Roald Dahl era antisemita: ¿hacía falta que su familia se disculpara ahora?
A tres décadas de la muerte del creador de Willy Wonka, Matilda y otros personajes geniales, los herederos del escritor hicieron un descargo; la cultura de la cancelación, otra vez en foco
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Treinta años después de la muerte de Roald Dahl, su familia y la empresa Roald Dahl Story Co. difundieron una disculpa por los comentarios antisemitas del escritor. El breve comunicado apareció este fin de semana, perdido entre otras publicaciones del sitio web de la empresa, igual que el “billete dorado” escondida en las barras de chocolate de Willy Wonka, creación del célebre escritor. “Esos comentarios prejuiciosos nos resultan incomprensibles”, reza en comunicado, “y se contradicen totalmente con el hombre que conocimos y con los valores centrales de los relatos de Roald Dahl, fuente de inspiración positiva para varias generaciones de jóvenes.”
En comparación con otras disculpas, esta es remilgadísima, una mezcolanza perfecta de ingredientes corporativos: los agravios de Dahl, a los que sólo se alude vagamente, quedan subsumidos dentro de una amplia reiteración de las virtudes de los relatos de Dahl. Se tranquiliza a los lectores, asegurándoles que por obra y gracia de algún milagro, la animadversión de Dahl hacia los judíos es otro de los aspectos pedagógicos de la obra del autor: “Esperamos que al igual que sus mejores aspectos, el peor costado de Dahl también nos recuerde el impacto duradero que tienen las palabras.”
El antisemitismo de Dahl siempre fue una presencia incómoda, imposible de ignorar. El único misterio es por qué sus herederos, generosamente recompensados, guardaron silencio durante tanto tiempo. El autor de Charlie y la fábrica de chocolate, Jim y el durazno gigante, Matilda, y otros clásicos incurrió en todas las usuales y letales infamias sobre los judíos, incluido su supuesto nefario poder financiero y su control de los medios de comunicación. En 1983, Dahl le dijo a la revista británica New Statesman: “Los judíos tienen un rasgo de carácter que suscita animadversión. Tal vez sea su de falta de generosidad hacia los no judíos. Detrás de todo anti-algo siempre hay alguna razón. Ni un canalla como Hitler se las agarró con ellos sin tener algún motivo.”

Y lamentablemente, en su último aliento no hubo conversión alguna. En 1990, año de su muerte, Dahl dio una entrevista en la que aseguró que “Todos sabemos cómo son los judíos y los de su clase”. Y como para despejar cualquier duda, remató: “No solo soy anti-israelí, sino que me he vuelto antisemita.”
Es notable que ni su obituario en el New York Times ni en The Washington Post hayan hecho referencia a esas grotescas declaraciones públicas. Y desde entonces Hollywood ha hecho lo suyo para mantener esa lucrativa omisión. En 2016, Steven Spielberg, quien dirigió la adaptación de El buen amigo gigante para el cine, dijo que “No estaba al tanto de la historia personal de Dahl”. Hace dos años, Netflix aparentemente pagó mil millones de dólares por los derechos para crear series animadas basadas en los relatos de Dahl. Nada mal para un apologista de Hitler.
Los defensores de Dahl dirán que es totalmente injusto. Después de todo, el hombre era un genio, uno de los máximos escritores para niños del siglo XX. Dejar que un par de comentarios antisemitas opaquen sus novelas solo privaría a los lectores del inmenso placer de sus historias. De hecho, les leí los libros de Dahl a mis hijas cuando eran chicas, y se las seguiría recomendando a los padres y los niños de hoy, pero me gustaría que pudiéramos ir más allá de una instancia de arrepentimiento totalmente vacía.
A mediados del siglo XX, cuando dominaban los así llamados “Nuevos Críticos”, las cosas eran más fáciles. Ellos insistían en que solo se debe considerar lo que el autor vuelca en la página. Todo lo demás, las cuestiones externas, como las actitudes de un autor o sus declaraciones, eran básicamente irrelevantes.
Pero esos convenientes tabiques actualmente resultan totalmente artificiales. Vivimos en una época desgarrada por el debate sobre cómo debe considerarse la complicada vida de los artistas. Las sinfonías luchan contra el antisemitismo de Wagner. Los museos se torturan por el abuso que hacía Gauguin de las mujeres que pintaba. Los prestigiosos premios literarios que llevaban el nombre de John W. Campbell y Laura Ingalls Wilder han sido rebautizados para evitar que parezcan excusar o ignorar las creencias racistas de sus homónimos.

En 2018, durante el apogeo del movimiento #MeToo, se supo que Sherman Alexie, autor norteamericano ganador del Premio Nacional del Libro, había acosado sexualmente a varias mujeres. De repente, se viralizaron los pedidos de un boicot a sus obras. La American Indian Library Association le rescindió el premio al mejor libro para público juvenil que le había otorgado una década antes por Diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial.
Los comentarios transfóbicos de J.K. Rowling, quizás la única escritora viva que puede rivalizar con Dahl en popularidad, han suscitado fuertes reacciones contra ella y las novelas de Harry Potter. Es probable que dentro de varias décadas, los multimillonarios herederos de la Rowling Corporation emitan una declaración anodina afirmando que los comentarios de su abuela “se contradicen totalmente con la mujer que conocimos”.
Frente a la falsa alternativa entre “amnesia” y “cancelación de la cultura”, seguimos lidiando con la “revelación” de que los creadores que admiramos pueden decir y hacer cosas despreciables. Recuerdo una mesa redonda en una conferencia literaria a la que asistí hace años. Un miembro alarmado del público le preguntó a Cynthia Ozick si Edith Wharton era antisemita. Con cansada exasperación, Ozick respondió: “Todos eran antisemitas”.
El análisis de las ideologías racistas que impregnaron la vida y la obra de los escritores canónicos puede enseñarnos mucho, pero terminemos con las típicas expresiones de horror ante cada nueva revelación. Esas reacciones ingenuas solo fomentan la fantasía de que el racismo y el antisemitismo eran, y son, vicios aislados y excepcionales, como el incesto o golpear al perro.
Dahl tuvo oportunidad y tiempo de arrepentirse, pero decidió no hacerlo, incluso mucho después de que el Holocausto le mostrara al mundo a dónde conduce el antisemitismo. ¿Qué sentido tiene, entonces, disculparse por las aborrecibles opiniones de una persona muerta? En el caso de la familia Dahl, esa admisión tardía parece una estrategia más cercana al lavado de dinero que al arrepentimiento. Si sienten alguna responsabilidad heredada por los comentarios del antepasado que tanto los benefició, deberían que hacer algo, más allá de calificar de “incomprensibles” sus palabras.
La declaración compungida pero básicamente irrelevante de la Roald Dahl Story Co. tendría más sentido si viniese acompañada por el anuncio de un nuevo y drástico compromiso de la empresa con organizaciones antirracistas de todo el mundo. Ahora que las voces de la intolerancia se alzan cada vez más fuerte y sin vergüenza, los esfuerzos tangibles son tanto o más importantes que las historias deliciosamente torcidas de Dahl.
The Washington Post
(Traducción de Jaime Arrambide)





