
Para ahorrar costos, la Unesco cerrará su sede en la Argentina
El organismo reducirá a la mitad sus representaciones en distintos países
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Como parte de una profunda reestructuración mundial, la representación de la Unesco en la Argentina cerrará sus puertas dentro de un mes.
Según pudo saber La Nación , los programas que esa organización conduce y financia en el país seguirán funcionando, pero ahora dependerán directamente de la oficina regional ubicada en Montevideo.
El cierre de la sede argentina dista de ser un hecho local. En rigor, es parte de un proceso de reforma completa de esta agencia de las Naciones Unidas dedicada a la educación, la ciencia y la cultura, que impulsa su director general, el japonés Koichiro Matsuura.
La intención del cambio, que se propone reformar desde la filosofía hasta las estructuras de la organización, es que la Unesco pueda dar respuestas concretas a las necesidades sociales y eliminar burocracias para utilizar con eficacia el presupuesto, que se mantiene inmóvil mientras crecen los pedidos de asistencia y colaboración en todo el mundo.
El presupuesto está en el centro de la reforma. Desde hace varios años, la Unesco recibe de los países miembros un total de 550 millones de dólares cada dos años, que deben financiar estructura, equipamiento y personal en todo el mundo. "Los recursos no bajan, pero los costos suben", sintetizó a La Nación el representante de la Unesco en la Argentina, Uruguay y ante el Mercosur, el español Miguel Angel Enríquez Berciano.
Aunque no es la razón que motivó la decisión del cierre de la sede local, La Nación pudo saber que la Argentina le debe a la Unesco una suma cercana a los 3,1 millones de dólares correspondientes al período 1998/1999, que actualmente se están pagando en cuotas.
"Tenemos que poder responder a los requerimientos de la sociedad con los recursos que tenemos. Esto implica todo un cambio de mentalidad: ser más conscientes de la actual coyuntura, escuchar más a la gente, aceptar que no estamos solos en el mundo y que hay otros organismos y asociaciones que pueden hacer el mismo trabajo mejor que nosotros", dijo Enríquez.
En cuanto fue elegido director general, en noviembre de 1999, Matsuura expresó su intención de conducir en la Unesco un verdadero plan de reingeniería. "La Unesco se limitará a hacer aquello que otros no puedan hacer mejor que ella y sólo actuará si eso implica un valor agregado para la sociedad que lo necesita", es la filosofía del cambio. Hace un año propuso los primeros lineamientos, que en estos días se están discutiendo en detalle en la reunión del consejo ejecutivo de la Unesco en París.
A la mitad
Parte fundamental de los cambios es la reducción del número de oficinas de la Unesco en todo el mundo a la mitad -actualmente son 77-. La oficina argentina, abierta oficialmente en 1996, está entre las que desaparecerán. En ella trabajan dos personas de planta permanente y tres con contrato.
Para quienes queden dentro de la Unesco se vienen nuevos destinos y otras formas de trabajo. "Vamos a armar equipos regionales sólidos e interdisciplinarios que puedan dar respuesta rápida en sus áreas", dijo, y señaló que las nuevas oficinas tendrán más responsabilidades. "No todo pasará por la sede central de París. Vamos a manejar los programas en el terreno", aclaró.
La elección de Montevideo como sede regional para el Mercosur y Chile responde a razones de antigüedad y ahorro de costos. "Ya es la oficina regional para América latina y el Caribe, existe una masa crítica de profesionales de ciencia, tecnología, cultura y educación y fue fundada en 1949", razonó Enríquez.
La nueva filosofía también implica dar prioridad a los campos de acción en cada región. En América latina, la Unesco dedicará sus esfuerzos a la reducción de los niveles de pobreza, la retención de los chicos en las escuelas, el desarrollo de los recursos hídricos y el diálogo entre culturas, un área delicada debido a las continuas migraciones internas en los países del continente.
"Este criterio de reforma significa una mejor distribución de los recursos y mayor justicia, porque van a llegar a las zonas más necesitadas. Una representación le cuesta mucho al país y es mejor usar los recursos escasos directamente en los programas", manifestó a La Nación el historiador Carlos Floria, que fue embajador argentino ante la Unesco entre 1996 y 1999.
Según contó, "las líneas de la reforma ya se insinuaban durante la gestión del anterior director general, Federico Mayor Zaragoza". Ahora, la relación del país con la Unesco recaerá en la Comisión Nacional de Cooperación con ese organismo que, como en otros países, funciona en el Ministerio de Educación.




