Oscar Wilde, el autor que confrontó la rigidez moral

Murió enfermo de meningitis y a su entierro sólo fueron cinco personas
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30 de noviembre de 2000  

"¿No es usted el escritor Oscar Wilde?" "No, me llamo Sebastian Melmoth y no soy escritor."

El breve diálogo tiene lugar en el puerto de la ciudad francesa de Calais. El hombre que ha dicho llamarse Sebastian Melmoth se aleja sin mirar a su interlocutor, camina una cuadra y entra en un hotel de aspecto poco recomendable. Su apariencia está a tono con la del hotel.

Envejecido y enfermo, vestido como un pordiosero, alquila allí un cuarto. No sólo ha cambiado su nombre. También su vida es muy distinta de la que llevaba del otro lado del Canal de la Mancha.

* * *

La personalidad de Oscar Fingal O´Flahertie Wills Wilde y las alternativas por las que atravesó no están desvinculadas de la época victoriana, paradigma de un régimen moralista empecinado en coartar o cercenar sin más la libertad individual.

En cierta forma, Wilde -de cuya muerte se cumplen hoy 100 años- asumió el papel de confrontador público de las rigideces morales instaladas en esa Inglaterra de fines del siglo XIX.

Lo impulsaban rasgos de su propia naturaleza, entre ellos, una particular sensibilidad y un sentido del humor agudo y transgresor, pertinazmente dirigido a valorizar lo diferente y a escamotear las "buenas costumbres". Las mismas que fueron denostadas por André Gide (quien lo visitó un día en París) mediante una urticante frase: "Con las buenas costumbres se hace la mala literatura".

La naturaleza de Wilde encontró estímulo para su desarrollo en el ámbito familiar en el que había nacido, en Dublin, Irlanda (por entonces, integrante del Reino Unido), el 15 de octubre de 1854.

Su padre, el prestigioso cirujano William Wilde (hecho caballero por la Corona), y su madre, la poeta Jane Francesca Angee, tenían predilección por las interminables veladas junto a pensadores y artistas bohemios, no precisamente enrolados en las moderadas filas impulsadas por Victoria I.

Luego de pasar por exclusivos centros de estudio, como el dublinés Trinity College y el Magdalen College, de Oxford, la vida adulta de Oscar Wilde exhibe dos etapas bien distintas. La primera podría ser denominada "rosa", no sólo por el color de uno de sus trajes favoritos, sino también por el dominio mundano que ejerció, brillando en teatros y ámbitos selectos, con una cohorte de admiradores dispuestos a celebrar sus ocurrencias y unos cuantos adversarios a quienes no les resultaba indiferente.

Una década clave

Tras su casamiento, en 1884, con Constance Maria Lloyd -madre de sus hijos Vyvyan y Cyril-, la última década de 1800 resultó determinante.

En 1891 publicó su única novela, "El retrato de Dorian Gray", a la que siguieron sus obras de teatro: "El abanico de lady Windermer" (1892), "Una mujer sin importancia" (1893) y, en 1895, "El marido ideal" y "La importancia de llamarse Ernesto".

En esos años, además, dio a conocer poemas, ensayos y una serie de relatos, entre los cuales se destacan nítidamente "El príncipe feliz" y "El fantasma de Canterville".

La debacle se inició a fines de 1895, cuando el marqués de Queensberry consiguió que los salones londinenses se hicieran eco de sus ríspidos comentarios sobre las inclinaciones homosexuales de Wilde.

El furibundo empeño había sido generado por el romance que el escritor mantenía con su hijo, el joven lord Alfred Douglas (Bosie). Wilde demandó al marqués por difamación y sugirió internarlo en un instituto psiquiátrico. El largo juicio es un episodio de ricos matices, plagado de frases y respuestas insólitas, con el "sello" Wilde. Su consecuencia fue la condena del poeta -por corrupción de menores- a dos años de trabajos forzados en las penitenciarías de Pentoville y Reading.

Wilde volcó su extrema experiencia tras las rejas en "La balada de la cárcel de Reading" y "De profundis", que transmiten el estremecimiento de un hombre para quien el mundo había dejado de existir.

No es sólo una metáfora. Su traslado a Francia, donde adoptó el nombre de Sebastian Melmoth, tomado de la novela "Melmoth, el vagabundo", de un pariente suyo, lo situó en un violento y desconocido escenario, hecho de penurias económicas y de un desvencijado tránsito hacia el final. Deambuló por Dieppe, Calais y Berneval y, finalmente, se estableció en París.

Enfermo de meningitis, murió en la habitación 7 del hotel d´Alsace el 30 de noviembre de 1900, a los 46 años. Al entierro, en el modesto cementerio de Bagreus, en Saint Germain des Pres (años después sus restos fueron trasladados a Pére Lachaise), concurrieron sólo cinco personas.

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