
Pintura de una vida
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Salvatierra
Por Pedro Mairal
Emecé/155 páginas/$ 37
A lo largo de sesenta años, Juan Salvatierra se dedicó a pintar todos los días un solo cuadro compuesto de más de sesenta rollos de telas, fechados al reverso, y que ensamblados totalizan casi cuatro kilómetros de largo. Este artista tan particular dejó de hablar a los nueve años, luego de un grave accidente ocurrido mientras paseaba a caballo. Siempre vivió en Barrancales, un pueblo del Litoral. Comenzó su obra a los veinte años, trabajó en el Correo y nunca dio entrevistas ni participó del mundillo de la plástica. Tiempo después de su muerte, en 1990, sus hijos Miguel y Luis deciden ocuparse del cuadro y descubren que falta el rollo correspondiente a 1961.
La novela arranca con una atractiva propuesta visual cuyo concepto, expuesto con sencillez y claridad, mantiene la verosimilitud sin perder su poder de fascinación. El paisaje costumbrista de Barrancales -un lugar ficticio que puede situarse en Entre Ríos, en la frontera con Uruguay- le tiende un cable a tierra a la idea central, un marco de cotidianidad que le impide fugarse a lo vanamente fantástico. Pedro Mairal consigue una ambientación certera y sucinta a través de descripciones y del habla de personajes locales. Para ello utiliza la voz de Miguel, el narrador de la novela, que entreteje pequeñas historias alrededor de la pintura: la presión de un comerciante que quiere comprar el terreno donde están guardados los rollos en un galpón, o el interés de un museo holandés en adquirir el cuadro y la llegada de dos especialistas para escanearlo.
Al combinar las imágenes de las telas y sus propios recuerdos, Miguel va contando episodios de la vida de su padre y de la suya propia, como la muerte de su hermana Estela, ahogada en el río a los doce años. ¿Qué representa en definitiva ese cuadro tan especial? ¿Cuál es su sentido? Para Libro Guinness de los Récords sería el más largo del mundo, un "prodigio monstruoso" que el público podría admirar desde un helicóptero. Por su valor como "documento de las costumbres y de la gente de una época y una región" ha sido considerado patrimonio cultural de la provincia, pero también constituye una "autobiografía ilustrada" en la que, curiosamente, no hay un solo autorretrato. Al ver varios momentos de su existencia plasmados en los rollos, Miguel siente que su hermano y él han sido "tragados" por la pintura: allí alcanzan una luminosidad ausente de sus vidas reales, "tan grises y porteñas". Un horror cósmico termina por imponerse en la contemplación de la obra que pasa a ser una "intemperie sin límite" en la cual "los seres podían irse y reaparecer tiempo después" y "cada criatura está a merced de las otras".
A Miguel le obsesiona encontrar el rollo faltante "para que el cuadro no fuera infinito". Las peripecias de su búsqueda hacen avanzar la trama de Salvatierra y atraen la curiosidad del lector: ¿por qué desapareció esa sección? ¿Qué imágenes esconde? Mairal juega con el suspenso, pero no se extralimita ni alarga más de lo conveniente la solución de la incógnita. Tampoco incurre en el error de apoyar todo el peso de la novela en la revelación de un secreto familiar que aporte a los hijos un aspecto desconocido de la personalidad de su padre. Los otros elementos del argumento se resuelven con recursos sólidos y económicos. Así, dejan libre el camino para retornar a la imageninicial de la historia, a esa pintura que fluye como un río: una continuidad lograda porque el fin de cada rollo encaja a la perfección con el comienzo del siguiente. En el último capítulo, la obra de Salvatierra recupera una dimensión humana que refuerza la esencia metafísica de la novela y le permite a Miguel reconciliarse con los afectos de su vida.


