
Schiller, el genio clásico de la modernidad
Poeta y dramaturgo, fue uno de los primeros en intuir el malestar de la civilización; su pensamiento cobra cada día más actualidad
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MILAN.- Una idea, para ser eficaz y actuar sobre la realidad, debe convertirse en energía. De hecho, a un agorafóbico no le basta, para apaciguar su angustia y poder cruzar una plaza, saber racionalmente que allí no hay ningún peligro, sino que necesita que ese conocimiento se convierta en un sentimiento espontáneo, vivido con todo su ser, también con el cuerpo y no sólo con la mente. Lo mismo vale para todas las convicciones, pensamientos, estados de ánimo y afectos de un individuo o de una comunidad. Quien dijo esta frase sobre las ideas que se convierten en energía no fue un psicólogo o cultor contemporáneo de la ciencia que hace más de un siglo indagó y exploró el inconsciente, sino un poeta clásico muerto hace doscientos años, Friedrich Schiller. A menudo glorificado y encasillado dentro de la fórmula del poeta de la libertad y de los ideales nobles y abstractos, Friedrich Schiller se revela, en cambio, como el cada vez más tempestuoso, pero elusivo genio de una desconcertante modernidad.
La transformación europea
Nacido en 1759 en una Alemania aún arcaicamente provincial y fraccionada en una miríada de pequeños estados casi premodernos, y muerto en 1805, tras haber visto la radical transformación de Europa y de su cultura de siglos a través de la Revolución Francesa y del régimen napoleónico, Schiller representa -junto con Goethe, con quien estuvo vinculado en una estrecha colaboración y amistad- el emblema, aunque demasiado simbólico, del clasicismo alemán, la última estación de la cultura universal vivida en Occidente. El hecho de ser casi un estilizado busto marmóreo de esa altísima civilización le ha dado gran popularidad, pero, por fuerza, ha atentado contra la comprensión de su compleja e inquietante grandeza; ha hecho de él un ídolo para las generaciones de estudiantes alemanes del siglo XIX que veían en él al poeta patriótico y ha suscitado las sospechas de los partidarios de la poesía pura, como Benedetto Croce, que desconfiaban -en este caso, injustificadamente- de su tendencia a la "poesía de ideas". Nietzsche, irritado por el binomio "Goethe y Schiller" -que le parecía un emblema de ese pathos alemán que tanto aborrecía- tuvo palabras sarcásticas para definir ese culto.
Genio del teatro, campo en el que tuvo una intuición y un instinto como pocos autores del mundo, Schiller es también el poeta de la libertad, desde su primera obra teatral, "Los bandidos" (1781), antitiránico y libertario, y el poeta de las grandes y generosas pasiones, que sin duda han nutrido al melodrama decimonónico; el autor del "Himno a la alegría" (1785), que inicialmente se llamaba "A la libertad", al que Beethoven puso música, y de la "Canción de la campana" que celebra la universalidad humana de los valores familiares, de la vida que es nacer, casarse y morir, del impetuoso combate con la realidad creativa y peligrosa. En los salones románticos -en los que la genial revolución cultural y la invención de una perturbadora vanguardia experimental que aún hoy persiste se mezclaba con una vulgaridad radical y elegante- se reían de la sacralidad clásica de esa canción; Carolina Schlegel, musa erótico-intelectual de ese grupo que quería fundir y confundir vida y poesía, solía recitarla en medio de un ataque de risa.
Pero si la libertad cantada por Schiller -como la de la gran música de la época- no tiene, por cierto, una noble retórica, da cuenta, en un crescendo trágico, de la contradicción, la sombra, la oscuridad que anidan en el laberinto humano, tanto en el plano individual como en el plano colectivo. Sus piezas teatrales, alimentadas por un profundo conocimiento histórico y filosófico y animadas por un talento escénico sin igual, sondean las tortuosidades en las que se debate la libertad, personal y política, en el mundo moderno. En una obra maestra como "Don Carlos" (1787), la lucha por la libertad pasa por la culpable necesidad que implica usar medios inicuos en nombre de un propósito bueno, razonamiento que es al mismo tiempo una afirmación y una negación del ideal, liberación y violencia, mientras la sombría soledad del tirano resulta igualmente compleja en el plano humano. En la grandiosa obra "Wallenstein", en cambio, la dramática figura del melancólico y vacilante caudillo tentado por el poder desemboca en una pesimista e irreconciliable contraposición, profundamente alemana, entre política y moral, entre acción y conciencia, con el telón de fondo de una guerra sanguinaria -la de los Treinta Años- y total.
Esta exploración de las sombras del corazón humano y de la acción política se acentúa en los últimos textos teatrales, a menudo incompletos o apenas esbozados, como el "Demetrio", maravillosamente estudiado por Leonello Vincenti en un ensayo de hace casi cincuenta años que todavía hoy resulta sorprendentemente esclarecedor. Schiller ha abordado como muy pocos poetas el problema de la libertad y de las libertades de los modernos, el nexo entre derechos humanos y derechos históricos, entre códigos y tradición, entre pasión y libertad, entre orden y revolución. Esta poesía de la ley -de sus límites, de su necesidad, de su complejidad- es de una asombrosa modernidad y no puede comprenderse sin que uno se adentre en su fascinante trama de literatura y derecho.
Schiller vive y representa un cambio epocal de la modernidad; contemporáneo de Goethe y de Kant, de Hegel y de Beethoven, de los románticos y de Napoleón, asiste con entusiasmo a la Revolución Francesa para retirarse horrorizado por el terror, pero sin caer -a diferencia de los románticos- en los brazos de una reacción, sino continuando la línea iluminista-liberal-progresista de su juventud.
Junto a Goethe, crea en Weimar el clasicismo alemán, la utopía de una armonía entre vida política, cultura y arte que sólo podía concretarse en un pequeño estado como Weimar, en el que todo el mundo se conocía como en la antigua polis griega, y que, aunque no consiguió salvar duraderamente al humanismo evitando revoluciones y reacciones, constituyó al menos la última instancia universal humana de la civilización occidental, increíblemente fructífera en obras maestras y capaz de transmitir un sentido integral de la totalidad, de la relación armoniosa entre el individuo y el todo.
Discípulo ideal de Kant y de la moral kantiana, Schiller contrapone al rigorismo de esta última, duramente enemiga de cualquier inclinación sensible, la utopía del "alma bella" del individuo constituido tan armoniosamente que ya no tiene necesidad de dominar o reprimir sus impulsos malvados, porque su persona tiende unitaria y espontáneamente al bien? con la espontaneidad de la gracia que puede prescindir del esfuerzo de la dignidad, tal como lo expone un genial ensayo de 1793.
Schiller acepta plenamente el progreso y la modernidad, pero advierte que el desarrollo general de la civilización limita y hiere al individuo, infligiéndole heridas profundas que, por lo demás, sólo la civilización y el progreso pueden curar, sobre todo por medio del arte. Así nacen las maravillosas "Cartas sobre la educación estética del hombre" (1795), en las que el arte se convierte en maestro de la humanidad, ya no por medio de una deletérea estetización de la vida, concepción decadente completamente ajena a Schiller, sino porque el arte, un juego tan serio como el de los niños, libera del servil sometimiento a la realidad y enseña la creatividad que libera para la construcción de la propia persona.
El exilio de los dioses
Poeta y ensayista clásico de desconcertante modernidad, Schiller intuye con gran anticipación el malestar de la civilización; muchos de sus famosos poemas hablan sobre el exilio de los dioses, sobre la escisión entre sentimiento y reflexión, entre vida y poesía, y tienden a remediar ese malestar, con conciencia del nexo entre la psicología profunda y la política.
Como dice en "De la poesía ingenua y sentimental" (1794-95) -obra maestra del ensayo que bastaría, por sí solo, para comprender lo que aún hoy ocurre en el arte-, la poesía ingenua, la unidad clásica con la naturaleza están ya irremediablemente perdidas, situadas en un pasado irrecuperable; la poesía de la modernidad sólo puede ser sentimental, es decir, consciente de esta escisión y de esta distancia, intentando recuperar aquel pasado por medio de una búsqueda nostálgica que no consigue su propósito sino que sólo logra seguir girando en torno a él, como un planeta alrededor de un sol inalcanzable cuya fuerza centrípeta impide que se pierda en el nebuloso infinito. Pocos meses después de la publicación de este ensayo clásico, Friedrich Schlegel, inventor y teórico del romanticismo, escribe otro que incita al arte moderno a hacerse más sentimental, excéntrico y extravagante, a alejarse cada vez más de cualquier centro clásico y a acentuar la desarmonía. Son esas las dos vías del arte contemporáneo, ambas conscientes de la fractura epocal de la civilización.
En famosas páginas, Thomas Mann ha contrapuesto a Schiller, atormentado hijo del espíritu y poeta sentimental, con Goethe, hijo de la naturaleza demoníacamente armonioso y último poeta ingenuo. También Schiller lo creía así, aunque sabía que nadie, ni Goethe ni el mismo Homero, lo había sido verdaderamente, y que el vínculo con la naturaleza estaba roto desde siempre.
Traducción: Mirta Rosenberg
Vida y obra
- Nació en Alemania, en 1759.
- Fue contemporáneo de Kant, de Hegel y de Beethoven.
- Junto con Goethe, a quien lo unía una estrecha amistad, sienta en Weimar las bases del clasicismo alemán.
- Su primera obra teatral es "Los bandidos" (1781).
- Entre sus obras se cuentan "Don Carlos" (1787), "Wallenstein" (1796-99) y las "Cartas sobre la educación estética del hombre" (1795).
- Murió en 1805, en Weimar, habiendo sido testigo de la transformación de Europa y de su cultura por medio de la Revolución Francesa y del régimen napoleónico.



