
Santuarios
El dolor, los santuarios, el pequeño gesto, tantas veces anónimo. Hace un año, en Grecia, 57 personas –en su mayoría estudiantes– morían en medio de uno de los peores accidentes ferroviarios ocurridos en ese país. Así suelen sobrevenir las cosas: un chirrido, una colisión, y 57 vidas terminan hechas trizas sin que nadie entienda realmente por qué. En el aniversario del desastre, bajo un cielo que también parece dispuesto a llorar, un hombre enciende una vela. Quizás sea alguien cercano a las víctimas; también podría ser un vecino, algún pasajero habitual de esas mismas líneas de trenes, un padre con hijos de edades similares a las de aquellos que ya no están. Encender una vela en señal de dolor compartido: un gesto universal, abierto incluso a quienes no son creyentes. Necesitamos de esa diminuta luz, de su abrigo discreto, tan próximo al abrazo.
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