Pintar enamorado del paisaje
Fader hizo suyos los temas de la tierra y el entorno cordobés donde pasó los años más fructíferos de su exitosa carrera de artista. Ironía y color en los retratos, inconfundibles, de Gorriarena
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Si tuviésemos que pensar en una figura simbólica para festejar el día de las artes en nuestro país (21 de septiembre) difícilmente encontraríamos alguien más representativo que el pintor Fernando Fader. Quiere la providencia que una muestra antológica de este artista pueda ser visitada en Buenos Aires y que a partir del 10 de octubre podrá ser apreciada en el Museo de Bellas Artes Emiliano Guiñazú, casa de Fader en Mendoza, donde pintó sus únicos murales.
El ingeniero alemán Carlos Fader se estableció en la provincia de Mendoza en 1886, cuando su hijo menor, Fernando, tenía unos poquitos años; había nacido en 1882, en Burdeos, en casa de su abuelo materno, los nobles de Bonneval. Aunque Fader, cuya vocación fue temprana, se educó en Francia y cursó más tarde estudios en la Real Academia de Munich con el notable impresionista alemán von Zügel, se consideraba mendocino por la notoria influencia de los años pasados en esa provincia.
Los avatares de la suerte lo llevaron en cierta época a asumir responsabilidades en las empresas heredadas de la iniciativa paterna, pero un gran revés de fortuna en esas tareas lo llevó a instalarse, por recomendación médica, en la provincia de Córdoba, para mejorar su condición pulmonar.
Fue así como desde Deán Funes en Ischilín, hasta su instalación definitiva en Loza Corral, Fernando Fader llevó la vida de un ermitaño, aunque expuso en Buenos Aires, en la Galería Müller, con singular éxito. Gracias a premios, honores, muestras retrospectivas, el consenso fue volcando la crítica en su favor, en una época en que las clases dirigentes argentinas daban importancia y apoyo a las actividades culturales. Pensemos en lo mucho que debió Quinquela Martín al apoyo de Marcelo T. de Alvear. Fue sólo en 1962 cuando un latinoamericano obtuvo por primera vez una de las mayores distinciones de la Bienal de Venecia. Como es sabido se trató de Antonio Berni. Fader trabajó desde sus años cordobeses sin pausa y sin prisa hasta su muerte, acaecida en 1935.
En esta exposición tenemos oportunidad de ver algunos trabajos que nunca antes habían sido exhibidos. También hay importantes testimonios del período mendocino. Hay un interesantísimo trabajo sin terminar, Desgranando maíz (1926), que nos permite apreciar cuál era el planteo inicial del maestro frente a su obra. Podemos allí observar que el dibujo nacía de la pintura misma.
Su pincelada enérgica tiene la potencia de la de un expresionista abstracto. Sabemos que en carta a uno de sus amigos hizo esta observación: "En Europa las figuras se desprenden del paisaje mientras que en América se confunden con el paisaje mismo". ¿Intuición cósmica? Lo cierto es que Fader, que sabía que podría tener mayor campo de consagración internacional si permanecía en Europa, eligió conscientemente su radicación en nuestro país, actitud que reafirmó en sus declaraciones, que insisten en proclamar su profunda preocupación por transformar nuestro lenguaje local en valores universales.
Recorrer esta muestra de Fader supone nutrirse espiritualmente a partir de su amor por esta tierra.
(En Zurbarán, Cerrito 1522, hasta el 4 de octubre.)
El espacio protagonista
Formada en nuestra Escuela Nacional de Bellas Artes y en el Art Students´ League de Nueva York, la arquitecta Jeannette von Gerstenberg nos deleita con la impecable calidad y el buen gusto de sus óleos sobre tela. Su temática abarca los paisajes de vastos horizontes, con cielos tormentosos o claros que reposan sobre campos pampeanos, o los bosques de vegetación frondosa que ofrecen ritmos visuales ondulados, como si estuviésemos frente a un mar de olas vegetales.
En todos los casos, von Gerstenberg se adentra en la problemática pictórica y nos hace sentir la inmensidad del espacio que la inspira, al tiempo que nos transmite vivencias muy profundas que ella ha sido capaz de traducir en equivalencias plásticas de rara belleza.
(En Galería Atica, Libertad 1240, hasta el 27 de septiembre)
Una cualidad danzante
Luis Fernández Arroyo, artista de acreditada trayectoria, ha realizado unas 45 muestras en los últimos 25 años.
Lo que a mí más me impresiona de tan laborioso maestro es la frescura presente en todos sus trabajos. Sus pinturas de acrílico sobre tela son el resultado de una permanente creatividad, como si en cada una de ellas el artista renaciera a una nueva aventura vital.
Y tal vez eso sea el arte: mantenerse en un estado de gracia a partir de la cual la inspiración no abandona sino que recompensa a quien tiene la humildad de poner su trabajoso oficio al servicio de su musa (aunque existen los que, por el contrario, ponen su tarea a su propio servicio, invirtiendo lo mejor de sus energías en lo efímero).
Fernández Arroyo nos brinda lo mejor de sus energías en cada cuadro que pinta. Casi todos son paisajes, salvo algún ramo de flores que adquieren la cualidad danzante de campos y cielos, en los pinceles de este pintor, alegre y amable en tiempos opacos y toscos. Estas obras son una potente luz encendida que reconforta el espíritu.
(En la galería Alicia Brandy, Charcas 3149, hasta el 23 de septiembre)
Mujeres imponentes
Con la primavera se renueva un ciclo vital de la naturaleza; me parece muy adecuado que para esta época se nos regale con una muestra de pinturas de Carlos Gorriarena que representan, a su modo, un renacimiento de la potencia del color. La formidable capacidad colorística de este creaddor no oculta su magistral dibujo, que lo coloca en la tradición de nuestros grandes en tal sentido (pienso en Spilimbergo y en Berni, sin olvidar a su maestro Urruchúa). Bien merecidos han sido los más altos galardones que otorga nuestro medio y el reconocimiento que implica una beca Guggenheim.
Las imponentes mujeres de Gorriarena parecen desbordar sus propias vestimentas, pero más que un estallido físico, se trata de un desborde de la bondadosa energía que les imprime la fuerza plástica de este notable expresionista.
Mucho se habla del expresionismo, que parecería tener no pocos cultores. Sólo que para ser un auténtico expresionista, el artista debe reflejar el estado anímico que empuja la expresión hasta sus últimas consecuencias. Es este grado de inserción en la pujanza cósmica lo que traduce Gorriarena en esta imperdible exposición.
(En Principium, Esmeralda 1357, hasta el 4 de octubre.)




