Sarmiento el revoltoso

El genial autor de Facundo fue un hombre apasionado, rebelde y de una poderosa sensualidad, tal como lo revela esta semblanza biográfica que desmiente la adusta y beatífica imagen oficial que se enseña en las escuelas
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21 de mayo de 1997  

Aunque la historia escolar ha presentado a Domingo Faustino Sarmiento como a un niño ejemplar que nunca faltó a la escuela, y a veces como a un adulto prolijo y abnegado, lo cierto es que fue un ser humano díscolo y rebelde, con permanentes conflictos en todos los ámbitos de su vasta existencia.

Sarmiento sostuvo en Recuerdos de provincia que su asistencia a la escuela fue perfecta durante varios años, pero también narró en ese libro sus múltiples travesuras, como la de dictar intencionadamente errores a sus compañeros para hacerlos reprender. Igualmente confesó su protaganismo como líder de una patota juvenil que se enfrentaba con piedras y palos con los muchachos de los otros barrios de San Juan. Dolido por no haber podido ingresar al Colegio Montserrat de Córdoba ni al de Ciencias Morales de Buenos Aires, Domingo se aburría en su ciudad y acompañó al exilio en un pueblito de San Luis a su tío José de Oro, un clérigo federal y revoltoso con quien mucho se identificó. De regreso en su provincia, trabajó como dependiente de una tienda y, una tarde, vio entrar en la urbe a las tropas desarrapadas de Facundo Quiroga. Al contemplar a esos soldados sucios y harapientos, pensó que ellos no podían representar la civilización y resolvió hacerse unitario. Inmerso de lleno en las luchas civiles, antes de cumplir los 20 años se había insolentado con el gobernador, había participado en la batalla de Niquivil y debió exiliarse en el pueblo de Los Andes, en Chile. Allí fue maestro y se relacionó con una jovencita de buena familia, Jesús del Canto, con quien tuvo una hija pero no se casó. Domingo se hizo cargo de esa criatura, a quien llamó Faustina, y la envió a San Juan para que su madre, doña Paula Albarracín, y sus hermanas, la hicieran vivir con ellas y la educaran.

Después de haber sido bodeguero en Pocuro, tendero en Valparaíso y capataz de una mina en Copiapó, Sarmiento retornó a su provincia. Participó allí de las actividades literarias y culturales de los jóvenes de su edad y fundó un colegio de niñas y el diario El Zonda. Sufríó varios desdenes amorosos (era feo, torpe y mal aliñado) y, debido a sus desplantes opositores al gobernador Nazario Benavídez, en 1840 fue encarcelado y debió partir otra vez al destierro, estableciéndose en Santiago de Chile. Periodista de El Mercurio y El Progreso, el sanjuanino apoyó al partido conservador y entró en lucha con diversos sectores: con los liberales, por sus posturas políticas; con los intelectuales transandinos, por haberlos acusado de improductivos y anticuados; y con los gramáticos y académicos, por sus propuestas de una nueva ortografía. Escribió el Facundo para combatir al gobierno argentino, pero esto le creó una situación delicada a la administración chilena. El momento se tornó tan difícil para el belicoso periodista, que su amigo, el ministro Manuel Montt, decidió enviarlo a estudiar el estado de la enseñanza en Europa, para sacarlo del centro de las tormentas, que él mismo generaba constantemente.

Por esos días, Domingo sólo encontraba paz en la casa de Benita Martínez Pastoriza, una joven señora casada con un hombre mucho mayor que ella. Pese a la elevada edad de su marido, Benita tuvo un hijo y se interpretó que su verdadero padre era Sarmiento. El sanjuanino se despidió de su amada y partió por casi tres años a los países europeos y los Estados Unidos. Al regresar, Benita había enviudado y Domingo se casó con ella y adoptó al hijo, dándole su apellido: pasó a llamarse Domingo Fidel Sarmiento.

Cuando Urquiza se pronunció contra Rosas, Sarmiento marchó a unírsele y participó como boletinero en la batalla de Caseros. Pero no se llevó bien con el caudillo entrerriano, pues entendía que no aceptaba sus consejos ni le daba el lugar que le correspondía por sus antecedentes de luchador contra la dictadura. A las pocas semanas volvió a Chile: pasó allí tres años apacibles con su esposa e hijo, pero la inacción y el aislamiento lo tenían incómodo, nervioso. Viajó a Buenos Aires y allí, apoyado por Bartolomé Mitre, fue concejal, director de escuelas, senador y ministro. Pero su temperamento impetuoso, avasallador, volvió a sumergirlo en una espiral de antagonismos. La prensa opositora lo definía con unas versitos:

Por más que te des los aires,

de grajo, de cuervo o buitre,

serás senador de Mitre,

pero no de Buenos Aires.

Tenía también problemas con su mujer y se enamoró de Aurelia Vélez Sársfield, hija de su amigo Dalmacio, con la que mantuvo un clandestino romance. Cuando Mitre venció a Urquiza en Pavón y el país se unificó, Domingo partió con el ejército liberal hacia San Juan, donde la legislatura lo eligió gobernador. Desde allí le escribió a su amante Aurelia, pero la carta fue interceptada por su híjo adolescente y su esposa, entonces se desató un dramático escándalo familiar. Simultáneamente, él también se enteró de que Benita lo engañaba con otro y que estaba embarazada. Se sintió tremendamente humillado y, a pesar de los esfuerzos conciliatarios de Mitre, rompió para siempre con su cónyuge y con Dominguito.

Esos dos años en la gobernación fueron para él de vergüenza e impotencia. La falta de dinero esterilizaba sus iniciativas progresistas y terminó peleándose con todos. Se sintió solo y fracasado: renunció a su cargo y pidió ser designado embajador en los Estados Unidos.

Allí se enamoró de su profesora de inglés, una señora jovencita y puritana, a quien el fogoso y atípico diplomático le llevaba treinta años de edad. La furtiva y apasionada relación con Ida Wickersham le devolvió la autoestima. Aunque la noticia de la muerte de Dominguito en la guerra del Paraguay fue un golpe terrible, tuvo fuerzas para luchar por su futuro político y, a los cuatro años, en 1868, regresaba a su país elegido presidente de la República.

Su carácter agresivo, impulsivo, volvía a traicionarlo. Se querelló con Mitre, luchó contra rebeliones provinciales en Entre Ríos y otros lugares, sufrió atentados y entregó el poder a su sucesor, Nicolás Avellaneda, en medio de una violenta revolución iniciada por los opositores.

A pesar de haber sido afectado por una fuerte sordera, aceptó el cargo de senador por San Juan. La disminución auditiva, sin embargo, no atemperó su beligerancia y fue el eje de violentos debates, al finalizar uno de los cuales fue agredido por la barra.

Al llegar la presidencia de Julio Roca se le nombró presidente del Consejo de Educación, pero se insultó de inmediato con todos los otros vocales y renunció en medio de una sonora trifulca polítíca. Desde el periodismo continuó atacando a sus colegas y provocó la renuncia de ellos y del propio Ministro de Educación. Sostenía que la educación estatal no podía ser católica para no herir a los miembros de otras confesiones, y protagonizó las enconadas polémicas que culminaron con la implantación del laicismo a través de la ley 1420.

Ya viejo, combatió contra la corrupción administrativa del gobierno de Juárez Celman y su vocación hegemónica, desde la prensa y el libro. Escribió Conflictos y armonías de las razas en América para explicar por qué, a pesar de que el país tenía una constitución democrática, seguía imperando el absolutismo político y los gobernadores sustituían al pueblo como electores de los presidentes.

Buscando mejor clima viajó a Asunción. A pesar de sus 77 años, le pidió a Aurelia que fuera a visitarlo: "Venga al Paraguay y juntemos nuestros desencantos para ver sonriendo pasar la vida", le escribió. "Venga pues a la fiesta donde tendremos ríos espléndidos, el Chaco incendiado, música, bullicio y animación. Venga, que no sabe la bella durmiente lo que se pierde de su Príncipe Encantado".

Pero Aurelia no alcanzó a llegar. El viejo roble, que no había perdido su romanticismo, su apetito desmesurado ni su constante ánimo de pelea, fue traicionado por su corazón: en la madrugada del 11 de septiembre de 1888 pidió que lo sentaran en la cama para ver el amanecer, pero la noche lo venció.

Su impulso, sin embargo, lo sobrevivió: su figura sigue desatando pasiones y los escritores continuamos descubriendo nuevas facetas de su rica personalidad.

Para La Nación-Buenos Aires, 1997

Autor de Cuyano Alborotador, biografía novelada de Domingo Faustino Sarmiento.

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