
Pasiones prohibidas y religión
Como anticipo de La más bella historia de amor, de Dominique Simonnet (Fondo de Cultura Económica), se publican fragmentos de una entrevista con Jacques Le Goff, el gran medievalista francés
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DOMINIQUE SIMONNET: De las costumbres de la Edad Media se destacan dos imágenes: la de un mundo feudal, brutal, viril, conquistador, en el que las mujeres son víctimas; y la del amor cortés, el bello trovador inclinado ante su apuesta señora a quien idealiza pero no toca. Dos estereotipos aparentemente contradictorios...
JACQUES LE GOFF: Pero no lo son. La violencia guerrera del feudalismo medieval coexiste muy bien, en la literatura, con la exaltación de la feminidad, la castidad y la pasión propia del amor cortés. Por otra parte, se encontraría una dicotomía similar en la civilización japonesa en épocas de los samurais. Pero la historia de la Edad Media civilización japonesa en épocas de los samurais. Pero la historia de la Edad Media, y particularmente el amor cortés, fue objeto de muchas deformaciones y muchos mitos, inventados sobre todo por los románticos que modelaron nuestra sensibilidad. Con Georges Duby, gran medievalista, a menudo nos hacíamos esta pregunta: ¿realmente existió el amor cortés? ¿O no fue más que una fantasía? El historiador católico Henri lrénée Marrou (que escribía bajo el seudónimo de "Davenson") también se había interrogado, en una formulación un poco más brutal: ¿hacían el amor los trovadores?
-La pregunta tiene el mérito de ser clara. ¿Y la respuesta?
-La documentación de que disponemos sobre el amor en la Edad Media, esencialmente literaria e iconográfica, no nos permite zanjar este último punto. Tal vez los únicos que se aproximaron al amor cortés fueron Eloísa y Abelardo. Tras muchas vacilaciones, hoy pienso que su correspondencia fue modificada un poco, pero que es auténtica.
-Porque habían conocido una pasión secreta fuera del matrimonio, Abelardo fue castrado y Eloísa, enclaustrada...
-Sí, pero esos dos son casos únicos. Y más tarde se convertirán en símbolos: en Le roman de la rose (El libro de la rosa) figuran en buen lugar entre las miniaturas de enamorados. Si bien impregnó levemente las costumbres de las clases superiores (porque las fantasías de una época siempre influyen sobre la realidad), el ideal cortés no las perturbó en profundidad. Para mí, era esencialmente literario, y se atrincheraba en lo imaginario [...].
-Tristán e Isolda, el filtro de la pasión, esos caballeros que guerreaban soñando con sus bellas, esas declaraciones de fidelidad declamadas, un pie en tierra, en los torneos... ¿Todo eso no sería más que literatura, entonces?
-En efecto, así me inclino a pensarlo. Lo que sabemos de las costumbres de esa época es bastante diferente y no va en el sentido de una práctica "cortés" entre hombres y mujeres. Jean-Charles Huchet, por su parte, ha escrito un buen libro sobre El amor descortés.
-Tratemos entonces de comprender lo que ocurría entre ellos. Tras la caída del Imperio Romano vienen los bárbaros, francos, visigodos y otros ostrogodos que realmente no son unos tiernos. Al convertirse al cristianismo, ¿adhieren a esa nueva moral puritana de la que nos hablaba Paul Vryne y que, en adelante, hace reinar el orden sexual?
-La cristianización de las costumbres fue muy lenta. La internalización de las concepciones de la Iglesia en las mentalidades y las prácticas fue un trabajo de siglos. Sobre la base de los escritos de Gregario de Tours, uno de los grandes cronistas de la Galia, a menudo se insistió en el carácter salvaje del primer período de la Edad Media, lo que no era totalmente falso. En esos tiempos, en la época merovingia, la poligamia, que ya casi no existía en Roma, todavía era practicada por la aristocracia bárbara. ¡Hasta el padre de San Luis, Luis VIII (1223), los reyes francos fueron polígamos! Cantidad de escándalos ocurrieron al respecto alrededor de Lotario o Roberto el Piadoso en las cercanías del año 1000.
-En esa época, sin embargo, la gente se casa según reglas extremadamente estrictas.
-Estamos muy poco informados sobre las prácticas de los campesinos, que constituían, sin embargo, el 90% de la sociedad. En todo caso, para los nobles, el matrimonio era de "conveniencia", vale decir, arreglado por el rey, el primer casamentero, que conservaba su dominio sobre la nobleza prodigándole favores, tierras y dotes. Georges Duby, por ejemplo, contó cómo Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra se aseguraron el juramento de fidelidad de Guillermo el Mariscal, un señor que fue uno de sus principales guerreros y consejeros: lo hicieron casarse con mujeres pertenecientes a un rango más elevado, lo que le daba prestigio. En el interior de la familia, eran los ancianos los que orquestaban el matrimonio. Además, éste era un contrato civil, firmado ante un notario y limitado a la Europa meridional.
-Que en consecuencia escapaba al control de la Iglesia.
-Sí. Pero a partir del siglo XII, la Iglesia va a extender poco a poco su poder sobre el matrimonio: lo instituye como sacramento (pero no lo será realmente sino en el siglo XV, cuando se lo celebrará en el interior de una iglesia y ya no delante) e impone su modelo: la indisolubilidad de los lazos y la monogamia. De este modo, otorga a los esposos más libertades de las que tenían hasta entonces.
-¡Más libertades!
-¡Claro! No olvidemos hasta qué punto la moral antigua era opresiva, como la describe justamente Paul Veyne. Esta vez, el matrimonio cristiano reclama el consentimiento de cada uno de los esposos, lo que no ocurría antes. No sólo el del marido, que puede oponerse al poder del monarca o de su familia, sino también el de la mujer.
-Consentimiento mutuo, tal vez... Los esposos adquieren un nuevo derecho. Pero ¿lo ejercen realmente?
-No seamos ingenuos: muchos casados no aprovechaban esa liberalidad porque el peso de la sociedad seguía manifestándose. No obstante, se conocen varios ejemplos de procesos ante los tribunales eclesiásticos donde los casados reclamaban esa libertad de elección que les era negada. Comparado con las prácticas del mundo grecorromano (no olvidemos que, en la democracia ateniense, las mujeres no tenían ningún derecho), el cristianismo, en cierto sentido, hizo progresar el estatus de la mujer mediante esa idea revolucionaria del consentimiento mutuo.
-Pero como reverso de la medalla, la Iglesia se insinúa en la intimidad de la pareja casada.
-Exactamente. Michel Foucault y yo habíamos observado hasta qué punto el año 1215 marcó profundamente la psicología y la cultura del Occidente. Ese año se decreta la obligación para todos los cristianos, de ambos sexos, a partir de los 14 años, de confesarse por lo menos una vez al año, lo que va a desembocar en la comunión pascual y el examen de conciencia, base de nuestra introspección y del psicoanálisis (pero el confesionario sólo será inventado en el siglo XVI y se generalizará en el XVII). Fue también en 1215 cuando el cuarto concilio de Letrán, al reunir a los obispos cristianos romanos bajo la autoridad del papa, torna obligatorias las amonestaciones un mes antes del matrimonio.
-Cualquiera, si tiene una buena razón para hacerlo, puede oponerse a un matrimonio. ¿Por qué una medida semejante?
-El objetivo es impedir la consanguinidad: originalmente, la prohibición se extendía hasta la séptima generación, pero en una sociedad más o menos endógama eso no era realista, y se contentaron con imponerla hasta la cuarta generación. Para la Iglesia, es un medio de control. Pero al mismo tiempo, las amonestaciones dan a los futuros casados la posibilidad de hacer anular el matrimonio. En consecuencia, para ellos es una ocasión de conquistar cierta independencia. Muy explícitamente, la Iglesia quiere contrarrestar el poder del linaje y el peso de las familias.
-Pero el matrimonio cristiano es indisoluble. No hay divorcio, contrariamente a los romanos...
-Las mujeres se refugian en el adulterio. Eso es precisamente lo que refleja la literatura cortés, que florece en ese momento. En realidad, ¿de qué habla ella? De jóvenes caballeros que hacen todo para apoderarse de la mujer de otro. En esta concepción, el himeneo se desarrolla siempre fuera del matrimonio y en el adulterio. Tristán e Isolda es el adulterio. Ginebra y Lancelote es el adulterio. El amor cortés es el adulterio. Y tal vez, reprimida, hipótesis que se ha planteado, la homosexualidad.
Uno de los principales cronistas del siglo XII, Foucher de Chartres, lo dice claramente: entre las motivaciones que llevaban a los caballeros a la cruzada estaba la búsqueda de mujeres. Máxime cuando en ese momento el fuerte crecimiento demográfico produjo, en la capa de la nobleza, cantidad de jóvenes varones sin mujeres. Entre las que seguían a los cruzados había prostitutas, pero en ocasiones también esposas. Eleonor de Aquitania, que era una verdadera zorra únicamente preocupada por el poder y el sexo, aprovechó las cruzadas para engañar a su marido Luis VII. En cuanto a San Luis, no fue un marido ideal: cuando su mujer Margarita de Provenza dio a luz en pleno desastre de su primera cruzada, tras haber llevado a cabo hábiles negociaciones para liberarlo, ni siquiera se tomó el trabajo de ir a visitarla. El mismo Joinville, su cronista y admirador, se sintió indignado.
-Al mismo tiempo, en ese clima un poco hipócrita, se desarrolla la idea de virginidad.
-El prestigio de las vírgenes ya había sido exaltado por el paganismo romano. Los cristianos retoman y promueven esta idea. En la sociedad europea occidental (hagamos a un lado Bizancio y la Europa Oriental, que está bajo su férula), el culto de la Virgen María se impone a partir del siglo XII. La Virgen se ubica por encima de todos los santos, que, en el curso de la Edad Media, se especializan: uno supuestamente cura tal enfermedad, otro hace fecundas a las mujeres o salva del naufragio... La Virgen se vuelve mediadora de sabiduría y salvación, adquiere un nuevo estatus en la sociedad, y no es indiferente que sea una mujer. También simboliza el triunfo de la maternidad, dándole un carácter místico y sentimental. Las madres, las que dan la vida, adquieren prestigio, fundamentalmente cuando, al disminuir la mortalidad infantil gracias a los progresos de la alimentación y la higiene, dan a luz a niños en buenas condiciones que llegan a adultos.
-Pero la virginidad es también la castidad. La sexualidad es condenada cada vez más severamente.
-Por supuesto. María permanece virgen en el matrimonio y Cristo es soltero. Paul Veyne se refirió a ello: la condena de la sexualidad fue inaugurada por los romanos, que habían instaurado una suerte de puritanismo de la virilidad, limitaron la vida sexual al matrimonio y condenaron el aborto. El cristianismo generaliza esta moral y le añade un nuevo motivo: la exigencia de pureza, justificada por la cercanía del fin del mundo. San Pablo lo enuncia: "Os lo digo, hermanos, el tiempo se está acortando. En adelante, que quienes tienen mujer vivan como si no la tuviesen". ¡Y algunos extremistas de la pureza llegan hasta a castrarse! Esa es la gran novedad: la carne es un pecado. Todavía más: el pecado original es un acto carnal.
-La humanidad fue engendrada en la falta que caracteriza todo acoplamiento.
-Sí. Esta idea, que no se encuentra en el Evangelio de Juan (la carne es redimida por Jesús porque "el verbo se hizo carne"), fue promovida por San Pablo, que es muy antifeminista ("Dios condenó el pecado en la carne, porque el deseo de la carne es la muerte"), y popularizada por los padres de la Iglesia.
-Y va a ser una pesada carga sobre las costumbres durante siglos y siglos.
-Sí. En efecto, el modelo monástico va a influir fuertemente sobre la mentalidad occidental. Para mí, ése es el aspecto más negativo del cristianismo. Esta doctrina va a justificar la represión de una gran cantidad de prácticas sexuales. La sexualidad se convierte entonces en lujuria, concupiscencia, fornicación, cosa que condena el sexto mandamiento ("no fornicarás"). La alta Edad Media había retomado las prohibiciones del Antiguo Testamento (incesto, desnudez, homosexualidad, sodomía, coito durante las reglas), el Eclesiastés es directamente antifeminista ("El pecado comenzó por la mujer y por ella todos moriremos"). En adelante, el cuerpo es asimilado a un sitio de desenfreno. Pierde su dignidad.

