Pasión y duelo mortal a bordo del Titanic II
En La ciudad flotante , Julio Verne anticipó el posible choque de una nave gigantesca contra temibles témpanos.
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Es casi inevitable pensar una segunda versión que le devuelva al relato la sorpresa que la historia le negó, una versión en la que el Titanic no se hunda, y sus pasajeros desembarquen en Nueva York con un alivio que, tan alimentadas han estado las expectativas, no podría sino estar matizado de cierta decepción. Créase o no, esa versión fue escrita medio siglo antes de que el Titanic se hundiera, y su autor (esto por su parte no puede constituir ninguna sorpresa) fue Julio Verne. La novela se llama Une ville flottante , es de las pocas conocidas de él, y la leí en una reciente edición de bolsillo que un editor francés lanzó para el estreno de la festejada película. Ignoro si algún editor en castellano fue igual de oportuno. Siempre se dice que Verne se adelantó a todo, pero que se haya adelantado también a la ficcionalización engañosa del célebre naufragio suena casi excesivo. Y sin embargo, hoy no lo habríamos hecho mejor, aunque la novela no es muy buena, o justamente por eso. Es un triunfo impar del anacronismo feliz, y como casi nadie ha leído esta Ciudad flotante , vale la pena hacer un breve resumen.
Aquí el barco se llama Great Eastern, es el trasatlántico más grande del mundo, el más lujoso y completo, una verdadera "ciudad flotante". A diferencia de su antecedente posterior y real, éste ha hecho ya diez cruces del océano, ha tenido toda clase de problemas, ha pasado un tiempo varado en reparaciones, y ahora hace su viaje inaugural de una nueva etapa. El narrador, un francés anónimo, saca pasaje de ida y vuelta (Liverpool-Nueva York-Liverpool) sólo por la curiosidad de ver cómo pasan las cosas en este leviatán moderno. A bordo se encuentra con un conocido, Fabian McEwin, que viaja acompañado de su fiel amigo Corsican. Fabian hace la travesía para distraerse, pero en realidad nada lo distrae de una pena extraordinaria: su amada, la bella Ellen, ha sido casada contra su voluntad, por un padre dictatorial, con el infame Harry Drake, rico y vicioso.
También a bordo el narrador conoce a Dean Pitferger, el personaje más curioso y anticipatorio de la novela. Es un contemplativo, mina de las más curiosas informaciones, médico de profesión pero evidentemente con medios para permitirse largos ocios, que dedica... a viajar en el Great Eastern, ida y vuelta, con una idea fija. Ha estado en todas las travesías del buque, con la tesis de que se trata de un barco condenado a naufragar en medio del Atlántico. Es como si intuyera el mito del Titanic:es un barco demasiado grande, demasiado lleno de gente (y de cristalería y platería y salones de baile y orquestas y aristócratas), demasiado inhundible como para que no se hunda, por una ley elemental de justicia poética. como interlocutor del narrador, desgrana toda clase de datos sobre el barco y los pasajeros y la meteorología pertinente. está absolutamente seguro de que esta vez es la definitiva, el Great Eastern se irá a pique en medio del mar, y él tendrá la ocasión tan esperada de presenciar un naufragio; frente a esta pasión por la realización de los augurios, para él morir es secundario. es uno de esos extravagantes razonables, tan comunes en las novelas de Verne, de cuyas predicciones todos se ríen pero al final resulta que tenían razón -y el lector lo había sabido todo el tiempo-.
Empiezan las tormentas; el Great Eastern se tambalea. Dean Pitferger se frota las manos con satisfacción: el momento se aproxima. Los pasajeros siguen descorchando botellas de champaña, inconscientes del desastre inminente. Más insidiosos que el oleaje (para nosotros) son los icebergs , que flotan a la deriva y pasan muy cerca del barco...
A bordo, están pasando las historias privadas; de ellas nos enteramos por las informaciones que le transmite Dean Pitferger, que lo sabe todo, al narrador. Entre otros muchos, va una pareja de recién casados, cuya luna de miel fue una vuelta al mundo: entre California y el Japón se amaron, del Japón al Cabo discutieron, del Cabo a Londres se odiaron, y en esta última etapa están arreglando los términos del divorcio para cuando desembarquen. Otra pareja, simétrica, de novios, ha dado la vuelta al mundo para conocerse, y tanto ha ido creciendo su amor que ahora cuentan cada metro para llegar de vuelta y casarse. Las dos historias se conjugan en la principal. Porque sucede que a bordo del Great Eastern, que aquí revela su condición de pequeño universo narrativo autosuficiente, hay un grupo de jugadores empedernidos, entre los cuales se hace notar uno por sus malos modales, y resulta ser, ya podíamos preverlo, Harry Drake, que lleva encerrada en un camarote a la bella Ellen, a quien la desdicha de ese matrimonio forzado le ha hecho perder la razón. Pese a los esfuerzos del narrador y del fiel Corsican por ocultarle esta circunstancia a Fabian, termina produciéndose un choque, y hay un reto a duelo. Es lo peor que podía pasar, porque las dos alternativas son igualmente fatales: o Fabian muere, o mata a Harry Drake, y como asesino del marido jamás podría casarse con la viuda, sin la cual, ya ha quedado probado, no puede vivir.
La tierra ya está a la vista, el desenlace también. Se desata la madre de todas las tormentas. Mientras todos los pasajeros asisten a una fiesta, se desarrolla el duelo en un puente de popa. Harry Drake ha elegido espadas. Hay dos asaltos, el barco es sacudido por los elementos desencadenados. En el tercer asalto, de pronto, Fabian baja el arma, la vista fija en un punto atrás de su oponente; es que ha aparecido Ellen, loca, sonámbula, transida por la lluvia, iluminada por los relámpagos. HarryDrake levanta la espada para dar el golpe mortal... y en ese momento cae un rayo (la espada ha hecho de antena) y lo fulmina. Queda hecho una estatua de carbón, que se cae a pedacitos. Un remanente de la corriente eléctrica alcanza a pasar por el cerebro de Ellen y le devuelve la razón. Los amantes se reúnen, final feliz, la tormenta cesa, y al día siguiente el Great Eastern atraca en Nueva York y el pasaje desembarca, a seguir festejando su buena suerte.
Como se ve, todo está verosimilizado, todo cae en su lugar. Satisfacer a los lectores es la premisa de la literatura dirigida al gran público; Hollywood ha hecho una tecnología de eso. Pero lo que el público quiere es lo que ha enseñado a querer esa misma literatura. Y la educación prosigue, inclusive sirviéndose de anacronismos tan curiosos como éste. La regla de oro de los narradores cinematográficos de hoy parece ser atenerse a lo obvio. Ha triunfado el relato inútil, y el éxito sin igual de Titanic se basa en que es absolutamente igual ver o no ver la película;ya sabemos lo que pasa, y sabemos cómo termina. Pero el gran público al que se dirigen esas producciones, por el hecho de ser "grande", está compuesto de segmentos distintos, y entre ellos los hay más educados en el arte del relato, y con expectativas que van más allá de lo obvio. Esos refinados están esperando, contra toda esperanza, que el Titanic no se hunda, y para ellos Julio Verne, previsor como siempre, escribió su novela.
(Sin salir de la historia propiamente dicha, hay otra interesante veta que explorar en el tema. No sé cómo no se le ocurrió a nadie todavía. Sucede que las dos grandes noticias "de interés general", es decir, no políticas o militares, que hubo en el siglo XX, sucedieron en el mismo año, 1911. Fueron el naufragio del Titanic y el robo de la Gioconda. ¿Por qué no hacer una sola historia con las dos?)




