Recuerdos democráticos
A treinta años del triunfo de Raúl Alfonsín se evocó su decidida política universitaria; Buenos Aires Photo 2013, otro éxito de público y calidad
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La juventud más linda de Buenos Aires se dio cita en la inauguración de Buenos Aires Photo 2013. Desde el punto de vista estético, por momentos, resultaba tan estimulante mirar al público como a las fotos. Muy interesantes las imágenes de Diego Ortiz Mugica, las de Tigre y de los viejos cines bonaerenses de Roberto Riverti y, en especial, los locales porteños tradicionales y sus dueños o encargados, fotografiados por Gustavo Sancricca (imperdible la de la vendedora de bombones Corso). En una salita compartida, bajo el título Una ciudad, dos miradas , se rinde homenaje a las fotografías que Sara Facio y Aldo Sessa dedicaron a Buenos Aires y a algunos de sus escritores. Los dos exponen sendos retratos de Ernesto Sabato. En el de Sessa, se ve al novelista de Sobre héroes y tumbas con sobretodo y sombrero, aterido, sentado en un banco de estación de trenes, probablemente en Santos Lugares; parece uno de los personajes de sus propias pinturas, acosados por fantasmas tremebundos. En el de Facio, Sabato medita en un banco de Parque Lezama, la cabeza gacha, la mirada perdida en la tierra. De Sessa hay también un retrato de Mujica Lainez (Manucho), que desafía a la cámara con una sonrisa irónica, la cabeza cubierta por el mismo tipo de sombrero de Sabato, monóculo en mano, cejas pobladas y rebeldes. Manucho, un especialista en crear su imagen pública y en analizar la de otros con humor, decía acerca de Sabato y de su fotogenia dramática: "Hizo una gran carrera literaria apoyado en un estupendo don narrativo y en la vena de su frente. Una vena admirable, imbatible: una declaración de principios". Y continuaba con una exageración: "Cuando Ernesto debe dar una charla o posar ante una cámara, como hacen los médicos al tomar la presión, se bombea la vena para darle más volumen. Yo, en cambio, tengo las cejas revueltas, los anillos y el monóculo para que me identifiquen, pero me falta la vena".
¿Qué hacías el 30 de octubre de 1983? La evocación de las elecciones en las que hace tres décadas se recuperó la democracia apareció en todos los medios y también en las conversaciones de amigos. Aquella noche de 1983 quedó consagrado Raúl Alfonsín como el primer presidente electo después de la dictadura. En conmemoración de esa fecha, el Centro Cultural Ricardo Rojas organizó en su sede un encuentro durante el cual Daniel Molina entrevistó a Francisco Delich, primer rector de la UBA del nuevo período democrático, que cumplió también la función de rector normalizador de esa casa de altos estudios. Delich se refirió a la UBA del Proceso como una universidad "cerrada". La actividad intelectual genuina se desarrollaba fuera de ese ámbito, en los grupos de estudio que se formaban alrededor de profesores destacados como Ricardo Piglia y Josefina Ludmer; en las revistas del estilo de Punto de Vista , de Beatriz Sarlo, y Crítica y Utopía , dirigida por el propio Delich. Los vínculos que se establecían entre políticos e intelectuales tenían un sesgo casi clandestino. El interés prioritario de Alfonsín por la educación universitaria fue evidente, señaló Delich, porque una de las primeras medidas que tomaron el nuevo mandatario y su ministro de Educación fue designar un rector normalizador en la UBA; además dejaron en claro que respetarían la autonomía universitaria, una conquista que perdura hasta la actualidad.
Durante la dictadura, señaló Delich, se habían hecho concursos muy particulares que habían ganado muchos profesores de bajo nivel. Por lo tanto, se resolvió revisar 1500 de esos nombramientos y convocar 4500 concursos nuevos. Eso significó un esfuerzo enorme, entre otras cosas, por la gran cantidad de jurados que debían participar. Después de dos años y unos meses, Delich abandonó sus funciones en la UBA, que había sido normalizada. Una de las creaciones de Delich fue precisamente el Centro Cultural Ricardo Rojas, cuya misión fue establecer un vínculo más abierto entre la universidad y la comunidad. El centro recibió el nombre de Ricardo Rojas para rendir un homenaje al autor de El santo de la espada , que fue el rector de la UBA destituido por el golpe militar de 1930.
Comida en casa de Horacio Jaunarena y su esposa Ana D'Anna. Comensales: Magdalena Ruiz Guiñazú, Manuel Antín, Pochi Morpurgo, José Ignacio López y su esposa Lita, Quino y Alicia Colombo. Después de que los invitados recordaron cómo habían vivido el 30 de octubre de 1983, Antín contó en la sobremesa una anécdota de su conscripción. Quienes lo conocen saben que es un hombre muy alto y bien parecido. Le tocó hacer el servicio militar como granadero durante el primer gobierno del general Perón, en la década de 1940. Sus amigos atribuyeron ese destino militar al hecho de que Manuel fuera alto y buen mozo, pero en aquella oportunidad se requerían además otros requisitos. Eva Perón iba a viajar a Europa y, por un momento, se pensó que debía acompañarla un grupo de granaderos integrado por jóvenes distinguidos, de buenas maneras, que supieran idiomas, etc., etc. Se buscó entre los conscriptos a estudiantes universitarios. Uno de los elegidos de ese cuerpo de elite fue Antín. Por distintas razones, con el tiempo, la idea de la escolta selecta de Evita se abandonó, pero Manuel ya formaba parte del Regimiento de Granaderos. En una ocasión, le tocó hacer guardia a la salida de la Casa de Gobierno. Desafortunadamente, se le había descosido un entorchado del uniforme. Evita, que pasó a su lado, notó el descuido. No dijo nada pero echó una mirada al conscripto. Consecuencia: tres días de calabozo para el granadero Antín. Cumplida la sanción, Manuel volvió a hacer guardia en la Casa Rosada. El general Perón pasó a su lado, le miró de reojo el uniforme y, con una sonrisa cómplice, le guiñó el ojo.
Ana D'Anna, por su parte, cantó para sus huéspedes la "Chacarera radicheta" o "Chacarera de la Tortuga" ("Tortuga" era el apodo que los golpistas de 1966 le habían puesto al presidente Illia para desacreditarlo). Ella fue la autora y la intérprete de esa canción partidista que reivindica a Arturo Umberto Illia. La cantó en 200 actos de la campaña de Alfonsín por todo el país. El repertorio de Ana abarcaba otras chacareras, pero la preferida del público era "La Tortuga".




