Razón y emoción
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EL nuevo libro de Juan José Sebreli, Las aventuras de la vanguardia , tiene un subtítulo que precisa su intención: "El arte moderno contra la modernidad". En el prólogo de la obra, el pensador argentino recuerda que el término "modernidad" hace referencia al cambio histórico que se produjo a partir del Renacimiento y, sobre todo, del siglo XVIII, el famoso Siglo de las Luces. Los grandes avances del conocimiento alcanzados durante esa centuria fueron el marco en que floreció la filosofía iluminista que entronizaba a la Razón. Dice Sebreli: "El pensamiento racional y crítico de la ilustración francesa, el liberalismo inglés y el idealismo filosófico alemán provocaron la desmitificación de los valores tradicionales, de los dogmas religiosos, de las costumbres ancestrales, el fin de las explicaciones mágicas..."
Esa eclosión de la racionalidad fue seguida por una reacción antirracionalista. En el siglo XIX triunfó el positivismo científico con su culto por la razón, pero también se impusieron el romanticismo y el simbolismo, que exaltaban la pasión, el panteísmo, las fuerzas oscuras de la naturaleza y del ser humano.
Mientras que la modernidad, guiada por la razón y la mesura, se manifiesta, como subraya Sebreli, bajo la forma del clasicismo, el romanticismo es, a la vez, la negación de lo clásico y de lo moderno. Sin embargo podría decirse que el romanticismo, nacido como oposición al clasicismo y la modernidad, es, paradójicamente, un producto de la modernidad que combate.
La mayoría de los movimientos de vanguardia surgidos a fines del siglo XIX y principios del siglo XX se inspiraban en concepciones y en actitudes de los artistas románticos. Los ataques a la sociedad burguesa industrial, a las costumbres tradicionales y adocenadas de las familias victorianas iban acompañados por la nostalgia de un imaginario paraíso perdido. Muchos artistas querían, mediante sus obras, colaborar en el nacimiento de un hombre nuevo. Ese hombre nuevo era concebido, en verdad, como el hombre originario que se había perdido en algún momento de la historia. Hasta un movimiento como el futurista, que buscaba integrar los adelantos de la técnica (el automóvil, por ejemplo) en la experiencia estética, en realidad, no hacía sino correr, literalmente, detrás de sensaciones como la velocidad. Como anota Sebreli, en la vanguardia, la razón batallaba contra la emoción.
En Las aventuras de la vanguardia , el autor se ocupa de la utopía, del esoterismo que se infiltra, por ejemplo, en la estética surrealista, del indigenismo y la leyenda de los artistas salvajes al estilo de Gauguin y de la Bauhaus, el movimiento alemán concebido como una secta ocultista. También trata las formas alternativas del arte que son fruto de las experiencias con drogas así como estudia las que se relacionan con la locura. Hay dos capítulos reservados al vínculo entre la política y la vanguardia y un análisis de los mitos de la arquitectura vanguardista (la Bauhaus, el art déco , el estilo internacional, el posmodernismo y la deconstrucción). El ensayo concluye con un análisis del fin de la vanguardia.






