Romanticismo negro
LOCO AFAN Por Pedro Lemebel-Anagrama-186 páginas-($15)
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En la tapa de este libro hay una fotografía: dos hombres, con el torso desnudo, vistiendo polleras largas, tomados de la mano, en una pose frontal y ceremoniosa, reproducen el famoso cuadro de Frida Kahlo, Las dos Fridas . Uno de ellos es Pedro Lemebel, el escritor chileno autor de estas Crónicas del sidario , que fueron publicadas en Chile en 1996 y ahora aparecen en España. Lemebel no es únicamente escritor: protagonista de la movida artística chilena desde los últimos años de la dictadura militar, su grupo "Yeguas del Apocalipsis" ha hecho un poco de todo: performance , instalaciones, intervenciones en actos públicos, happenings . En Santiago de Chile tiene ganada una reputación en la elite intelectual progresista que es evidente para cualquier visitante.
Lemebel escribe como esta performance de Las dos Fridas . Cruzando clasificaciones estéticas y sociales, establece una perspectiva sobre el travestismo, la homosexualidad, la enfermedad, el amor y la muerte que subraya el vínculo entre goce y fatalidad. Lo suyo es el romanticismo negro. La primera parte de este libro, sin duda la mejor, son las cuatro crónicas del travestismo, conmovidas por una especie de danza frenética.
La belleza travesti es una representación de superficie, hecha de adornos y peinados, lentejuelas cosidas sobre polleritas miserables, tacos altos. Por el camino del bricolage se busca una imagen cuyos modelos son las estrellas pop o retro. Ellas, los travestis de Lemebel, persiguen una belleza en contra de los rasgos aindiados que son marcas tan resistentes a su voluntad estética como las marcas masculinas de su cuerpo.
Lemebel permite ver (sobre todo en la magnífica crónica "La muerte de Madonna"), el lado estético del travestismo, es decir la voluntad de ser otra, pero no otra cualquiera sino el modelo de la revista y de la televisión, la diva del recorte de Hollywood que está pegado en las paredes descascaradas de una pieza de conventillo, donde viven también las familias de los travestis que dependen de ellos y trazan, en segundo plano, un espacio sentimental, con hermanitos, madres que compran los preservativos en la farmacia, promesas de regalos, fantasías de bienestar.
Contra este fondo pobre, las imágenes de los medios son el momento estético de lo cotidiano. Usadas hasta su distorsión máxima, el travestismo encuentra en ellas un soporte para todas las fantasías. El glamour de lo pop es el glamour del travesti. Pero todo no sería sino la crónica de una representación festiva si el SIDA no fuera la sombra del glamour barato reconstruido con trabajo todas las noches. Cada una de las travestis va cayendo hacia la muerte. La solidaridad y la mezquindad, la superstición, el desenfado y el desafío son las cualidades necesarias y contradictiorias de esta carrera de sexo y peste.
Por eso, el romanticismo negro: no hay un momento de goce que no esté acuchillado por la muerte. Este salvajismo del mundo travesti, Lemebel lo contrasta con la homosexualidad próspera de los militantes por la causa en Estados Unidos. Allí, ni vestigios de ese romanticismo negro, nada que evoque el desafío, solamente cartillas sanitarias y pensamiento correcto sobre los derechos. Cuba, en cambio, es escenario de una crónica donde el romanticismo negro vira hacia el sentimentalismo rosa. Un texto en primera persona narra el flechazo entre el escritor y un homosexual enfermo que tiene el gesto romántico de la abstinencia: crónica de amor que dura sólo una noche.
El libro tiene mucho más: rock homosexual en la estela de Freddy Mercury, Lucho Gatica, una carta ficcional a Liz Taylor, Rock Hudson, Raphael, la milagrería religiosa en versión travesti. Todo un parnaso pop, un parque temático de las fantasías, rodeado de un cementerio que se va llenando lentamente con sus muertos. Sin el SIDA, las crónicas de Lemebel serían una ronda sentimental y carnavalesca. Con el SIDA son un drama en el que jamás se renuncia al brillo de la purpurina. El sarcasmo es la materia misma de este drama de sexualidades y de apariencias que transcurre en los suburbios de Santiago. Lemebel no ejerce una pedagogía en sus crónicas. Por eso, no son programáticas, ni quieren demostrar ninguna tesis. Simplemente, señalan la ineliminable diferencia que no es sólo sexual. La historia es nítida: la afirmación de la libertad en una identidad distinta está reduplicada por el contagio de lo incurable, y la pasión por la superficie, por el brillo del disfraz y la perfección de la imitación, deja la negra estela de los cuerpos deformados por la enfermedad.
Lemebel escribe entre Puig y Copi. Pero, aunque esto no dejara de ser cierto, habría que precisarlo: escribe entre el mundo pop que fascinó a Manuel Puig y la violencia desatada de Copi. También hay que decir que el barroco de la representación remite a la etnografía poética de Néstor Perlongher. En el horizonte hay siempre una utopía, un deseo irrealizable si se lo toma al pie de la letra: quiero ser mujer, pese a mi cuerpo; pero, además, quiero ser Madonna, Carmen Miranda, María Félix.
Por eso, las crónicas de Lemebel cuentan el drama de la superficie decorada de los cuerpos, el programa cotidiano de recubrirlos, vestirlos, usarlos en la ilusión de que sean cuerpos diferentes de lo que son. Cuerpos magnéticos del pop, cuerpos magnetizados del sexo, cuerpos ya apalabrados por la enfermedad fatal. Romanticismo negro, en efecto, porque el goce es hasta la muerte, como fue romántica la promesa de amor más allá de la muerte. Y también verdad social: en los travestis, la diferencia de clase es una marca indeleble y su agresividad es revulsiva.



