que tenerle paciencia. No revelaré el nombre del poeta porque quién sabe si de pronto descubro virtudes ocultas en lo que me parecía tan deslucido.

La música de aquel momento, Frank Zappa, Captain Beefheart, además de los Beatles y los Rolling Stones, constituía una matriz por la cual se definía una generación. Paz se dio cuenta de eso y aceptó la invitación de un estudiante que solía cantar acompañándose con la guitarra. Le agradeció tan vivamente la invitación y habló con tanto entusiasmo de lo que había escuchado que el estudiante se ofreció a traerlo y llevarlo regularmente. Un día Paz me pidió que por favor le dijera que no lo llevara más. No se animaba a herirlo personalmente y tenía claro que no podía escuchar más country music. Los sobreentendidos de la cortesía mexicana habían chocado con la transparencia ingenua de un estudiante norteamericano orgulloso de su patrimonio. Paz, en su afán de compartir el momento, quedó atrapado en una forma de la música estadounidense que ese grupo interpretaba en su vertiente conservadora.

Paz daba clase con la claridad pedagógica que caracterizaba sus discursos y artículos. A veces, el afán de ser entendido contrastaba con el contenido de sus clases porque se presentaba así mismo como heredero de Lautreámont y de los poetas malditos, comunicaba el lujo del azar de Mallarmé, se detenía en los detalles más enigmáticos de la poesía de Vallejo y aun así, resistía el vértigo propuesto por esas poéticas. Paz era un lector exigente de poesía y un viajero extraviado en Estados Unidos.

Se acercó por la escritura al reconocimiento del valor de una zona suspendida entre los sueños y la experiencia de la vigilia. Había comprobado desde muy joven que los nombres propios eran ilusiones que operaban en la superficie del ser y que la poesía era el lenguaje para formular ese conocimiento en forma de pregunta, como dice en uno de sus poemas más conocidos, "Piedra de sol": "-la vida, ¿cuándo fue de veras nuestra?/ ¿cuándo somos de veras lo que somos?/ bien mirado no somos, nunca somos/ a solas sino vértigo y vacío,/ muecas en el espejo, horror y vómito". Sucesor directo del chileno Vicente Huidobro, inventor del creacionismo poético, en Paz vive la poesía como marca de prestigio, un sello de nobleza que permite llegar al fondo de la experiencia del vacío. "Flor de contradicciones bailando un fox trot", diría Huidobro con entusiasmo vanguardista. "Piedra de sol" parte de una colección titulada La estación violenta que representa no sólo una de las obras de mayor intensidad de Paz sino también una suerte de cédula de identidad. Es allí donde se destacan a la vez la libertad y la pertenencia a una sociedad del poeta: "En el centro de la plaza la rota cabeza del poeta es una fuente./ La fuente canta para todos", dice en otro poema, "Fuente", del mismo volumen. Cantará para todos pero sin indicar el camino a seguir como Neruda. Transparente, simple pero amante de las contradicciones en tanto tensión vital. Paz, fervientemente internacional, se quiere a la vez parte de la tradición surrealista y esencialmente mexicano.

La India lo intoxicó de belleza. Su poesía y su persona destilaban interés por el exotismo, confianza en el valor casi ritual de asociación con lo distante. Haber estado en la India lo impulsaba a acentuar la alteridad mexicana como tal, y los entrecruzamientos de imágenes de uno y otro lado eran para él un triunfo de descontextualización. La identidad nacional era parte de un juego de espejismos.

Hace unos días en París, una amiga recordaba haber estado en una cena que compartió con Cortázar y Paz. Habló con cierta nostalgia de la exaltación con que nombraban a escritores, la claridad con que demostraban que eso era lo vital. ¿Dónde estaba la vida en Pittsburgh? Paz se sabía en tránsito, al lado de su musa, al sesgo del movimiento cultural de los jóvenes; la ruptura que entendió como tradición en México, indescifrable en Estados Unidos. Con Cortázar en París dialogó con un par, dejó el discurso pedagógico y, aparentemente, logró transmitir un presente de la palabra escrita que acaso sea una invitación permanente a algo que a veces parece anacrónico y otras eterno. París para Paz era un destino, no un alto en el camino.

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